Si bien es cierto que afrontar la adaptación de cualquier trabajo avalado por un éxito previo, sea de la disciplina que sea, requiere un esfuerzo de aceptación del riesgo que se asume, el cine norteamericano, concretamente el que se gesta en los grandes estudios, ha demostrado una y otra vez estar acostumbrado a no amilanarse ante la posibilidad de un fracaso estrepitoso. Aun a sabiendas de que el trabajo a versionar viene precedido de su propia leyenda, directores y productores entregados al rentable show business no han titubeado a la hora de embarcarse en proyectos similares a este Ghost in the Shell (2017), la versión cinematográfica del clásico de la animación japonesa convertido en largometraje de culto. Suponemos que la gracia que le encontrarán a esta aventura radica en lo adrenalítico de invertir millones en algo que puede resultar un fiasco, aunque, más de una vez, a alguno le haya costado el puesto… y toda una carrera.

Llegados a este punto, el equipo liderado por Rupert Sanders, encargado de darle una vuelta de tuerca al cuento de Blancanieves, se puso manos a la obra para crear un universo de deslumbrante complejidad tecnológica con el anime dirigido por Mamoru Oshii en 1995, no sólo como referencia absoluta, sino como amenazante y alargada sombra argumental y creativa. El peso específico de la obra de Oshii obligaba a realizar un doble esfuerzo que implicaba la reproducción fiel del contexto en el que se desarrolla su guión plasmando, además, la esencia de la intrincada historia de “The Major“, la cyborg-humano que protagoniza la deslumbrante película del 95. Es en este último sentido, donde la versión norteamericana no ha querido complicarse la existencia, lo que se traduce, como no podía ser de otra manera, en el mayor lastre del film.

Porque, aviso para navegantes, para no llevarse una decepción es necesario tener en cuenta que este remake del clásico nipón se encuentra muy lejos del original, bella fábula futurista que utilizó la nostalgia como denuncia de la alienación tecnológica de la raza humana. Ahora, el film de Rupert Sanders se limita a mirar de soslayo aquel exótico grito de rabia ciberpunk consciente de que haber pretendido igualarlo hubiese convertido a la nueva propuesta en un juego sobre un camión de nitroglicerina. Gracias a esta prudente falta de ambición pero al trabajado homenaje visual, Ghost in the Shell funciona como luminoso producto de entretenimiento y como respetuosa reverencia ante la inigualable trascendencia del film de Oshii. Quedan patentes, pues, las buenas intenciones de la película a pesar de su falta de carácter, problema que será mayor o menor dependiendo del nivel de exigencia del público más familiarizado con la obra de 1995.

En ese sentido, Sanders conoce el proyecto y lo expone con elegancia y cierto sentido del ritmo, una interpretación no muy exigente de Scarlett Johansson como Motoko Kusanagi y la atmosférica música de Clint Mansell. Sin embargo, alrededor de su atractiva puesta en escena, se acumula una neblina argumental que relega el film a un lugar secundario entre los estrenos de la temporada, teniendo en cuenta que evita reproducir la laberíntica exhibición de conceptos, tramas y personajes de la que hacía gala la película de Mamoru Oshii. Posiblemente, si al contrario de lo que sucede en esta nueva revisión, se hubiese optado por alcanzar la diversidad del imaginario que contiene el anime, ahora le estaríamos recriminando su pretenciosidad y falta de consideración, por lo que, quizá, la mejor opción haya sido poner el alma de la máquina con el piloto automático.

Lo mejor: su atractivo visual, muy disfrutable en pantalla grande.

Lo peor: renuncia a transmitir la esencia y complejidad conceptual de la original.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum