La víspera del Día de Todos los Santos -para muchos la universalizada fiesta de Halloween- es nuestra excusa para, contando con la impagable colaboración de compañeros de la crítica y el periodismo cinematográfico de otros medios, hablar sobre 16 películas englobadas en el género de terror cuyo recorrido ha sido bien distinto al de los productos más cercanos a lo mainstream. El cine de múltiples países y diversas narrativas es la columna vertebral de nuestra recopilación; un listado que, a buen seguro, colmará las ansias de descubrir cosas nuevas de los cinéfilos más atrevidos.

Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, Georges Franju, Francia, 1959). Por Javier G. Godoy (Redrum, Directoras de Cine)

Decía Cicerón que el rostro es el espejo del alma, y los ojos, sus delatores. En su película, Georges Franju adapta la novela de Jean Redon mientras se desliza por el poder sugestivo de los rasgos, habla sobre la redención y la culpa, y muestra el impulso implícito en la naturaleza humana por buscar la belleza o, si se ha perdido, intentar reconstruirla. Inspiradora de trabajos como La piel que habito (2011) o Audition (1999), Los ojos sin rostro es una pieza de género minimalista y elegante, plagada de ademanes suaves y delicadas transiciones que la han convertido en un clásico del terror europeo. El blanco y negro de Eugen Schüfftan y la música de Maurice Jarre no hacen sino aumentar el efecto elegíaco y cautivador de una atmósfera que se forja a través de la inolvidable mirada de la mujer sin rostro, aquella cuyos ojos revelarán el dolor de un alma atormentada.

Perfect Blue (Pâfekuto Burû, Satoshi Kon, Japón, 1997). Por María Lorenzo (Con A de animación, profesora en Universitat Politècnica de València)

En El cine o el hombre imaginario (1956), Edgar Morin sugería que la estrella de cine está obligada a llevar una doble vida: mientras la vida real se consume en ‘parties’ con los que acallar el tedio, la cámara absorbe la verdadera sustancia humana. En dicha dicotomía se fundamenta el horror de Perfect Blue, si bien el personaje de Mima Kirigoe se encuentra dividida entre la irreal ‘idol’ para adolescentes, y la actriz —su versión madura, carnal e independiente— en la que quiere convertirse. El horror se multiplica en un desconcertante juego de espejos que incluye la psicosis del personaje de Mima en la serie televisiva donde participa, así como el entonces emergente Internet, que re-imagina maléficamente al ser humano. Ése es el mensaje del mundo de las imágenes, siendo la primera imagen de todas la idealización de nosotros mismos: “a partir de ahora, tú serás la sombra y yo seré la luz.”

Una chica vuelve a casa sola de noche (A Girl Walks Home Alone at Night, Ana Lily Amirpour, EE.UU., 2014). Por José Félix Collazos (Caimán CdC)

¿Qué puede tener una película sobre una vampiresa iraní, –feminista y vengadora– que ha sustituido la capa por un chador y se desliza en monopatín sobre una ciudad de “western” (Bad City) retratada en poderoso blanco y negro para convertirse en una película de culto? Mucha ironía, lirismo perturbador, una excelente banda sonora, encuadres para enmarcar, citas conscientes a todo los referentes del cine más indie de los últimos años y una militante intención transgresora: ahora serán ellos los que tengan miedo de andar solos tras el crepúsculo. ¿Quién dijo “la calle es nuestra”?

La mala semilla (The Bad Seed, Mervin Leroy, EE.UU., 1956). Por Marta Sánchez (Revista Mutaciones)

Unos zapatos con suela metálica y una medalla estudiantil son los objetos inanimados en torno a los que gira la trama principal de este film, donde se recoge la teoría de la maldad como herencia genética. Basado en una obra teatral, la historia bascula entre el suspense y el drama, representados respectivamente por los personajes de Rhoda, una angelical niña vestida con volantes y vaporosas faldas que hacen frufrú al caminar, y las sospechas de su madre en torno al carácter psicópata de la hija. LeRoy recurre a una puesta en escena dinámica, en la que el reparto coral entra y sale continuamente de un mismo decorado principal, en un film rodado en luminoso blanco y negro, que no proyecta sombras. Ciertos hechos son anticipados en varias escenas: el embarcadero presidido por la tormenta del comienzo, la niña que juega entre sus manos con unos zapatos al volver de la excursión y el plano detalle con las cerillas en la mano de Rhoda, son el preámbulo de un final donde la naturaleza se encarga de reponer el orden de las cosas en una suerte de justicia poética.

