La película sueca del año viene disfrazada como tragicomedia conmovedora capaz de hacer saltar las lágrimas por emociones tan dispares como equilibradas. Su drama aparece como un elemento que oscurece la comedia, a la vez que ésta limita la gravedad emocional de los hechos que se relatan, generando así un balance que pocas producciones consiguen sostener sin derrumbarse, en este caso, ante la agonizante desdicha de su protagonista. Tanto es así que, gracias a su filosofía enmascarada con la fachada más amable del cine, Un hombre llamado Ove (En man som heter Ove, 2015) se ha convertido en toda una delicia disfrutada en los mejores festivales de cine europeos, obteniendo el galardón a Mejor Comedia Europea otorgado por la European Film Academy, llegando incluso a saltar el charco para ser nominada a dos premios Oscar como mejor película de habla no inglesa y mejor maquillaje.

Su protagonista, Ove (Rolf Lassgård), es un hombre solitario, cascarrabias y gruñón; un vecino odioso que no soporta una hoja en el suelo ni un cartel torcido; que buscará por los rincones aquello que se salga de la norma o no esté de acuerdo a su criterio como excusa para aleccionar a quien ose a cruzar la mirada con él. Aunque gracioso, no deja de ser repelente y antipático. Pero, ¿alguien se ha preguntado por qué? En este caso, pronto descubrimos que su leitmotiv yace enterrado en el cementerio local junto a su esposa Sonja (Ida Engvoll), que nunca se ha preocupado por establecer un vínculo amistoso y que además acaba de ser despedido de su trabajo. Abandonado a su suerte en plena crisis existencialista, la náusea sastriana inunda su ser y él decide optar por intentar acompañar a su amada bajo tierra lo antes posible, después de todo –y citando sus propias palabras-; “hagamos lo que hagamos en la vida, nadie sale con vida de ella”.

Entre un catálogo bastante sorprendente de suicidios fallidos, el film poco a poco nos demuestra lo fácil que resulta establecer un primer juicio peyorativo sin conocer a las personas, cuando en verdad quizá sea más sencillo alejarse de suposiciones o prejuicios erróneos y humanizar los entornos. Para ello, Dannes Holm y su equipo se encargan de fundir el pasado y presente de Ove mediante flashbacks –evocados de una manera excepcional- para conseguir un personaje férreo y complejo que evolucionará gracias a sus hilarantes suicidios frustrados, y a unos nuevos vecinos que –por suerte- no le dejarán morir en paz, lo que se convierte en una feliz paradoja.

La efectividad de su resultado final radica además en el propio reparto, y no únicamente en el guion adaptado de la novela homónima escrita por Fredrik Backman. Para interpretar a Ove,  Rolf Lassgård consigue conocer bien al personaje y hacerlo propio, un trabajo ayudado por el equipo de maquillaje, responsables de su camaleónica transformación. A su vez, Bahar Pars se convierte en el otro gran pilar de película al interpretar a Parvaneh, inmigrante iraní y madre de la molesta familia que decide mudarse enfrente, con grandes convicciones y mejores valores, culpable además de cambiar el destino de Ove logrando que encuentre nuevos propósitos por los que creer que su vida aún merece ser vivida, después de todo “nadie puede arreglárselas solo”.

© Film i Väst / Nordisk Film / Nordsvensk Filmunderhallning / Sveriges Television (SVT) / Tre Vänner Produktion AB

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Lo que en un principio pueda parecer una comedia ligera con algo de humor negro resulta, en definitiva, una maravillosa manifestación de cine con sentido, sentimiento y técnica, en la que los personajes entrelazan sus vínculos para crecer conjuntamente, a la vez que los escenarios varían para –aunque de manera superflua- abordar también temas como la inmigración, la homofobia o la discapacidad, además de un claro dilema entre rendición y lucha; vida o muerte. La sensación final es reconfortante y las alabanzas internacionales quedan más que justificadas; una película sorprendente por sus contrastes de tono, a la vez que gratificante por su narrativa y forma.

Lo mejor: su inesperada aparición en el panorama internacional.

Lo peor: lo empalagoso que resultan algunos de sus flashbacks.

Por Carlos Durango