Handia (2017) es una película con monstruo, con varios monstruos. En el film de Jon Garaño y Aitor Arregi (firmante de Loreak, cinta que representó a la academia de cine en los Oscar) nos encontramos con uno físico y visible (ateniendo a monstruo como diferente), basándose en la (mitad leyenda, mitad realidad) historia del gigante de Altzo o gigante guipuzcoano, que recorrió Europa exhibiéndose en busca de fortuna. También con otros monstruos invisibles, más ligados a las sensaciones y a los sentimientos, pero tan reales y tan palpables como el gigante.

Tras haber luchado en la primera guerra carlista y pasado tres años buscándose la vida en Bilbao, Martin (Joseba Usabiaga) regresa a su aldea y al caserío familiar, allí se encuentra con su padre (Ramón Aguirre) y su hermano menor Joaquín Miguel (Eneko Sagardoy), afectado de gigantismo y que no para de crecer. Herido en la guerra y con un brazo inútil para trabajar en el caserío, Martín comenzará un viaje, primero por España y luego por Europa, exhibiendo a su hermano, el gigante de casi dos metros y medio.

Con gran delicadeza y sensibilidad, los directores vascos nos van introduciendo en ese universo donde todos los protagonistas tienen sus propios monstruos. Por un lado, el cambio; estamos en una época donde lo social y lo político están mutando. Se produce un choque entre lo local y lo global, la vida en el campo y la vida más moderna y abierta (en ciertas ocasiones) de la ciudad con mayores y nuevas oportunidades. El progreso crea un monstruo que, inexorablemente, arrolla todo lo que se cruza en su camino. Para Martín, los monstruos son su padre y el caserío, imagen de un mundo antiguo que le ata y oprime. Él, ávido de conocer mundo y vivir como un nuevo urbanita, tendrá que luchar contra esa fuerza centrípeta que, por más vueltas que dé, siempre le lleva al centro; el caserío. Por otro, para Joaquín Miguel el monstruo es, precisamente,  sentirse diferente.

Por supuesto, un halo de El hombre elefante (The Elephant Man, 1980) impregna el film, aunque en Handia no hay explotación y tortura; hay infelicidad por saberse una anomalía entre el resto, hay miedo a aceptar los cambios y hay lucha para que estos no se produzcan. Lo que para un personaje es estar encerrado para otro es estar protegido. Todo ello, en un momento histórico, donde se anulan los fueros vascos y se prohibirá el euskera, y deberán obediencia al gobierno (central) de Isabel, provocando todavía mayor confusión en esos hermanos de campo que hablan en euskera porque es lo único que escuchan en el caserío.

Impecable a nivel técnico, posee la virtuosa fotografía de Javier Aguirre, que nos sumerge en ese mundo y esa época de claroscuros, de lucha entre religión y ciencia, entre tradición y progreso. Handia se aleja de cualquier tipo de sensiblería, lo que enfatiza la dureza y la frialdad del momento permitiendo al público asistir a la efectiva y delicada narración de una pequeña gran historia. Rodada en cinco lenguas diferentes, se impone su visionado en versión original, pues así podrá constatarse con solidez el choque cultural al que nos exponen los talentosos Arregi y Garaño.

Lo mejor: no caer en la sensiblería y permanecer fiel a la idea.

Lo peor: posibles prejuicios al encarar un film en euskera.

Por Javier Gadea
@javiergadea74