El sol ha optado por darse un descanso, dejando paso a una invasión de nubes que se han encargado de bañar la capital donostiarra no sólo de agua, sino de un color grisáceo que le da a la ciudad un irresistible aire bucólico. Mientras la lluvia caía sobre San Sebastián, su festival continuaba recibiendo estrellas, pues hoy aterrizaban Ricardo Darín y Arnold Schwarzenegger. El argentino, además de recibir el Premio Donostia, presentaba La cordillera (2017); por su parte, Schwarzenegger venía a colación de su trabajo como narrador en Wonders of the sea 3D (2017), el documental dirigido por Jean-Michel Cousteau, hijo del mítico oceanógrafo.

Ya metido en faena y dentro de la Sección Oficial, la cinta Licht (2017) rescata del olvido uno de esos personajes femeninos sepultados bajo las crónicas y renombres de hombres ilustres entre los que escasean el de mujeres. De la mano de la realizadora Barbara Albert, Maria-Victoria Dragus encarna a Maria Theresia Paradis, una joven música vienesa del siglo XVIII sometida a largos tratamientos para intentar curar su ceguera. A pesar del estigma físico, Albert deja claro la limitación más fuerte de la joven: su condición de mujer. A medida que avanza el relato, la insensatez se podera del relato: a más luz, más tinieblas. Cuanto más mejora su visión, menos ve Mademoiselle Paradis, lo que se traduce en una torpeza no solo física, sino también de integración social. Es trabajo de Dragus el valor más claro de la cinta, una actuación que consigue transmitir no sólo su vulnerabilidad física sino también personal, todo un ejercicio de interpretación.

Por otra parte, 120 pulsaciones por minuto (120 battements par minute, 2017) llegaba como una de las grandes bazas de la sección Perlas y no ha decepcionado, pues este relato, ambientado a principios de los años 90, consigue (casi) todos los objetivos que parece querer alcanzar. Por un lado, conmueve gracias a su espíritu homenajeador y solidario con una generación valiente y decidida a cambiarlo todo, víctima de la incompetencia de las administraciones gubernamentales ante la falta de medicamentos contra una enfermedad por aquel entonces devastadora: el sida. Por otro, ejerce una labor de denuncia expuesta en su vertiente reivindicativa y humana al mostrar las entretelas del activismo del grupo Act Up (fundado originalmente en Nueva York). A su vez, opta de manera inteligente y sensible por describir las vivencias de sus personajes a un nivel explícita y necesariamente íntimo. Su “clímax” final, demoledor, pone de manifiesto la exuberante naturalidad implícita en el ADN del cine francés.

Dentro de la misma sección llegó el turno de Lynne Ramsay con En realidad, nunca estuviste aquí (You Were Never Really Here, 2017), una exhibición de intensidad dramática estilizada, pero al mismo tiempo (por paradójico que pueda parecer) seca y contundente. Ramsay se vale de un montaje que corta los planos a golpe de martillo, y filma a Joaquin Phoenix con unas imágenes de imponente fisicidad, recreándose en su tosca musculatura, en la maraña de su barba… Pero al mismo tiempo compone una narración de carácter espectral, donde a menudo el encuadre desierto de la cámara revela cómo esta llega a la acción demasiado tarde o demasiado pronto, porque el personaje es apenas un fantasma, un muerto viviente del que apenas queda la huella que deja en el mundo. A veces, una obra es tan rotunda como sus protagonistas, y You Were Never Really Here es buena prueba de ello.

Como guinda del pastel de este lunes tormentoso, esperaba hacer aparición la ya señalada La cordillera, película dirigida por Santiago Mitre (Paulina) y protagonizada por el homenajeado Ricardo Darín. El film, con intenciones de atrapar al público con una, a priori, interesante dualidad argumental, se diluye según se consumen sus minutos. Las dos tramas, que deberían haberse complementado de principio a fin, no logran tan necesario encuentro, pues el trazo grueso con el que se dibuja el tramo final desluce un conjunto que bien podría haber corrido mejor suerte. Mitre, por tanto, no está al nivel de Paulina (2015) o El estudiante (2011), dos de sus destacados trabajos anteriores, y es que esta película acaba por resultar tan artificial como su cumbre de presidentes latinoamericanos.

Por Javier G. Godoy, Cristina Aparicio y Juanma Ruiz
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