Convivir con ese monstruo interior y feroz como es la depresión, puede llevar al hombre a los extremos más oscuros de la condición humana. Cuando el suicidio y la muerte son las salidas más plausibles, cuando lo difícil es levantarse cada mañana, cualquier atisbo de luz en el pozo de la incomprensión es acogido como una solución duradera y final. El escritor Stefan Zweig, devastado por las atrocidades nazis, y ante el miedo irreversible de convivir en la Tierra con aquel ejercito de las tinieblas, prefirió acostarse con su mujer en la cama para no volver a despertar. “Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí“.

En esa espacio tenebroso se encuentra Abe Lucas, el protagonista de la cita anual de Woody Allen con el cine. Un profesor de filosofía, exitoso, cosmopolita y brillante, que no encuentra ni su lugar ni su función en el mundo. Tratando de buscar un espacio en el que le llegue la paz, pasa los días alcoholizado y preguntándose las probabilidades que tiene de que su vida cambie a mejor, cualquiera que sea el camino. En su nueva Universidad conoce a una joven talentosa (Emma Stone), con la que pronto comenzará un romance, y descubrirá que jugar a ser Dios es la única salida coherente a su estado de ánimo.

Allen vuelve a la arena estadounidense, aun lejos de las calles de Nueva York, para volver a tocar muchas de sus obsesiones más recurrentes: la soledad, el vouyerismo, el crimen, el castigo o la suerte, son algunos de los planos metafísicos que la pareja protagonista sostiene con brillantez. De nuevo como ya hiciera en Delitos y faltas incide en la moralidad del crimen si este no es descubierto, el reverso de la suerte que siempre esconde un rincón oscuro en el lanzamiento de una moneda al aire, o una alianza al Támesis. La responsabilidad individual, o la justificación de actos atroces como quitarse o arrebatar a otro la vida como único prozac posible.

Si bien no es ni de lejos una de sus mejores obras, Woody es Woody, y salvo por las prisas en resolver la trama, o el poco tacto con el que trata el devenir de otros personajes (una lástima que no sepamos más del destino de la profesora de química interpretada por Parker Posey), de nuevo deja una película entretenida y rodada con el pulso de un veterano acostumbrado a hacer de pequeños guiones, buenas películas.

Lo mejor: Joaquin Phoenix en absoluto, y las deliciosas miradas de amor y admiración sincera de Emma Stone.

Lo peor: echamos de menos los frenéticos y chispeantes diálogos de nuestro neoyorquino preferido, desaparecidos de su filmografía desde Si la cosa funciona.

Por J.M.C.
@Jatovader