Siempre ha sido curiosa la sensación de presenciar una obra que en ocasiones resulta potente y conmovedora cuando, en cambio, reconocemos que hay elementos completamente fuera de lugar o aspectos que desvirtúan nuestra experiencia con tal estridencia que llegan a obnubilar nuestra opinión. Calibrar estas vicisitudes resulta complicado si consideramos que la imparcialidad en nuestros juicios no debería ser opción ya que éstos perderían todo su valor, como defendía Oscar Wilde. Aún más complejo es, si cabe, cuando nos enfrentamos a un film tan desproporcionado como Las flores de Harrison (Harrison’s Flowers, 2000); una cinta que se erige capaz de hastiar al espectador por su sensiblería injustificada y su problemática de saldo, para después ponerle contra las cuerdas en una visión del belicismo moderno tan sádica y atroz como pocas se han visto, o de alardear de un discurso desfasado e incoherente sobre la inmoralidad de las élites –fotográficas en este caso, pero extrapolable a otros ámbitos- para más tarde regalarnos una bellísima lección de valor sobre el periodismo bélico como pocas otras hayamos visto en celuloide.

Fragmentado en dos grandes capítulos, sumando un apéndice plenamente dispensable, y con la impresión de que cada uno fue rodado con un objetivo diferente por parte de Elie Chouraqui, el relato comienza siendo carne de melodrama de videoclub sin demasiado entusiasmo por la dirección de los actores, la fotografía o el montaje, dedicándose a extender la introducción con un estilo apático que podríamos resumir en: fotógrafo de gran reconocimiento internacional con familia perfecta a la cual quiere dedicarse de lleno dejando los viajes a conflictos bélicos acepta un último trabajo en la Guerra de los Balcanes (aparentemente inofensiva), desaparece y todos le consideran muerto excepto su mujer quien –en un alarde de demencia- decide ir en su busca. Esto último juega en favor del espectador dado que todo lo insustancial del metraje habrá quedado atrás dejando que Andie MacDowell demuestre que no sólo fue una actriz de moda en los 90, sino que su registro dramático es capaz de afrontar misiones en terreno de guerra elevando el trabajo de unos actores como Adrien Brody y Brendan Gleeson que aparecen muy acertados en este road trip entre explosivos antes de sus respectivos despegues actorales; El pianista (The Pianist, 2002) y Escondidos en Brujas (In Bruges, 2008).

El nuevo capítulo nos abre entonces las puertas hacia el abismo terrenal de la guerra, hacia el tormento del hombre enfrentándose a su hermano. Un descenso por los círculos del infierno de Dante, nombrados esta vez como diferentes ciudades yugoslavas, donde no hay buenos ni malos, tan solo animales sangrientos que portan como estandartes el horror y la destrucción. Este nuevo prisma narrativo –radicalmente contrapuesto al anterior- comienza a cuidar la naturaleza de la imagen desmenuzando los planos en detalles captados por la fotografía visceral y realista de Nicola Pecorini (curiosamente, un habitual en los psicóticos mundos de Terry Gilliam), y jugando con un montaje ciertamente desconcertante que consigue manifestarse asfixiante. La derivación formal es tan enérgica que consigue obviar el banal tránsito inicial y hundirnos en la miseria de la crueldad por el resto de la cinta. Al menos casi por completo. Cercanas al final, aparecen ciertas decisiones estilísticas que no habían sido utilizadas hasta el momento y vuelven a sacudir nuestro disfrute: una voz en off invade el excelente sonido por momentos y pasamos a una continuación de actos predecibles que desembocan en un final indefendible devolviéndonos estrepitosamente a la estantería del videoclub donde escogíamos los soporíferos melodramas cargados de moralina. Se cierra así una montaña rusa -o más bien yugoslava- donde el recorrido acaba mereciendo la pena por un fragmento donde la narración recordó sus pretensiones y quiso ser fiel a una narración realista, a pesar de acercarse al sensacionalismo, pero sin concesiones, ni medias tintas.

A partir del 10 de septiembre en Filmin.

Por Carlos Durango