Todos nos acordamos de las tres reglas de oro del mogwai, porque siempre hay algún gracioso en el grupo que tira de la célebre “no darles de comer después de las 12” para señalarte lo feo/a que eres. Las otras dos eran más sencillas: nunca exponerlo a la luz del sol, y bajo ningún concepto entrar en contacto con el agua. Gremlins (1984), la película que junto a Indiana Jones y el Templo maldito (Indiana Jones and the Temple of the Doom, 1984) mismas ideas, mismos productores, obligaron a que se inventara una tercera categoría en la calificación por edades de las películas, creando el intermedio “no recomendada para menores de 13” que por lo menos cuando yo era pequeño, era una clara invitación a entrar en esa sala del cine, porque te asegurabas dos cosas: fardar delante de tus amigos, y alguna que otra escena que te tendría durante algunas noches en duermevela, mirando por el rabillo del ojo a la puerta de tu dormitorio, y encerrándote bajo las sábanas al menor indicio de movimiento, pensando que esa delgada y calentita separación con la realidad te defendería del ataque de cualquier criatura.

El director Joe Dante y Steven Spielberg (uno de los binomios más productivos de la década de los 80) juntaron sus talentos y sus chequeras al guion de Chris Columbus, y nos dejaron una de las películas más gamberras, divertidas y, en algunos casos, más terroríficas de todos los tiempos. Eso y unos personajes que se instalaran en la memoria colectiva de varias generaciones. Esta fábula atemporal, en la que se sublima el enfrentamiento del bien y el mal en todo momento, contiene muchas de las referencias que hizo del cine de los 80 algo reconocible: ese halo de cuento-aventura narrada en off por uno de los personajes, ese laberíntico Chinatown entre lo misterioso y lo prohibido, esa barriada perfecta que recuerda a los años 50, pero que en realidad no es más que el reflejo de la era Reagan llevado al ridículo, sus constantes guiños al cine clásico que tanto debió marcar a sus creadores, sus gruesas referencias a hitos de sus días, como las autoparodias del cine del propio Spielberg, con constantes chistes al mega éxito de ET, el extraterrestre (ET, the Extra-Terrestrial,  1982) e Indiana Jones.

Un Gremlin es un bicho que, según los pilotos de la RAF durante la II Guerra Mundial, los japoneses introducían en sus aviones para boicotearlos de manera que sus siniestros pareciesen accidentes. Como lagartos de la Cosa Nostra. También es el nombre de uno de los primeros cuentos publicados por Roald Dahl. El primer guión que Columbus redactó estaba lejos de lo que finalmente vimos en pantalla. En su primera versión, Gremlins, dentro de lo paródico, era una verdadera película de terror donde los padres del protagonista morían a manos de los malditos bichos en una orgía de sangre y vísceras más propia de la serie B que de un superproducto de masas. Sin embargo mantenía ciertas referencias que entendemos fueron las que fascinaron a Spielberg: la ausencia de la figura paterna en el personaje femenino, la ternura de Gizmo (nombre por cierto del entonces perro mascota del director de Tiburón), y esa dualidad maniquea de la que hablábamos y de la que la película está llena, en una especia de Jekyll y Hyde moderno y zoológico.

Con un reparto sin estrellas, destacan sus jóvenes protagonistas: Zach Galligan, al que no le conocemos mucho más que su papel de Billy, y Phoebe Cates, quien ya era un mito erótico de la década cuando hizo este papel, y a la única que podemos reconocerle cierta profundidad dramática en la escena en la que narra el día en el que descubrió que Papa Noel no existe, y en realidad era su padre disfrazado. Lo que si contiene Gremlins son cameos de todos sus participantes. Desde el propio director, hasta un Spielberg de lo más jovencito, recorriendo la feria de inventores en un vehículo adaptado para impedidos.

© Warner Bros. Entertainment / Amblin Entertainment

Mención aparte merecen los efectos especiales creados por Chris Wallas, destacando los muñecos mogwai y los gremlins, de los que se llegaron a crear casi la centena, y que generalmente eran accionados por personas fuera de plano. Para Gizmo se pensó en una criatura que aunara rasgos de las mascotas más tiernas para el gran público, así que Wallas tomó al mono y el perro como referencias. La trascendencia del film más allá de la gran pantalla indica que su apuesta fue un éxito. Al arduo y exitoso trabajo del equipo de efectos se añade la música de Jerry Goldsmith, que creo una suite en la que la dualidad inocencia-maldad se sonorizaba.

Si algún afortunado y desfasado espectador va a aprovechar el reestreno de esta joya para ver el film por primera vez, solo señalarle que no pierda detalle de toda la secuencia del cine, cuando un escuadron de gremlins se reúne para ver Blancanieves y los siete enanitos (Snow Whithe and the seven dwarfs, 1937),  una de las escenas más divertidas y mejor rodadas del cine fantástico comercial.

Lo mejor: Crear un personaje inmortal y saberse gamberra.

Lo peor: Que no sea la primera vez que la ves.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader