La nostalgia por las ediciones en papel puede parecer cosa de puretas, como escuchar a Los Planetas. Pero a todos se nos alegra un poco el alma cuando vemos a alguien leyendo en el Metro la Pronto, el Diezmi o Jara y Sedal, más allá de la valoración de su contenido. Del paso de las imprentas a las empresas de tecnología para gestionar los contenidos literarios en impersonales eBooks, en lugar de sostener un pesado tomo con aroma a resma y tinta, ya hablaremos otro día. Sé que este discurso de millennial de primera generación está desfasado y manido, e incluso es probable que sea de mal gusto, pero es que hasta para los censores esto es una desventaja: los dispositivos electrónicos no arden igual que el papel. Y es que ya lo decía Jeff Lebowsky: “bueno, yo aún me hago las pajas con la mano”.

El futuro de las diferentes cabeceras que ahora se resienten por la victoria aplastante de las redes sociales y el acceso cuasi-gratuito al contenido pasa por reconvertirse de la manera más creativa posible. Ahí están los ejemplos norteamericanos del New York Times, o la mejora de resultados de venta y demanda del Washington Post desde su adquisición por parte de Jeff Bezos y su mirada al futuro de la comunicación y sus canales. Pero a lo que no se puede renunciar es a su pasado, a lo que fue esa cabecera, cualquiera de ellas, sus referentes, sus firmas históricas, su corazón, su alma; como diría Francella en El secreto de sus ojos (2009), puedes cambiar de cara, de religión o de Dios, pero nunca puedes cambiar la pasión, y esta se sustenta en los valores de la trayectoria.

En este momento vital de los  medios de comunicación escritos se encuentra Fotogramas, una de las revistas con más solera de la edición española. Nacida pronto en el franquismo, superó modas y censuras para convertirse en un imprescindible semanal en el que escribían algunas de las mejores firmas del periodismo patrio, unidas a un gusto exquisito en la adquisición de material foráneo, y con un fondo fotográfico que lo colocaba como medio de referencia. Con estos mimbres, cualquiera esperaría más de un documental sobre su trayectoria como el que Sergio Oksman ha filmado en Querido Fotogramas.

Apoyado en las declaraciones de muchos de los protagonistas internos (Vila Matas, Maruja Torres, Angel Casas o la verdadera protagonista de esta historia, Elisenda Nadal) y otros tantos externos (José Sacristán, Raúl Arévalo, Marisa Paredes, Isabel Coixet…) en su papel activo dentro de la edición, o como meros lectores, el documental realiza un recorrido por los logros, cumbres y abismos que esta cabecera ha recorrido en sus (interrumpidos) más de 70 años. Diferentes épocas, diferentes ambiciones, diferentes realidades. Desde las fotos coloreadas en una especie de Photoshop amanuense para superar la férrea censura, hasta los recuerdos más recientes de jóvenes recortando sus escenas favoritas, o sus actores de cabecera, para forrar sus carpetas Saro y ser el más cool del instituto.

El documental se ve adornado con curiosas anécdotas en las que echas de menos una mayor profundidad, o que sus protagonistas las cuenten con más salero. Te quedas con ganas de que Vila Matas profundice en esa entrevista inventada a Marlon Brando y sus consecuencias, o el robo de Anabel Alonso de un premio Fotogramas a su amiga Emma Suarez. Como revista de referencia en el franquismo y en los primeros pasos de la Transición, el documental adolece de mayor material anecdotario, o que el poco que se ha rodado sea de interés. Ni que decir tiene que sabiendo del fondo de armario fotográfico con el que cuenta la redacción, extraña una mayor presencia de material de interés para el devenir del guion. Hablamos de una revista que fue secuestrada por perseguir a los censores, o por enseñar alguna teta de más, temas que por cierto se mencionan de refilón en la película.

Una buena oportunidad para hacer un repaso de cómo se trabajaba en una redacción de crítica cinematográfica desde la mayor de las censuras, hasta el destape, pasando por el famoso “con Fraga hasta las bragas”, que se ha perdido entre las declaraciones con freno de mano de sus protagonistas.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader