Colleen (Mylène Farmer) hereda una casa de una difunta tía y allí se desplaza con sus dos hijas adolescentes: Beth (Emilia Jones), introvertida y seguidora acérrima de H.P. Lovecraft y Vera (Taylor Hickson), una joven solo preocupada aparentemente por su aspecto físico y su vida social. Durante la primera noche, dos desconocidos asaltarán la casa y Colleen luchará por proteger a sus hijas.

Como se puede observar, esta sinopsis no es muy esperanzadora. El relato contiene los típicos clichés, empezando por esas dos hermanas completamente antagónicas. Evidentemente, la rubia y popular Vera parece odiar a la morena Beth por sus excentricidades y su afición a escribir historias de terror. Ghostland (2018) es, a priori, una película de terror más, cargada de tópicos y lugares comunes del género: una casa abandonada, inhóspita y repleta de polvo y telarañas; siniestras muñecas de porcelana y sustos más o menos inesperados. Pero un giro de guion, la convierte de pronto en una cinta que transita por el terror psicológico y consigue engañar (o al menos despistar) al espectador, mostrando cómo puede llegar a afectar a la mente humana el trauma causado por un episodio altamente impactante.

El film no parece mejorar cuando sus flashbacks nos trasladan a esa enorme casa destartalada que se asemeja más a un museo de antiguos y fantasmagóricos muñecos; es inevitable afirmar que la originalidad brilla por su ausencia. Y así comienzan los sustos (con buenos golpes de efecto y un buen trabajo de iluminación y ambientación, todo sea dicho) pero nada que nos haga pensar que nos encontramos ante una película de terror diferente o, al menos, que realice un tributo destacado al home invasion o al paranormal.

La cosa cambia cuando intervienen los asaltantes: escenas intensamente violentas, de enorme crudeza, cambian la atmósfera del largometraje para acercarlo más a un producto sádico, terreno donde el que el director Pascal Laugier (Martyrs, 2008) se maneja con notable soltura. Sin embargo, lo que realmente consigue poner el punto diferente a esta pieza de terror es el juego que se establece con el espectador. El terror psicológico se impone y el guion consigue interesarnos pese a la, por lo general, facilona trama. Lástima que ese aspecto no se trabaje durante más tiempo y no haber dado una vuelta de tuerca más a este buceo en la psique humana. Como el escritor estadounidense H.P. Lovecraft, referenciado una y otra vez en la película, la intención del director parece ser la de innovar, pero, aunque ofrece pasajes destacables, no consigue traspasar en su conjunto la barrera de la mediocridad.

Lo mejor: Durante algunos tramos, existe un interesante equilibrio entre la violencia del slasher y el terror psicológico.

Lo peor: El exceso de tópicos y lugares comunes de sus partes más vulgares.

Por Adriana Díaz