Para bien o para mal, es innegable que los entornos rurales –ya sean de aquí o de allá- no pueden zafarse de una aparente antigüedad eterna que los persigue, de un ambiente que bien pudiera estar dictado por relojes que se pararon hace uno o varios siglos. Las guardianas (Les Gardiennes, 2017), última película del siempre sugerente Xavier Beauvois (No olvides que vas a morir (1995), De dioses y hombres (2010)), se sitúa en una pequeña aldea de Francia durante la Primera Guerra Mundial, y nos acerca magistralmente a esa especie de sempiterna anacronía ya no solo a través de una cuidada ambientación e inmersiva atmósfera, sino valiéndose también de la austeridad y el clasicismo narrativo para completar lo que bien podría ser visto como una novela pastoril de carácter dramático, capitular y lineal.

Beauvois sigue con escrupulosa rectitud las pautas establecidas por esta suerte de subgénero “histórico-rural” que tanto cuidado pone a la fotografía y que, independientemente de la época representada, siempre parece emular a los mejores maestros de la pintura barroca o a los de la Escuela de Barbizon (otros ejemplos de este cine son Mayo de 1940 (2015) o La mujer que sabía leer (2017)). Es por esto que en la estética y las formas el film no falla, pero tampoco innova. Consciente de ello, no cae en pretensiones ni efectismos, especialmente en lo referido al sentimentalismo, del que no sería difícil incurrir en un abuso desmesurado teniendo en cuenta el argumento. Esa vacuidad queda suplida por un latente pero constante zumbido psicológico que se atisba fuera de campo (tanto en su acepción cinematográfica como en la geográfica), de aquello que no vemos en ningún momento pero que el realizador francés se encarga con habilidad de no permitirnos olvidar: lo acontecido en el frente de batalla. El trabajo, los ánimos, desde lo más pequeño del día a día hasta algo tan inmenso como el destino… todo en la vida de los aldeanos está determinado definitivamente por una contienda suficientemente lejana como para que sus cañones no puedan ser escuchados por ellos. Sus cañones no, pero sí sus historias, y es que el innegable carácter epistolar del film lo impregna todo de una poética íntima y especial.

El título está en femenino porque son, en su mayoría, las madres, abuelas, hermanas, esposas, hijas y amantes de los combatientes las que han de quedarse a cuidar de las tierras. Éstas serán nuestros ojos ante una realidad irrefutable pero muy desconocida: la cojera que padecen las familias que tienen que despedir a uno de sus miembros para marchar sobre el frente y el vacío que estos dejan en sus casas. Entre todas esas mujeres, hay una que merece una mención especial no sólo por el valiente y fuerte personaje (que, de hecho, es la protagonista) sino, principalmente, por la actriz que lo encarna: por encima de la reputada Nathalie Baye, brilla en su debut cinematográfico Iris Bry, prometedor talento interpretativo cuyo descubrimiento solo puede ser sinónimo de “revelación”. La falta de experiencia profesional no le impide cargar sobre sus hombros y sentir en sus carnes una historia que condensa perfectamente las consecuencias de la guerra lejos de la guerra, y en la que ni siquiera el amor se libra de las heridas.

Lo mejor: Lo presente de la guerra sin escuchar un sólo disparo.

Lo peor: Formal y estéticamente hablando, no arriesga.

Por Martín Escolar-Sanz