Hacia el final de la cinta, abrumada por el impacto de unas sospechas convertidas en certezas, Hannah necesita salir de su clase de interpretación para tomar el aire. Después de acompañar a lo largo de todo el metraje todos y cada uno de los movimientos de esta mujer, es en ese preciso instante, mientras baja hacia el andén del metro por unas escaleras infinitas, cuando se hace tremendamente evidente la soledad que la atraviesa. A pesar del notorio aislamiento (siempre sola por la calle, en casa o en el metro), cuando se derrumba y ante la pasividad del resto de personas allí presentes, es cuando se hace visible el muro (fortaleza y celda) que la ha convertido en inaccesible.

Con su segundo largometraje, Andrea Pallaoro aborda la incomunicación a la que voluntaria y forzosamente se ve abocada su protagonista, una magistral Charlotte Rampling. La puesta en escena se basa en una planificación de encuadres con la que reivindicar la desconexión entre Hannah y todo lo demás: fueras de campo, desenfoques o personajes fragmentados dentro del plano. Todo lo que interactúa con ella se mantiene a una distancia formal (visual y visible) que permite entender como ese blindaje interior se ha ido construyendo desde fuera.

La expresividad del rostro de Rampling proporciona toda una gama de emociones que transita la culpa, el dolor, la indignación y el rencor sin tener que mediar una palabra. El mismo método adoptará la realizadora quien, valiéndose de una imponente y elocuente gestualidad interpretativa, dosifica la información que hay detrás de sus motivaciones sin sobreexplicaciones ni grandes confidencias. Y mientras el espectador busca una justificación que le permita empatizar con Hannah, Pallaoro tuerce el relato hacia otros derroteros (¿acaso importa qué ha sucedido?) a la vez que confía en la capacidad intuitiva del público, dejando para su imaginación (o su perversa interpretación) la forma en que quiera resolver el misterio.

Y, si al final de la cinta Hannah se precipitaba a la desesperación, o la desolación, la forma en que se introduce al personaje ya daba buena cuenta de lo que estaba por venir: mientras su rostro ocupaba la mayor parte del cuadro, unos extraños sonidos vocálicos inundaban la pantalla. Deambular por el espacio chocando y evitando el contacto con otros, gritar y  gesticular sin límites, dejándose llevar, son algunos de los excéntricos ejercicios de las clases de teatro que se muestran en la cinta. Hannah aprende a controlar su cuerpo y sus emociones y con ello a representar, lección necesaria para enfrentarse al mundo real independientemente de las circunstancias en las que uno se encuentre.

Lo mejor: La fuerza expresiva de Charlotte Rampling.

Lo peor: Que pueda decaer el interés de quienes sólo busquen resolver los enigmas.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa