La incursión de Gerard Johnson en las cuevas del crimen subterráneo, ese que se gesta en locales de striptease y prostitución entre rallas de cocaína, ha resultado algo menos sugerente que su anterior film, Tony, más sutil y, quizá, más personal. Esto no coloca a Hiena: El infierno del crimen en peor lugar, pero sí en uno diferente, ubicación que hace que la película resulte más fría y apática, aspectos que, por otra parte, puede que más de un espectador agradezca dado el argumento.

Lo que siempre resulta estimulante es poder ver como los delincuentes más peligrosos son aquellos que nadan entre dos aguas, los de la pistola y la placa, los que defienden el bien seducidos a la vez por el lado oscuro, ese tan de moda estos días. Esto ocurre con Michael Logan, cuya unidad de policías hace y deshace, desmantela y destruye para sacar tajada, esa que les permite vivir al límite, echando la moral y la ética al mismo cubo de basura en el que han optado por depositar sus vidas.

El problema de Hiena es que no tiene nada nuevo que ofrecer, al menos en su primer vistazo. Evidentes son las referencias a películas como Pusher (Nicolas Winding Refn, 1996), a la que nos recuerda su textura, el movimiento nervioso de la cámara o los baños de color en las secuencias en los locales de alterne. Por otro lado, la descripción del policía con cierto poder, echado a perder por la dinámica autodestructiva de su propia y peligrosa inercia, también podría reconocerse en personajes como el interpretado por Harvey Keitel en Teniente Corrupto (Abel Ferrara, 1992), Denzel Washington en Training day (Antoine Fuqua, 2001) o, por qué no, José Coronado en No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011).

Todas estas obviedades convierten a Hiena en una película un tanto vulgar y, por tanto, sin excesivo valor como trabajo dentro del género policíaco. Sin embargo, sus buenas intenciones, un par de potentes y efectivas escenas, su atrevimiento y su provocación, su opresiva atmósfera y la interpretación de Peter Ferdinando, por la que el actor británico ganó el premio Métronews, salvan la película de Johnson y la libran de caer en el olvido, las tinieblas del cine.

Lo mejor: Peter Ferdinando y su particular tour de force.

Lo mejor: la poca aportación al subgénero.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum