No le faltaba razón, ni experiencia, a Ingmar Bergman cuando afirmaba en alguna entrevista que los demonios siempre acechan, pero que si uno es capaz de dominarlos, comenzarán a trabajar en su favor. Adalid del cine sueco, y alumno aventajado en el panorama cinematográfico europeo de la segunda mitad del siglo XX, Bergman consiguió crear un camino que sus compatriotas siguen recorriendo fielmente. En su cine encontramos montajes deliberadamente extensos, secuencias frías, y mucho espacio para la retórica y reflexión. La disposición de los elementos gira en torno a demonios que motivaron su filmografía; en ocasiones corpóreos (aunque sin abandonar la metáfora), otras tan abstractos o intangibles como el tiempo, la pureza o la fe, pero siempre como punzadas que hilan su mirada hacia el ser humano y su transcendencia ética.

En la obra Granny’s Dancing on the Table (2015) de su compatriota Hanna Sköld descubrimos admiración por esa áspera mirada en una introspección hacia los instintos de evolución y supervivencia del ser humano acompañando a Eini (Blanca Engström) en su búsqueda de la experimentación, mientras sueña por escapar de una figura paternal abusiva que ejerce de captor, y castrador del desarrollo natural de la joven. Los demonios aquí son todos los fantasmas de una familia disfuncional que aún quedan a la espalda de un padre traumatizado por el drama genealógico y que atormentan a una hija privada de libertad: último eslabón femenino víctima del maltrato en la familia, aspecto tratado con esmerada crudeza por la directora. Por momentos, la relación protagonista se tinta con un terror psicológico que resulta desconcertante, a la par que desentonado en alguna secuencia, más si cabe cuando ciertos elementos son impuestos para remarcar pensamientos que deberían surgir de una forma más natural. No siempre es necesario lanzar el debate de forma explícita, menos aun cuando la dramatización animada ya había planeado ayudar a concluir inquietudes al aportar la imagen completa del cuadro en pequeños episodios narrados por la protagonista.

Precisamente este punto, su fantástica animación en stop-motion, es lo que aporta forma y sentido al todo a través de elementos sencillos, personajes desproporcionados y formas estridentes. Se percibe en sus figuras cierto acercamiento a la obra de los hermanos Quay que funciona como elemento clave en la conformación de una atmósfera poluta y oscura, pero donde también hay espacio para la lucidez, representada en este caso por la abuela que da nombre a la película además de alas a un nieta encerrada que ha crecido deseando aprender a volar. Después de todo, el potencial de la animación en esta lucha contra los demonios familiares acaba despreocupando el espacio fílmico interpretado, pero consiguiendo caracterizar a la cinta por dejar un gusto especial hacia el final de un trago tan amargo, permitiendo que sus pequeños movimientos por fotograma funcionen tanto de justificación como de resolución de su hilo motriz.

Lo mejor: El entusiasmo por el arte que refleja la complicada técnica del stop-motion, y que consigan hacer de su utilización el verdadero propósito por el que recomendar la película.

Lo peor: Que los elementos con interpretaciones parezcan espacios de paso del guion.

Por Carlos Durango