Vampyr, la bruja vampiro (Vampyr – Der Traum des Allan Grey, Carl Theodor Dreyer, Alemania, 1932). Por Felipe Rodríguez Torres (Revista Mutaciones, Caimán CdC, El pájaro burlón)

Entre los grabados de Doré, la pesadilla de Füssli y las pinturas de negras de Goya, se mueve Vampyr, la bruja vampiro, un viaje entre el sueño y la vigilia y primera película sonora de Carl Theodor Dreyer en 1932. Y aunque los intertítulos y el escaso uso del diálogo para narrar lo acontecido demuestra el punto intermedio entre el mudo y el sonoro en el que se encontraba todavía el cine de Dreyer, su trabajo de puesta en escena, con travellings sinuosos que sugieren la presencia de un narrador omnisciente y sobrenatural que sirve como guía de ese viaje entre dos mundos que se cruzan y fusionan, el uso de unos inquietantes primeros planos tanto de elementos cotidianos como de rostros, o la decisión formal de encajonar al protagonista en encuadres y formas arquitectónicas rectangulares opresivas, da como resultado una cinta más cercana a la experimentación que el más convencional y menos sugerente Drácula de Tod Browning.

La corta noche de las muñecas de cristal (La corta notte delle bambole di vetro, Aldo Lado, Italia, 1971). Por Tonio L. Alarcón (Dirigido por, Imágenes de Actualidad)

En esta atrevida ópera prima, Aldo Lado alterna dos misterios que se van entrecruzando durante el metraje. Por un lado, su angustioso planteamiento inicial, básicamente una vuelta de tuerca al episodio Colapso de la serie Alfred Hitchcock presenta; y por el otro, y a base de flashbacks, la fantasmática desaparición del personaje de la bondiana Barbara Bach. La serpenteante trama que propone el director y guionista tiene más que ver con las narraciones paranoicas de Roman Polanski –la sombra de La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968) se aprecia en muchas de sus imágenes– que con el giallo más convencional, anticipándose a la no menos particular Todos los colores de la oscuridad (Tutti i colori del buio, 1972), de Sergio Martino. Dentro de la investigación de su protagonista, Lado inyecta guiños y detalles más o menos sutiles que apuntan hacia la trágica (y devastadora) resolución de la historia, cuyo satánico sadismo anticipa los hallazgos de algunos de sus mejores trabajos como director, como ¿Quién la ha visto morir? (Chi l’ha vista morire?, 1972) o Violación en el último tren de la noche (L’ultimo treno della notte, 1975).

El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher, Robert Wise, EE.UU., 1945). Por Javier Martín Corral (Redrum)

Los duelos de miradas en el cine no solo dan para crear videos cukis que compartir en Facebook. De ellos depende en gran medida la tensión argumental y psicológica en los filmes que pueden permitirse el ¿lujo? de contar con actores de altura. Es el caso de El ladrón de cadáveres, película que rodó el maravilloso Robert Wise con los dos mejores intérpretes del terror clásico: Boris Karloff y Bela Lugosi. Basada en un relato de R.L. Stevenson, la película es una de las cumbres del terror gótico al dotar a su metraje de una ambientación magnifica (a pesar de sus escasos recursos), con una historia sólida (y bastante realista) y, como decía, soportada sobre los hombros de estos dos titanes de la interpretación. Aunque, si somos sinceros, el que te lleva al escalofrío en El ladrón de cadáveres es Karloff, que estremece en cada sonrisa psicópata que dedica a su público.

La hora del lobo (Vargtimmen, Ingmar Bergman, Suecia, 1968). Por Rubén de la Prida (Caimán CdC)

Sobre el eje de simetría del metraje de La hora del lobo, el artista Johan Borg (Max von Sydow) le explica a su mujer Alma (Liv Ullman) el concepto que da título al film: la hora del lobo es aquella en la que las pesadillas vienen a nosotros; y si estamos despiertos, el temor. Una frase que resume asimismo la esencia de la única incursión de Bergman en el género de terror.  A través de una iconografía propia al margen de los códigos habituales del género, el sueco consigue que toda la película se mueva en la indefinición entre angustioso ensueño y asfixiante realidad, introduciendo al espectador en el abismo de la mente de Borg –trasunto del propio cineasta– y entregando un tratado en torno al más terrorífico de todos los miedos: el de no poderlos controlar.

