Arnold Schwarzenegger, ese actor de los mil nombres por culpa de que nadie sabrá nunca cómo se pronuncia adecuadamente su apellido, ha crecido. De hecho, ha crecido, ha sido gobernador y ha envejecido. Mucho. Tanto, que ya parece no tener nada que ver con el personaje action-man de Conan (1984) o Comando (Commando, 1985) el cual le dio su fama de tipo duro que tan bien ha sabido explotar hasta después de los 60 años en películas como las de la exitosa saga de Los mercenarios (The Expendables, 2010-2012-2014). El viejo Arnie -para los amigos- intenta ahora dejar de lucir músculo ante la cámara y comenzar a lucir arrugas tomándose muy enserio la máxima de “adáptate o muere. Para ello, aunque no deje escapar alguna película de acción, hace unos años comenzó a coquetear con el drama apocalíptico en Maggie (2015), y busca ahora lanzar una nueva carrera con Una historia de venganza (Aftermath, 2017).

Basada en hechos reales, la película intenta recrear algunas de las dramáticas consecuencias que tuvo un accidente aéreo ocurrido en 2002 en el que fallecieron 71 personas y cuyas responsabilidades quedaron diluidas en una burbuja informativa amasada por las propias compañías afectadas. Una historia en la que vemos enfrentados por igual al poder empresarial contra el pequeño trabajador americano, además de la moral de un hombre corriente -responsable directo del destino de esas vidas perdidas- contra su flagelación mediática y moral. Un buen planteamiento podría hablarnos de la escasa ética del que tiene los bolsillos llenos, la culpabilidad del responsable directo de los hechos o la frustración de un padre al que le han arrebatado su vida, dispuesto a todo lo que sea necesario por alcanzar su merecida venganza, pero por desgracia lo único que encontramos son intenciones vacías.

Su director, Elliott Lester, es incapaz de ofrecer mucho más que una promesa inicial de cine personal y responsable nunca satisfecha. Los minutos pasan lentamente ante el espectador y el desconcierto es cada vez mayor; las emociones afloran esporádicamente en las caras de los protagonistas, pero la dirección no logra más que mostrar pretensiones de transcendencia sin garra y flaquezas absolutas en la forma y el contenido. Ni tan siquiera el guion de Javier Gullón resulta un resorte en el que aferrarse en última estancia, pues parece querer utilizar un trama espaciada en la que los saltos temporales formen la dialéctica necesaria entre los diferentes actos de la película, pero se olvida de que no siempre se puede jugar con el espectador como en Enemy (2013), ni tampoco todos los directores tienen el ingenio de Denis Villeneuve.

Taciturna y apagada, la película llega a un final indiferente, sin interés y descuidado. El esfuerzo de Arnold y Scoot McNairy (encargado de encarnar al controlador aéreo) por evitar la colisión de todo el equipo es completamente insuficiente cuando el director deja puesto el piloto automático de un vuelo monótono y aburrido, olvidando que los trayectos en avión que incluyen turbulentos despegues o aterrizajes con algún bache son, al fin y al cabo, los más emocionantes, asegurando quedarse guardados en la memoria. En esta ocasión, no hay mucho que recordar de este interminable vuelo a baja altura.

Lo mejor: olvidar quién es el actor protagonista -y de dónde viene- durante algunos momentos de lucidez. ¿Te veremos en más dramas, Arnie?

Lo peor: su metraje resulta interminable, a pesar de durar 90 minutos.

Por Carlos Durango