En 1953 Morris Engel,  Ruth Orkin y Ray Ashley estrenaron El pequeño fugitivo (Little Fugitive), película que dio el pistoletazo de salida al cine independiente norteamericano a través de una trama mínima, un estilo totalmente libre,  y la utilización de actores no profesionales en papeles protagonistas. La combinación de estos elementos y el deambular de un niño de cinco años por el parque de atracciones de Connie Island fueron suficientes para inaugurar un movimiento que pese a sus múltiples formas y estilos, ha mantenido siempre un interés en realizar un reflejo totalmente libre de las realidades de la sociedad norteamericana a las que normalmente, el cine industrial es incapaz de llegar.

Sean Baker, una de las figuras a seguir del indie actual parece que con su última película The Florida Project (2017) recupera y modifica a su antojo muchos de esos elementos en los que El pequeño Fugitivo sentó cátedra: la trama mínima, los actores no profesionales, el mirar a través de los ojos de un niño inocente y, curiosamente, un parque de atracciones como elemento central del relato. Si en el 53 un día en Connie Island era suficiente para reflejar la sociedad de la época, ahora Baker ve necesario cambiar de perspectiva para reflejar una América sumida en plena era Trump.

The Florida Project habla sobre la vida de los residentes de un motel a las afueras de Disneyland, donde lo decadente y lo humano son capaces de darse la mano. Es paradigmático que la película de la espalda literal y figuradamente  a esos dos mundos de fantasía propuestos por Disneyland y Hollywood que, poco a poco, se están convirtiendo en lo mismo a pasos agigantados.

The Florida Project se construye a partir de una acumulación de momentos cotidianos donde lo que sucede no tiene siempre una continuidad o no construye una narrativa unidireccional. Los tiempos muertos y la acumulación de lo anecdótico dan paso a la construcción de un microcosmos, de una realidad que funciona bajo sus propias reglas y en la que poco a poco nos vemos sumergidos a través de lo contemplativo, consiguiendo una experiencia muy distinta a los procesos de inmersión que manejan las ficciones actuales donde lo espectacular, lo impostado y las estructuras encorsetadas se han acabado por apoderar del discurso estándar. En esta “realidad” propuesta por The Florida Project hay aristas, elementos que no se corresponden con el concepto de “real”. Los colores chillones, una propuesta preciosista y la inclusión hacia el final del metraje de una narrativa unidireccional pueden parecer a simple vista perturbaciones dentro de un discurso claro y coherente. Sin embargo, estos elementos acaban por integrarse de una manera totalmente natural, desligándose de su calidad de imposiciones gracias a un trabajo de dirección excepcional.

© Cre Film / Freestyle Picture Company / June Pictures

Bajo esta misma concepción encontramos a William Dafoe, elemento externo que pese a haber participado en algunas películas independientes no deja de ser un actor muy vinculado con la industria. En lo que posiblemente sea la mejor interpretación del año, Dafoe en un despliegue de método actoral se integra en el relato con una naturalidad pasmosa, coordinándose a la perfección con el soberbio trabajo de Bria Vinaite, actriz no profesional y co-protagonista de la película.

Que por momentos parezca que no estemos viendo a actores interpretando a personajes sino a personas reales, y que una figura mediática como William Dafoe también consiga provocarnos esta sensación, deja claro los lugares a los que es capaz de llegar un cine como este, donde lo ficticio se integra en lo real y no al revés. Con The Florida Project, Sean Baker busca lo emocional y lo humano centrando su mirada en territorios que no reciben la atención que merecen, dándole la espalda a los parques de atracciones tanto reales como cinematográficos y poniendo de manifiesto que quizás la industria y el público en nuestra búsqueda de emociones humanas tengamos que fijarnos menos en los universos Disney y más en los moteles destartalados.

Lo mejor: Su gestión de las tensiones entre lo narrativo y lo contemplativo.

Lo peor: Que no se hagan más películas como esta.

Por Daniel Belenguer
@DeathSumer