Goodnight Mommy (Ich seh, Ich seh, Severin Fiala y Veronika Franz, 2014). Por Alain Garrido (Cinema Ad Hoc)

Primer largometraje de ficción de Severin Fiala y Veronika Franz producido por el siempre radical y controvertido Ulrich Seidl. La tranquilidad del verano se rompe en el hogar familiar cuando la matriarca regresa del hospital tras una operación de cirugía plástica y sus dos hijos gemelos empiezan a preguntarse si realmente es su madre o una impostora. En Goodnight Mommy se distinguen, en ocasiones de un modo demasiado obvio, ecos de la filmografía del propio Seidl, el universo de Haneke o El otro (The Other, 1972) de Robert Mulligan. Más allá de estas reminiscencias, la pareja de cineastas erigen una terrorífica historia de obsesión, narrada desde los miedos más intrínsecos y poniendo especial énfasis en la conducta humana más imprevisible y acongojante; en ese sentido, el desenlace es puramente espeluznante. Uno de los debuts en el género más potentes de los últimos años.

Häxan: la brujería a través de los tiempos (Häxan, Benjamin Christensen, Dinamarca, 1922). Por Carlos Fernández Castro (Bandeja de Plata, Caimán CdC, Directoras de Cine)

En algún lugar entre el falso documental y el cine didáctico, Häxan realiza un análisis sobre las diferentes maneras en las que el hombre, mediante la religión y la superstición, ha tratado de someter a la mujer a lo largo de los tiempos. Dejándose llevar por su macabra creatividad, Benjamin Christensen recurre a dibujos de otras épocas, recreaciones de situaciones basadas en documentos históricos y unos intertítulos de lo más expresivos para articular un discurso que invita a sacar conclusiones mediante el sentido común. Brujas ancestrales, brujas modernas y mujeres diagnosticadas de histeria. Escobas voladoras, pócimas de amor y hechizos contagiosos. Cualquier excusa ha sido buena para salvaguardar el poder del hombre en la civilización occidental. Mención especial merecen los episodios que el cineasta danés dedica a la edad media en general y la iglesia en particular, así como su capacidad para incomodar al espectador mediante imágenes de demonios sádicos y prácticas disuasorias que harían confesar al perro más fiel.

Bajo la sombra (Under the Shadow, Babak Anvari, Reino Unido / Jordania / Catar / Irán, 2016). Por Juan Roures (El antepenúltimo mohicano, La estación del fotograma perdido, Dos manzanas)

Bajo la sombra dio a Babak Anvari el BAFTA a mejor debut británico del 2016 con pleno merecimiento. Estamos ante una inusual coproducción entre Reino Unido, Jordania, Catar e Irán que nos traslada al Teherán de 1988, donde una madre (hipnótica Narges Rashidi) y su hija (harto natural Avin Manshadi) afrontan espantosos fantasmas como alegoría del tenebroso caos sembrado tanto por los misiles iraquís como por la revolución cultural, así como por el machismo imperante que sigue muy presente a día de hoy. La película es por tanto una rara mezcla de cine social crítico con el sistema y thriller de terror escapista, cobrando este segundo género mayor relevancia conforme la muy metafórica paranoia se abre paso. Una joyita que inexplicablemente nunca se estrenó en España.

Repulsión (Repulsion, Roman Polanski, Reino Unido, 1965). Por Raquel Loredo (Caimán CdC, Revista Mutaciones, En Platea)

Terroríficos gemidos de un orgasmo femenino: Roman Polanski los convierte en su segunda película en una pieza más del catálogo sonoro de la locura de una joven traumatizada. Catherine Deneuve repele el contacto masculino (retratado como misógino y en fase fálica), pero siente una atracción hacia él que no puede desligar de la violencia ¿Deja claro la foto familiar de Repulsión, al estilo “Rosebud” de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), que su grieta psicológica está producida por unos abusos sexuales sufridos en la niñez?, ¿habla solo de una patología mental? Poco importa en esta construcción abierta, de textura tosca y resultado sugerente, que pone sonido a un morbo atmosférico en blanco y negro salpicado de alucinaciones. El goteo incesante del aislamiento lleva a sobresaltos, claroscuros, contraste y manos lascivas que salen de las paredes. Influencias del expresionismo alemán, Buñuel, Fellini y Hitchcock; situación aparentemente convencional; sensación creciente y larvada de algo no va bien;  vecinos voyeurs en simetría con el espectador… Repulsión es miedo al tik-tak de un rumor sexual putrefacto.

