Y con ella llegó el escándalo (hace 50 años). Los hippies y sus psicodélicas proclamas se imponían tan solo un año antes de su prostitución en aquel ejercicio de desmemoria y berrinche burgués que fue el mayo del 68 parisino, parido por los hijos de la alta sociedad. Con los voceros de la paz y el amor aun caminando a gatas, con Woodstock (cielo) y el Altamont Speedway (infierno, Ángeles del infierno) aún por llegar, Mike Nichols decide adaptar para la pantalla grande la novela El graduado (The Graduate, 1967) de Charles Webb, y ya de paso ciscarse en todas las convenciones sociales y familiares de la América post Segunda Guerra Mundial, aquella criada en la opulencia de saberse la nación más poderosa de la Tierra en torno a la reaccionaria trinidad del dinero-familia-religión.

Ben Braddock (el impresionante debut de Dustin Hoffman) es un joven recién graduado que vuelve a casa después de cerrar sus estudios en la costa Este. Ben no es diferente de cualquier joven de su edad, se encuentra perdido en su camino a la madurez, no sabe qué quiere hacer, no encuentra una motivación en un mundo para el que ha nacido protegido, y por lo tanto, carece de recursos para enfrentarse a él. Su comparecencia vital desarmada es debida a una educación sobreprotectora, en la que nunca ha faltado nada, en la que el futuro sólo era prosperidad, y las fiestas en la piscina eran el escenario perfecto para la progresión social. En este contexto aparece Mrs. Robinson, una amiga de sus padres asqueada de su rutina. Una figura mayúscula en la historia del cine esta interpretación de Anne Bancroft, no tanto por sus dotes artísticas como lo que significó: la rotura del nudo gordiano y del tabú de la infidelidad femenina en el matrimonio.

La apatía forma parte de la vida de ambos protagonistas, aunque no más que la incomprensión encorsetada en la tradición. Es en la ruptura con estos clichés donde la mano de Nichols justifica el Oscar que ganó como Mejor Director por esta cinta: la tremenda sexualidad que desprende cada gesto de Bancroft, así como la maestría con la que está rodado lo sugerente, el mira pero no toques, toca pero no pruebes, prueba pero no saborees.

LUCHA DE GENERACIONES

La trama es un constante reflejo de la divergencia entre jóvenes y mayores, el relativo confort de una generación ya perdida para la espontaneidad, y el empuje disruptivo de unos postadolescentes que quieren crear su espacio más allá de los ya establecidos. Tratan de sacudirse la tiranía ejercida por sus progenitores en forma de desahogo económico y atenciones constantes, como podemos observar en la escena del buzo en la piscina, en la que el director nos da a probar un cáliz bastante amargo de manipulación y vergüenza ajena.

La incomunicación en la brecha generacional es el detonante para la pérdida de interés de Ben a su fría y eficaz Mrs Robinson, incidiendo de forma evidente cuando en su camino se cruza la joven hija de su amante, otra heredera de la opulencia, con los mismos miedos y frustraciones que el protagonista.

© MGM / Embassy Pictures

© MGM / Embassy Pictures

¿DRAMA O COMEDIA?

Estamos ante un retablo generacional, del paso de la adolescencia a la madurez, a través del descubrimiento del mundo adulto de la mentira y la apariencia. En ese sentido podríamos decidir que Nichols ha rodado un drama con tintes cómicos, pero si revisamos en profundidad los matices de los personajes, así como el desarrollo de la trama, no es descabellado señalar a El Graduado como una comedia. Una muy buena comedia. La escena de la primera cita de nuestros tortolitos en el hotel Taft está a la altura de las mejores screwball comedy americanas, con una señora Robinson aguantando estoica las meteduras de pata de Ben, fruto de la inexperiencia.

SIMON & GARFUNKEL

Ya solo por los títulos de crédito merece la pena ver El graduado. Paul Simon y Art Garfunkel compusieron una banda sonora que trascendió lo cinematrográfico y se convirtió en uno de los mayores éxito de la Industria musical de la historia. The sound of silence y su quejido desesperanzado, la evocadora melodía de Scarabough Fair, así como la pizpireta y hasta naif  Mrs. Robinson se elevan sobre el argumento y la trama para crear un espacio artístico propio.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader