La eugenesia es una corriente social (y pseudocientífica) que defiende la mejora de la raza humana mediante la manipulación y alteración de los métodos usuales de selección natural. No es algo a ser tomado a la ligera, siendo un tema incluso escabroso, aún más si recordamos que los nazis defendían este tipo de filosofías (con técnicas que por desgracia todos conocemos). Por ello es un argumento utilizado habitualmente en contra de la investigación en genética, en ocasiones sin ningún reparo.  Justo en este lance de opiniones se abre un interesante debate entre diferentes corrientes filosóficas en torno al desarrollo científico de este campo que tan bien supo explotar Aldous Huxley en su maravillosa novela Un mundo feliz (Brave New World, 1932), la cual abasteció a su vez de ideas al creador de la película que hoy venimos a recordar.

El proyecto de Gattaca (1997) nos remite fácilmente a la prestigiosa novela, pero cada matiz que forma su imperfecta genética ha conseguido que la película se sobreponga al paso del tiempo por sí misma, logrando alcanzar su veinte aniversario tan fresca como el día que fue estrenada. Su particular guion plantea un mundo distópico en el que la población está dividida en individuos “válidos”, fecundados en laboratorios para tener gran esperanza de vida al nacer con características perfectas, y “no-válidos”, quienes han nacido por métodos imperfectos –naturales- sin la superioridad física o mental de la que dispone la supuesta raza superior. La sociedad se construye cual cadena de ADN en una doble espiral; la de los válidos desempeñando tareas científicas con grandes metas y la de los no-válidos, despreciados por la “raza avanzada”, estancados en tareas desagradable y rutinarias sin posibilidad de promoción. Ningún eslabón debe salirse de su lugar o generará el colapso. La conciencia de clase intenta ser eliminada y cualquier raciocinio que pretenda desviarse de los dictámenes de los poderosos es perseguido. Lo cual no quiere decir que nuestro héroe en cuestión no intente imponerse a las adversidades.

En esta ingeniosa fábula futurista Ethan Hawke da vida a Vincent, un no-válido que sufre de insuficiencia cardiaca pero sueña con estar en la élite y realizar viajes espaciales. Lo hace por amor propio, y por demostrar que no tiene por qué estar siempre a la sombra de su hermano Anton, concebido in-vitro para ser perfecto. El único método que Vincent tiene para lograr su meta es saltarse todos los controles genéticos con muestras de ADN falsas que Jerome (Jude Law) le proporciona ya que, a pesar de haber nacido siendo “válido”, sufrió un accidente que le dejó postrado en una silla de ruedas de por vida.

Partiendo de este extravagante argumento, Andrew Niccol construye un relato visualmente explosivo, cargado de aspectos simbólicos y con grandes aspiraciones reflexivas; ¿dónde queda el libre albedrío en una sociedad donde las personas nacen programadas y sus vidas están definidas según sus condiciones físicas? ¿Es la perfección la verdadera meta de la humanidad? ¿Deberían establecerse límites claros a la ingeniería genética? Estos son temas que se plantean en frío, una vez finalizada la afilada espiral de acontecimientos que nos adentra además en un romance protagonizado por Uma Thurman y una investigación policial comandada por Alan Arkin. Ambas líneas argumentales toman un aspecto atípico y casi atemporal en una película del género sci-fi aportando ápices de la brillantez de imagen y la intrigante atmósfera propias del cine noir de los años 30.

© Jersey Films / Columbia Pictures

© Jersey Films / Columbia Pictures

Si todos estos argumentos no son válidos para ver por primera –o quinta- vez Gattaca, quizá deberíamos finalizar este pequeño homenaje hablando de su cálida y soberbia banda sonoracompuesta por el ya inmortal Michael Nyman-, hablar de su potente acogida en Sitges (mejor película y banda sonora en 1997), o de sus nominaciones al Oscar a Mejor dirección artística y el Globo de Oro a Mejor banda sonora. Todo lo referenciado nos da una idea del gran estado de forma que esta película sigue disfrutando gracias su planteamiento argumental adornado con inteligentes diálogos, su aspecto artístico y los debates que lanza al espectador. Creo que después de escribir el punto final a este texto iré directo a coger el DVD de la película, sentarme frente al televisor y disfrutarla una vez más.

Por Carlos Durango