¿Qué significa para el séptimo arte la expresión “basado en hechos reales? ¿Queremos ver realidades o medias verdades? ¿Cómo queremos que nos lo cuenten?

Si hay un cineasta que maneja estos términos, consciente de su ambigüedad y con una habilidad pasmosa para revolucionar el biopic, ese es Pablo Larraín. El director, nacido en Santiago de Chile hace 40 años, no deja de sorprender con su manera distinta y sugerente de hacer cine. Como queriendo acentuar la separación entre la realidad del espectador y la proyección, Larraín baña las imágenes de sus películas con una neblina que puede resultar desconcertante al principio, pero que se antoja necesaria al final, justo cuando uno repara en que lo que está viendo perturba tanto como esa decisión estilística. Y es que el cine del chileno juega con las susceptibilidades, tornándose trascendente, impactante, supurando personalidad y abriendo nuevos e interesantes caminos.

Habiéndose metido a la crítica en el bolsillo con trabajos tan destacados como El club (2015) o Neruda (2016), Larraín confirma su fenomenal estado de forma y un ritmo frenético de rodaje durante 2016 con Jackie (2016), un retrato atípico, respetuoso y por momentos conmovedor, de la primera dama de Estados Unidos durante el mandato de John Fitzgerald Kennedy. Con los días previos y posteriores al asesinato del presidente como eje de la narración, la cámara de Larraín se acerca, en ocasiones de manera claustrofóbica, a la enigmática figura de Jacqueline Kennedy que aquí interpreta, de manera magistral, una excelsa Natalie Portman. Es muy posible que la actriz norteamericana, que ya posee un Oscar por su trabajo en Cisne Negro (Black Swan, 2008), vea como se escapa su segunda estatuilla en favor de Emma Stone, la gran favorita para llevarse el gato al agua este año. Sea como fuere, y más allá de reconocimientos más o menos imparciales, Jackie saca lo mejor de todo su reparto (Greta Gerwig, Peter Sarsgaard o el propio John Hurt) gracias a la contención de las interpretaciones y al equilibrio que otorga el guión de Noah Oppenheim, un texto elocuente rodado con un reconocible sello autoral. En este sentido, el libreto hace hincapié en las diferentes conversaciones de Jackie con algunas figuras importantes de su entorno en las que, de manera sincera y con el magnetismo del primer plano, se deducen los miedos de una mujer tan influyente como herida por el abandono repentino de una figura referencial.

Al hipnótico y sugerente ritmo de la música compuesta por Mica Levi (interesantísimo su trabajo para Under the Skin), el film camina a través de los pasillos de la Casa Blanca como metáfora del intrincado laberinto de sensaciones que expresa, de una u otra manera (atención al sobrecogedor primer plano de Portman limpiándose la cara de sangre), el complejo personaje de Jackie Kennedy. Mezcla de impotencia, rabia, temor o soledad, el carácter de la primera dama se ve expuesto al calor de un fuego encendido a raíz de la ejecución del mandatario norteamericano, su esposo, y son todos los matices que transforman la vida y ponen a prueba la resistencia y la personalidad de Jackie lo que la película nos describe a través de la entrevista de esta con el periodista de la revista LIFE Theodore White. Es en este punto donde hace presencia la disyuntiva planteada en las primeras líneas de esta crítica porque, a tenor de la actitud de Jackie y de su férreo control del encuentro con el periodista, todo pareció apuntar a la construcción, totalmente consciente, de un mito basado en el idealismo y el dolor por la pérdida.

Es, por tanto, esta idea principal la que Larraín refleja con peculiar exactitud, contando, lo que podrían ser medias verdades, de la única manera que podría diferenciarse y trascender. Más allá del “basado en hechos reales” estandarizado hasta la saciedad por Hollywood (véase Figuras Ocultas en contraposición con Loving este año, por ejemplo) el director chileno se esfuerza en provocar una sensación que marque diferencias y, sobre todo, una distancia considerable con esa plantilla del cine biográfico norteamericano más mainstream que, a pesar de seguir funcionando dentro del contexto al que pertenece, resulta manida y tan recurrente como poco estimulante. En Jackie, un acercamiento sutil a la misteriosa figura de la esposa de JFK, Larraín vuelve a marcarse un ejercicio de estilo que, no sólo lo mantiene en una posición de fuerza dentro del panorama internacional, sino que demuestra la necesidad de renovar el género y tratar de rodar películas de estructuras diferentes para enseñar las radiografías de los personajes relevantes de nuestra Historia.

Lo mejor: la ejecución del retrato de la primera dama, puro Larraín.

Lo peor: que tenga que ser un director de fuera el que muestre las diferentes alternativas del género a la industria hollywoodiense.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum