Como una de las películas más esperadas de la Sección oficial llegaba The Disaster Artist (2017), la incursión de James Franco en la biografía del infame Tommy Wiseau, autor de The Room (2003), la supuesta peor película de la historia del cine. Precisamente de esta etapa es de la que habla el film, dirigido por el propio Franco y protagonizado junto a su hermano Dave. Por méritos propios es, posiblemente, una de las mejores apuestas del concurso donostiarra, pues Franco no sólo interpreta al realizador con talento y esa vis cómica que tanto le caracteriza (incluida una caracterización muy efectiva), sino que imprime a su personaje el imprescindible arco dramático implícito en su enigmática e histriónica personalidad. El film, que no pretende innovar en su narrativa pues se rueda como un biopic de formas convencionales, logra deformar el cuento del sueño americano y convertir la historia de Wiseau en una tragicomedia que abarca más de lo que parece: la necesidad de darle forma a los sueños, de fingir ser quien nunca seremos o la crueldad del show bussiness hollywoodiense, son algunos de los puntos claves de The Disaster Artist, una de las mejores noticias de este festival de San Sebastián.

Dentro de la sección Perlas son tres los largometrajes proyectados. El último trabajo del ruso Andrei Zvyagintsev, Loveless (Nelyubov, 2017), Premio del Jurado en la pasada edición del Festival de Cannes, cuenta una de esas historias que no deberían contarse: las que no desean ser vividas por arrepentidas. No, no se trata del arrepentimiento derivado de un trágico suceso, sino el arrepentimiento sentido vitalmente por la sombra constante de no haber elegido bien. Y es que el ruso se adentra en ese sentimiento tan esquivado por el cine mainstream (y por la sociedad en general) por ser normativamente incorrecto: la ausencia de instinto maternal de una madre. Sin amor y sin la capacidad que permite amar, Zvyagintsev convierte a la ausencia en un personaje más dentro del relato como presencia invisible que ya desde su estructura denota lo desapercibido que ese hijo era para sus padres (las escenas que muestran las infidelidades de los padres se suceden de manera continua y larga, sin espacio para observar la situación de el hijo de ambos). Así, con el foco en el egoísmo y la  individualidad que impera en la pareja, la fría estética y su cuidado estilo visual son el envoltorio perfecto del gélido retrato de una sociedad que no solo se hace más y más evidente, sino también terrible e inminente.

The Florida Project (2017) se sitúa a las afueras de Nueva Orleans. Un motel de carreteras se convierte en el hogar de aquellos que carecen de oportunidades y se ven arrojados a los márgenes junto con todo aquello que el tiempo abandona y el óxido acumula por desuso (o avaricia). Este es el no lugar elegido por Sean Baker, espacio como simulacro de una vida normal y estética kitsch. Con el punto de vista al nivel de los niños protagonistas, la historia se desarrolla sin grandes sobresaltos narrativos, mientras que dosifica la información, algo que propicia una atmósfera despreocupada común de los lugares vacacionales tipo Disneyworld. A pesar de la dureza del relato, Baker consigue plasmar la ingenua inocencia característica de la infancia a través del grupo de niños, y a la concepción del personaje de Willem Dafoe: uno de esos ángeles de la guarda que tan solo aparecen en los cuentos.

La última de las Perlas de la noche no luce con la misma intensidad que las anteriores. El largometraje del francés Robert Guédiguian, La villa (2017), no consigue emocionar con un relato preparado para tal fin: padre moribundo, problemas sociales relacionados con la vivienda y la inmigración, la superación de la muerte de un hijo. Con los ingredientes de un melodrama, Guédiguian se esfuerza en sacar una lección vital que permita afrontar la vida al menos con alegría, perspectiva u optimismo. Por el camino no solo señala constantemente al espectador hacia donde mirar, sino que se esfuerza por subrayar lo evidente, no dejando libertad para que fluya una historia en esencia emotiva.

The Florida Project © Cre Film / Freestyle Picture Company / June Pictures

The Florida Project © Cre Film / Freestyle Picture Company / June Pictures

Gracias al espíritu cinematográfico que se respira en la ciudad, diversas actividades relacionadas con la industria son programadas para verse durante la semana que dura el festival. Una de ellas es la proyección de un cortometraje realizado por Isabel Coixet, Proyecto Tiempo. Parte I: La Llave, para Gas Natural Fenosa y que se proyecta en una caseta de la compañía ubicada en un espacio público del centro. El corto queda muy lejos de lo que puede ser la obra de la autora, llegando incluso a traicionar uno de lo puntos fuertes dentro de su filmografía: la construcción de complejos y completos personajes femeninos cuyo recorrido en pantalla está repleto de matices, claroscuros y sobre todo verosimilitud. En blanco y negro, y con un scape room como excusa narrativa, lo único que queda tras ver la pieza es un montón de datos acerca del ahorro energético que podrían leerse en Wikipedia. Marketing y didáctica, pero nada de cine.

Cerramos la jornada con el humor irreverente de Borja Cobeaga, que ya en Negociador (2014) hacía su particular declaración de intenciones al reírse del conflicto vasco mezclando la autocrítica social, la recriminación política y las ganas (locas) de poner las barbas a remojar. En la línea de otros cines que utilizan la problemática de sus propios países para echar (¡más!) madera cómica a los problemas caseros, Cobeaga ha dado a luz un díptico sobre el idealismo extremo, donde aquí, en Fe de etarras (2017), justifica el fin de la lucha armada por parte de ETA a través del agotamiento de las ideas más radicales, del implacable paso del tiempo… y de la comida casera. Cobeaga patalea en esta comedia para demostrar la sinrazón del odio y utiliza un desternillante comando alojado en un piso franco para destapar con su punzante guión las desvergüenzas de todos los participantes a ambos lados del infame desencuentro por la independencia del País Vasco.

Por Javier G. Godoy y Cristina Aparicio
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