En el principio, estaba la luz. En el final, estará la luz.

A pesar de la cita, este no es el pasaje de ninguna novela, pero sí hace alusión a una historia: la de nuestra vida, la de todos y cada uno de nosotros. La luz es lo que rompe esa paz perfecta solo alcanzada en el vientre materno cuando, estando nosotros flotando felizmente en el líquido amniótico, aparece repentinamente para marcarnos el camino hacia este supuesto “valle de lágrimas” al que llamamos vida. Y, por lo visto, también es la luz la que, ansiosa de despedirnos del mundo que ella misma nos presentó, hace acto de presencia al final de un túnel oscuro para que no nos extraviemos en nuestro camino hacia… ¿el más allá?, ¿un renacer?, ¿la salvación?. Sea su primera aparición un castigo o lo sea la última (o tal vez ninguna), lo que está claro es que Naomi Kawase ha sabido aliarse con esta curiosa anfitriona, con este Caronte fulgurante, para “dar a luz” a un trabajo altamente sensorial sobre extremos que se tocan y manos que tocan para poder ver: Hacia la luz (Hikari, 2017).

En su anterior película, Una pastelería en Tokio (An, 2015), Kawase flirteó peligrosamente con la sensiblería propia de la industria occidental más comercial, poniendo en jaque con ello la honestidad y la sensibilidad características de su cine. En la cinta que hoy se estrena, una chica que se dedica a hacer audiodescripciones de películas para ciegos, conoce en las sesiones de proyección a un fotógrafo que está perdiendo la vista… Con una premisa tan poética y melodramático-convencional, parecía fácil que la realizadora japonesa subiera el peldaño que le faltaba a su trabajo previo para convertirse en pasto de las masas hambrientas de sentimentalismo gratuito, pero Kawase se acuerda de sentir y de explotar esa maravillosa cualidad artística nipona que un servidor nunca se cansa de alabar: el contar sin palabras. Nos cuenta que el final de un hombre para quien no hay más realidad que la que ven sus ojos, es el nacimiento de un ciego que se carga de valor para explorar el mundo como nunca antes lo había hecho; nos cuenta que las palabras son del todo inútiles pero a la vez vitales y también que sin recuerdos no hay olvido, pero el mejor ejemplo de este discurso dicotómico es el que construye formalmente al reflexionar sobre la luz: impregna los fotogramas de destellos de luz y de reflejos lumínicos en la lente de la cámara como metáfora de que esta energía tan pronto nos permite ver como nos deslumbra (justificadísimos en esta ocasión dichos recursos al no tener un fin meramente estético). También utiliza un simple rayo de luz como símil de las personas, ya que si bien uno está compuesto por todos los colores del arcoíris y según cómo estos se combinen resultará de un color o de otro, las otras somos la consecuencia de una serie de experiencias y sentimientos que conforman nuestra forma de ser. Kawase reitera, además, en la idea de que todos buscamos la luz en los momentos más difíciles, especialmente en los finales. Así, como si de una caricia de consuelo se tratara, son tonos cálidos y acogedores los elegidos por la directora para hacernos sentir el calor de un atardecer en la cara, ya que, como hemos visto, la luz es nuestra guía y nuestra protectora, y nunca nos abandona -no es casualidad que se opte por mostrarnos una ceguera clara en lugar de la típica absolutamente negra, como ya hizo Saramago en su Ensayo sobre la ceguera-.

La maestra nipona recupera, en cierta medida, el dinamismo de la cámara en mano heredado de su primer período (documental), y consigue reconciliar el fondo y la forma a través de planos muy cerrados que nos muestran miradas, rostros, personajes encerrados que no pueden ver más que dentro de ellos mismos: ciegos y videntes se igualan haciéndonos ver que los ojos no siempre nos sirven para ver lo que realmente hay que ver. Los dos actores protagonistas (Ayame Misaki y Masatoshi Nagase) explotan sus diferencias para complementarse a las mil maravillas, y ella, a su vez, combina candidez y fuerza con una naturalidad embriagadora. Todo, unido a una partitura brillante y muy coherente que ayuda al film a tejer una sencillez dramática muy comedida, crea un equilibrio casi perfecto entre carga emocional y sensitiva.

De esta manera, Naomi Kawase completa una oda a la luz que funciona en muchísimos aspectos como metáfora de la vida, y que, en sí misma, es un ejemplo más del sentido cíclico de la existencia (aquel por el que nacemos siguiendo la luz y morimos yendo hacia ella), ya que su casi tangible plasticidad recuerda a trabajos antiguos de ella como Shara (2003) –en el que la atmósfera, los colores y los efectos visuales invitaban a dejar de pensar y empezar a sentir–, y que tiene una escena de la protagonista en el bosque buscando a su madre que es un claro auto-homenaje a su El bosque de luto (Mogari no mori) de 2007. ¿Ha vuelto la cineasta, entonces, a sus orígenes? No, seguramente es ley natural que la pureza de la que gozaban sus primeras obras jamás se recupere, pero ha sabido evitar la trayectoria que muchos le augurábamos tras su último largometraje, y eso es, cuanto menos, una luz al final del túnel.

Lo mejor: La exposición del relato, una oda a los silencios y al poder de las sensaciones.

Lo peor: Su narrativa hará que los más impacientes dejen de ver el fabuloso cine de Kawase.

Por Martín Escolar-Sanz