Esta es una historia de vidas miserables. Vidas marcadas por el dolor, la pobreza, la violencia; vidas que se convierten en jaulas de las que parece imposible escapar. Destinos marcados a fuego contra los que aparentemente no se puede luchar.

Concha (Estefanía de los Santos) y su hija Adela (Marta Gavilán) sobreviven en una humilde barriada junto a Canario (Antonio Estrada), su esposo y padre, respectivamente. Canario, es un hombre violento y despiadado al que un día deciden abandonar, dispuestas a encontrar un futuro mejor o, al menos, menos desgraciado y peligroso.

La temática del maltrato social es una pieza clave dentro del cine social; trabajos como Solo mía (2001), Te doy mis ojos (2003) La teta asustada (2009) o, más recientemente, Las elegidas (2015), han transitado por los lugares desgraciadamente comunes de esta lacra. Sin embargo, si algo se diferencia y destaca en Jaulas (2018), es su toque original y genuino, sobre todo durante la primera parte de la cinta, que acaba con un sorprendente y potente giro de guion. Este tramo, que se desarrolla en la barriada donde viven los protagonistas, posee un magnetismo innegable por la extraña belleza de sus imágenes. Además, las localizaciones y el uso de la luz y el color, le dan un matiz de cuento que permite momentos de comicidad, tarea nada fácil teniendo en cuenta la gravedad del argumento. A crear esa peculiar atmósfera ayudan unos personajes arquetípicos: enseguida se puede reconocer al villano, al príncipe azul o a la desvalida “princesita” a la que hay que rescatar.

Desgraciadamente, la segunda parte del largometraje pierde totalmente esta esencia tragicómica. El film nos ubica en un entorno urbano, mucho más familiar para el espectador. Y la historia, aunque nunca pierde su dureza, se recrudece ostensiblemente. Se repiten las tragedias, produciendo sensación de desasosiego y rechazo ante un regodeo un tanto efectista en la tristeza y el drama. Casi la totalidad de personajes (notablemente interpretados en su mayoría), parecen abocados sin remedio a la miseria y la desgracia más absolutas en todos los ámbitos de sus vidas. Con este panorama, es de agradecer la plausible intervención de Antonio Dechent como Fermín, que vuelve a aportar algo de comicidad y un cierto grado de ternura.

Pero ¿tiene justificación este cúmulo de infortunios para saborear de forma más dulce el final o, quizá, para todo lo contrario: hacernos creer que hay destinos imposibles de evitar, por más que se intente luchar contra ellos? En este caso, todo depende de la perspectiva personal que cada uno tenga de la vida y, por supuesto, cómo se ha portado ésta con quien se lo cuestiona. Al césar lo que es del césar: el director consigue hacernos reflexionar. De esta forma, la ópera prima de Nicolás Pacheco, que fue presentada en la Seminci de Valladolid, resulta una apuesta original y manifiestamente trabajada. A pesar de esos algo machacones excesos dramáticos, es indudable que la película intenta ofrecer una mirada distinta sobre un tema tantas veces narrado por el cine, por lo que consigue que su peculiar sensibilidad y varios gestos tiernos y cómicos, se agradezcan enormemente.

Lo mejor: La extraña belleza de algunas de sus escenas.

Lo peor: Podría darse cierta sensación de repetitividad con las situaciones trágicas.

Por Adriana Diaz