Es lunes, pero en Sitges todos los días son fiesta, y si no que le pregunten a Udo Kier, actor alemán cuya dilatada carrera ha engendrado más de 200 títulos y que ha recibido hoy el premio Máquina del Tiempo por dicha trayectoria. Toda una leyenda viva del cine fantástico, que se ha juntado hoy con el también actor Vince Vaughn y el realizador S. Craig Zahler –cuya brillante ópera prima Bone Tomahawk (2015) le puso en el punto de mira muy merecidamente– para presentar en el festival catalán la película que los ha reunido y que viene de hacer un gran papel en el Festival de Toronto: Brawl in Cell Block 99 (2017).

Otro trabajo que también ha contado con miembros del equipo para su presentación es El habitante (2017). Este film tiene un valor sentimental añadido, y es que su director, el uruguayo Guillermo Amoedo, ganó hace tres años el Premio a la Mejor Película Iberoamericana que otorga el festival con su The Stranger (2014). El mismo director, acompañado de las actrices Gabriela de la Garza y Vanessa Restrepo, ha dedicado unas palabras en lo que ha sido la premiere mundial del proyecto, mencionando el cariño que le tiene al festival “que lo vio crecer” y la ilusión que supone estrenar una nueva película en él. Tal vez fuera la expectación, o quizá la carencia por parte de un servidor de ese valor sentimental mencionado anteriormente, o incluso una intransigencia desmesurada, que he salido bastante frío de la sala de cine (y no lo digo por la potencia de la que goza el aire acondicionado del Auditori Meliá Sitges, la cual se cuidan muy generosamente de hacernos sentir en nuestras carnes sin compasión). Probablemente, su mayor problema es que se toma a sí misma demasiado en serio para lo poco rompedora que es. Parece una sentencia hasta cierto punto contradictoria, pero no lo es si tenemos en cuenta lo mal que suena aquello de “medias tintas” o de “buena sin más” en un festival tan radical como el de Sitges: un tema que funciona pero manido hasta la extenuación (los exorcismos), correcta en su puesta en escena pero no valiente, un guion con algún que otro fallo pero ninguno garrafal (cosa que, si pasara, ya veremos que podría sumar muchos puntos en este festival), un tratamiento de los personajes demasiado descriptivo para las exigencias sentimentales del guion, un formalismo y una planificación que anulan por completo los sustos… Hay veces que es mejor ser una mala película que no ser ni buena ni mala, y como no creo que esta sea una mala cinta pero mucho menos que sea buena, sí dudo de que deje poso.

Sea mejor o peor, lo que es casi seguro es que El habitante tiene más virtudes que Dhogs (2017), la ópera prima del gallego Andrés Goteira que también ha sido presentada hoy por parte de su equipo. Pretenciosa, ilegible y por momentos pesada, me ha querido recordar en algunas escenas a Holy motors (2012), si esta fuera vacua y ruidosa, y no la maravilla que es. Digo ruidosa, aparte de por el artificio imperante, por la banda sonora, de una presencia y una intensidad que rozan la irritación. El final revela un intento de clarificar todo lo anterior… se agradece, pero a esas alturas ya hay poco que hacer: el director lleva demasiado tiempo diciéndonos que tenemos que reflexionar sobre algo como para que ahora quiera dárnoslo todo mascado.

Para acabar con la crónica de hoy, nos acercaremos a un título que no solo es entretenido y tiene destellos de calidad bastante fulgurantes, sino que además, cuando lo hace mal, le sale muy bien. Still/Born (2017) también es una ópera prima, pero en este caso la propuesta argumental es atractiva, y el resultado muy disfrutable a pesar del retrogusto a telefilm: Mary (sin el “Rose” delante) da a luz a dos bebés, pero uno nace muerto, lo cual provocará que empiece a tener alucinaciones, que se castigue a sí misma y que su vida se haga insostenible en una casa que se le viene encima cada vez que su marido la deja cuidando del bebé porque él tiene que trabajar, cosa que pasa constantemente.

A través de una realización correcta e impregnada de sustos muy inteligentes y eficaces, empieza como lo que podría ser una interesante reflexión sobre las consecuencias de la baja por maternidad desde un extremo verdaderamente revelador, pero pierde fuerza, como suele pasar, en el momento que se nos descubre “el monstruo”, y desvela ciertas lagunas de guion imperdonables… si se toman en serio. Y es que esto último es la clave para entender, disfrutar y sacar el máximo partido a Sitges: la predisposición para la diversión y la algarabía que se respira en el ambiente convierte cada incongruencia argumental en un jovial murmullo, cada sobreactuación en carcajadas y cada muerte en aplausos y vítores, cuanto más sangrienta y bestia, más fuertes. Así pues, nos encontramos con que algunos diálogos forzados y otros tantos momentos grotescos de la cinta no hacen sino acrecentar la disfrutabilidad de esta especie de versión canadiense de La habitación del niño (2006). Y es que esta es la magia de este festival… ¡Bienvenidos a Sitges!

Por Martín Escolar-Sanz