Un octogenario patriarca cansado de su propia existencia; una hija mayor divorciada que lidera el negocio familiar; su “incompetente” hijo mayor; el hermano menor médico; su ex mujer enferma en el hospital; su hipnótica y perspicaz hija pequeña; la crisis de los refugiados sobrevolando como contexto; una serie de bizarras imágenes caseras filmadas con móvil; y un conjunto de conversaciones de Facebook subidas de tono. Así de fragmentada se presenta Happy End (2017) la nueva obra de Michael Haneke, abstracto retrato de la decadencia de una familia burguesa de Calais y, en consecuencia, de la familia europea en general, su sociedad y su clase política (que no dejan de ser vasos comunicantes). Entorno diseccionado, como no, a ritmo de cirujano, a partir de característicos planos fijos y largos, y ese maravilloso uso del fuera de campo y de la elipsis.

El término del ombliguismo sería una buena manera de definir el espíritu que atraviesa la película de Haneke, a cada uno de los miembros de la familia Laurent y por supuesto a esa sociedad que observan con distancia. De ello son perfecto exponente secuencias como las cápsulas de móvil con comentarios en vivo (¿hay algo que ejemplifique mejor ese egocentrismo que nuestro uso del teléfono y de las Redes Sociales?) o la extraordinaria escena en que el abuelo de la familia, interpretado por el siempre soberbio Jean-Louis Trintignant, le pide un favor a un grupo de inmigrantes desorientados. Sin olvidarnos tampoco de ese vídeo de un chaval youtuber que irrumpe de golpe en el metraje, donde un adolescente repasa sus peinados de tiempo atrás. La pequeña de la familia Laurent es la que lo está viendo y la que ríe con él (aunque solo un poco porque esto es una película de Haneke). ¿Y que hay de esa magnífica y escalofriante conversación entra nieta y abuelo, con referencia fantasma a Amor (Amour, 2012)?

Cierto es que mientras Happy End pasa ante nuestros ojos, y también cuando se mira atrás pensando en la película, da la sensación de que su intencionada fragmentación en forma de relato descosido y su excesiva frialdad, no llegan a trascender de la misma forma que otras propuestas del director que poseen un tratamiento similar. También es verdad que viéndolo desde esta perspectiva, la de un filme-colección de temáticas recurrentes y grandes escenas hanekianas, el resultado final no deja de ser igualmente notable gracias, en parte, al elevado número de secuencias memorables y la habilidad del cineasta austriaco para construir una obra a partir de la pura banalidad burguesa contrastada con lo verdaderamente trascendente. Con la vida y la muerte.

Dice Haneke que él no puede hacer una película en torno a los inmigrantes porque no conoce su vida a partir de su propia experiencia, pero que lo que sí puede hacer es rodar un filme acerca de nuestra indiferencia ante cualquier sufrimiento. Aquella que permite acomodarse a la familia liderada por Anna Laurent, también magnífica Isabelle Huppert, en unos privilegios y una soberbia que le impide ver más allá de su propia problemática familiar, y en definitiva más allá de su propia ideología. Aunque el punto de vista del cineasta sea discutible y peque también de cierto posicionamiento burgués y de director de ficción (qué aburrido sería el cine si todos los creadores se limitaran a su propia experiencia y estatus social acomodado), Happy End resulta especialmente refrescante en ese sentido y evidencia de forma indirecta como la vieja Europa se hunde en su propia autocomplacencia. Particularmente brillante y significativa resulta la escena final a modo de reverso perturbador entre una muerte deseada y una muerte anunciada con el mar de por medio. Curioso (¿y revelador?) que se trate de Calais y por tanto no sea el mar mediterráneo, en este caso, el protagonista.

Lo mejor: Su constante juego formal y lo bien que complementa la aproximación temática.

Lo peor: Que de la sensación de que el mismo Haneke no quiera ir más allá en su propuesta.

Por Martí Soler Arce