Monica Anna Maria Bellucci, más conocida como Monica Bellucci, fue la rutilante estrella que aterrizó entre flashes y el griterío de los presentes en la alfombra roja del festival. La razón es un nuevo Premio Donostia (antes en esta edición Agnès Varda y Ricardo Darín), galardón que recibe la actriz y modelo italiana por toda una carrera. En la rueda de prensa preguntas interesantes pero respuestas en exceso políticamente correctas por parte de la intérprete, de cuyas palabras se han podido rescatar pocos titulares.

En lo que a películas se refiere, y dentro de la sección Nuevos Directores, la realizadora colombiana Laura Mora se sirve de su propia historia para construir una ficción que deriva de un proceso de reflexión al que le impulsó la tragedia. Matar a Jesús (2017) no es una historia de violencia, aunque la tiene; no es una historia de venganza, aunque esta sea el motor del film. Matar a Jesús es un proceso de conversión, de entendimiento; es la necesidad de dar respuesta a las injusticias que pueden marcar vidas ajenas y propias. Pero sobre todo, es la revelación de una realidad oculta bajo capas de corrupción, crimen e injusticia social que asola con más fuerza en ciertas regiones del planeta (¿Medellín?) y que, por muy reales e intensas que estas sean, no sepultan la verdadera naturaleza que habita en las personas: la humanidad.

Ha sido el turno de Michael Haneke en la sección Perlas con Happy End (2017). Con un prólogo compuesto por las imágenes grabadas con la cámara de un móvil, Haneke pone de manifiesto unas nuevas formas de mirar propiciadas por las nuevas tecnologías. En su empeño por radiografiar una sociedad enferma, moribunda (incluso decididamente), coloca como protagonista a una niña para mostrar el alcance y las consecuencias que la sociedad de la hiperinformación y las mil pantallas pueden llegar a tener en aquellos que viven sin ningún tipo de factor de compensación (y aquí, clara alusión al fracaso familiar y la ausencia de amor paternal).

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La Sección oficial nos ha dejado otra buena noticia, pues La vida y nada más (2017), del madrileño Antonio Méndez Esparza (Aquí y allá), es el contrapunto de Sollerst Point, fallido filme del que hablábamos en la crónica anterior. Si en aquella la profundidad y el arco dramático de los personajes resultaba de lo menos estimulante, en La vida y nada más Esparza escribe con solidez dándole forma poliédrica a sus principales protagonistas. De esta forma, el largometraje se convierte en uno de los aspirantes más serios del concurso, y es que la película se mueve como pez en el agua al relatar con seguridad y contundencia las duras condiciones familiares y sociales dentro de los contextos marginales norteamericanos. Contando con actores no profesionales (detalle que puede apreciarse cuando estos miran alguna vez a cámara pero que, paradójicamente, no molesta en absoluto), Esparza da la talla y nos ofrece una interesante lectura sobre la supervivencia del núcleo del hogar a las puertas del abismo de la desesperación.

El éxito llegó de forma inesperada. El modesto musical creado por Javier Ambrossi y Javier Calvo, que llegó a los escenarios en el 2013, llega ahora como adaptación cinematográfica. En la dirección están los propios creadores del proyecto, quienes han sabido mantener el espíritu original de una obra que emociona, conmociona y divierte con tanta equidad, que más que realizadores podrían ser orfebres artísticos de microprecisión. Y no defraudan en el cambio del lengua, algo que ya de por sí parece complicado (pasar del escenario a la pantalla), un hallazgo que deja clara la idea de que tras este proyecto hay un gran poder creativo.

Por Javier G. Godoy y Cristina Aparicio
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