Fish & Cat (Mahi va gorbeh, Shahram Mokri, Irán, 2013). Por Yago Paris (Revista Insertos, Cine Divergente, Cinema Ad Hoc)

Si uno se plantease cómo sería convertir el metraje de un slasher en una pesadilla, acercarse a Fish & Cat (Mahi va gorbeh, 2013) probablemente satisfaría su curiosidad. La cinta iraní narra la reunión de un grupo de jóvenes en un campamento en el que tendrá lugar un evento de voladores de cometas. Un lugar entre la naturaleza, apartado de la civilización, perfecto para desenfundar los cuchillos y que corra la sangre. Lo especial del filme es su puesta en escena: narrado en un único y espectacular plano secuencia, como los sueños o las pesadillas, el punto de vista pasa por infinidad de personajes y se salta las leyes de la lógica física. El resultado es una paradoja espaciotemporal que amplía la sensación de terror al convertir la narración en un bucle infinito del que no se puede escapar. Con un ritmo pausado, las muertes se suceden en fuera de campo y la sensación de desasosiego se dispara en esta contemplativa incursión en la poética de lo apocalíptico.

The Final Girls (Todd Strauss-Schulson, EE.UU., 2015). Por Ignacio Navarro (El antepenúltimo mohicano)

En los últimos años se ha puesto de moda, tanto en cine como en televisión, el estilo ochentero, sobre todo en el género del terror. Véanse así It (2017) y Stranger Things (2016). Aunque para un servidor es superior, mucho menos recorrido ha tenido esta película donde la mentada nostalgia adquiere múltiples sentidos. Y es que en ella seguimos las peripecias de una joven (Taissa Farmiga) que viaja atrás en el tiempo para insertarse en un slasher protagonizado por su madre (Malin Akerman), después fallecida. Se mezclan entonces la muerte ficticia y la muerte real con temas de pérdida y superación, todo ello narrado de forma muy dinámica y acertados gags que no le restan empaque al componente emotivo. Lo original no está en los elementos por separado sino en su combinación, resultando así en una cinta única pese a partir de las consabidas referencias.

Suspense (The Innocents, Jack Clayton, Reino Unido, 1961). Por Gonzalo Contreras (Crónicas de cinéfilo)

Fatalismo, opresión, insólita tensión sexual, y más en un film rodado a comienzos de los años sesenta, se dan cita en esta imprescindible adaptación de la novela Otra vuelta de tuerca, de Henry James, dirigida por el hoy olvidado Jack Clayton, posiblemente su trabajo más satisfactorio junto con la también inquietante A las nueve, cada noche (Our Mother’s House, 1967)Brillante en su puesta en escena y en su atmósfera de otro tiempo (agudizada por la utilización de una espectral fotografía en blanco y negro), sugerente en sus ambiguas y atrevidas reflexiones finales, este terrorífico y desolador largometraje, además de servir de inspiración de algunos de los mejores relatos del celuloide contemporáneo (Los otros, sin ir más lejos, le debe mucho al esqueleto argumental de la historia), supone, por méritos propios, la cima cinematográfica del cuento clásico-gótico de fantasmas.

La angustia del miedo (Angst, Gerald Kargl, Austria, 1983). Por Pablo Castellano (Cine Maldito)

Conscientes de que una de las virtudes del cine es sacar al espectador de la sala con dolor de cabeza, Geral Karlg y el brillante Zbigniew Rybczyński componen con La angustia del miedo una de esas obras que desencajan concepciones luminosas del mundo y estrangulan cuellos. Respetada y oculta en esa zona entre paréntesis en la que la Historia del Cine cubre y protege lo diferente bien hecho, el director austriaco narra las horas que siguen a la salida de la cárcel de un asesino que no puede evitar el impulso de matar de nuevo a otras personas. Es precisamente la locura que produce el choque entre el deseo y los códigos morales de una civilización que indica lo que está bien y lo que está mal un elemento que se verá correspondido con una disposición formal que rompe, innova, marea y aprieta. Una película clave que deja el regusto de la radicalidad parida por la inteligencia.