“¡Pero si no fue capaz ni de matar una mosca!” Con esa frase acababa Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock, y con una escena muy similar comienza Los crímenes de Grindelwald (Fantastic Beasts: The Crimes of Grindelwald), la nueva entrega cinematográfica del universo mágico creado por J. K. Rowling. Así, el villano apenas entrevisto en el film precedente (Animales fantásticos y dónde encontrarlos) se presenta ahora sin medias tintas: tan loco y malvado como Norman Bates, pero sin la voluntad de escenificar un fingido carácter inofensivo.

El segundo capítulo de Animales fantásticos, precuela a su vez de Harry Potter, entra así de lleno en el retrato y las maquinaciones de un villano que, a pesar de todo, se muestra por completo opaco. No hay afán de psicologismo sobre el gran antagonista de la saga: él es solo la fuerza motora que pone en marcha los acontecimientos. Pero si como individuo es apenas un cascarón vacío –como, por otro lado, suelen serlo (al menos de entrada) los arquetipos de esta índole en la tradición fantástica, desde Sauron al propio Voldemort–, como símbolo establece inquietantes ecos con la situación sociopolítica actual: su mitin en el cementerio parisino del tercer acto es, en forma y fondo, un comentario de carácter urgente sobre el auge de los neofascismos en el mundo de hoy, y el modo en que estos se nutren de respaldo popular entre los sectores que más deberían temer su poder.

Mientras tanto, el film profundiza sobre la que era una de las grandes virtudes de la entrega anterior: la transposición de los rasgos de un universo mágico de raigambre claramente británica (el de la ‘saga Potter’) a otros contextos. Si primero fue el Nueva York de los años veinte (con su música ragtime, sus locales clandestinos y magnates de la prensa) aquí está el París de entreguerras, con la bohemia, los circos ambulantes y sus espectáculos de feria… todo ello se integra a la perfección en el torrente de ideas del equipo formado por Rowling (en el guion) y David Yates, acostumbrado ya a traducir visualmente un imaginario en perpetua expansión.

Es cierto que la multiplicidad de conceptos y subtramas no presenta esta vez un desarrollo tan limpio como en las mejores películas de la franquicia, y que el profano corre el severo riesgo de quedar desorientado y abrumado ante la profusión de detalles, ramificaciones, apuntes y referencias al tapiz más completo del mundo ‘potteriano’. Pero se trata del ¡décimo! episodio de una serie, y para bien o para mal sus creadores han optado por dar determinadas cosas por sabidas y huir hacia delante. Por otro lado, y esto sí es preocupante, resultan difícilmente explicables algunas decisiones de gramática visual por parte del director, tales como los numerosos y algo ortopédicos planos subjetivos que salpican el metraje; y se echan en falta quizá hallazgos de puesta en escena y/o narración que constituían en las cintas anteriores algunos de los momentos álgidos de la saga, tales como el montaje inicial de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte – Parte I (Harry Potter and the Deathly Hallows: Part I, 2010) o el manejo de sus aparentes tiempos muertos convertidos en serena introspección y plasmación visual de la forzada madurez de sus protagonistas. La sensación final es la de un David Yates en un cierto estado de piloto automático, y a pesar de todo solvente, quizá porque, tras seis filmes tras la cámara, el tándem creativo que forma con la escritora está perfectamente engrasado. Pero si él mismo ha demostrado antes que podemos aspirar a más, quizá no debamos conformarnos con menos.

Lo mejor: La capacidad de la nueva saga de trasponer el ‘universo Potter’ a distintos contextos culturales, y de realizar un pertinente comentario sociopolítico.

Lo peor: Una cierta sensación de ‘piloto automático’ por parte de David Yates.

Por Juanma Ruiz
@JuanmaRuizP