Clausurada la última edición del Festival de Cannes, Ken Loach recibía su segunda Palma de oro. Yo, Daniel Blake, último trabajo del director, confirma la lucidez de este hombre que a sus 79 años, mantiene la coherencia de un discurso cinematográfico que, lejos de agotarse, se hace firme y sólido con el paso de los años. No hay sermones ni paternalismo en su obra. Lejos de convencer, su cine le sirve para entablar un diálogo con un espectador que no puede quedar indiferente. No hay truco, pero sí mucho entendimiento de la condición humana: narrativas colectivas de inevitable identificación.

Ken Loach lleva toda su vida contando historias. Esta afirmación, algo obvia a priori, es necesaria cuando se trata de un director tachado de propagandista, héroe o político. Ken Loach es cineasta y cuenta historias, historias incómodas, sucias, injustas, reprochables, vergonzosas, esas que son mejor barrer bajo la alfombra. Y al hacerlo se posiciona con un claro objetivo: denunciar las injusticias sociales y sus consecuencias directas sobre las personas más desvalidas, víctimas directas de las políticas públicas.

Loach comenzó su carrera en la televisión con una serie de programas documentales, en los años 60, que denunciaba las injusticias de la clase obrera británica. Una década antes aparece el Free Cinema, movimiento cinematográfico de estética realista, similar al documental. Este cine socialmente comprometido (también llamado Realismo Social Británico), influye de manera decisiva en la carrera de este director, una carrera marcada por el panorama político de su país, así como de su contexto histórico. No hay artificio ni teatralidad, la cámara se asoma por las ventanas que dan al mundo de lo real, dando protagonismo a las personas, afectados y responsables de cualquier acto que cuenta. Las historias de Loach están plagadas de acontecimientos (históricos, legales, revolucionarios, inventados) que son la excusa para encarar al público con la realidad de sus personajes y las consecuencias que dichos actos tienen en ellos.

DESVERTEBRANDO HISTORIAS

El viento que agitaba la cebada (2006)

Ken Loach recibió su primera Palma de Oro en 2006 con El viento que agitaba la cebada (The Wind that Shakes the Barley). La película se sitúa en Irlanda, en 1920, para contarnos la historia (una de tantas) de aquellos que luchaban contra las tropas británicas presentes en la región. Loach explora las actividades de este grupo que combate por una libertad que termina diluida en un mar de dilemas morales. Con planos cortos y rápidos movimientos de cámara, en su mayoría barridos, disecciona las escenas y convierte al espectador en testigo de ese otro lado de la historia.

El guion de Paul Laverty (colaborador habitual del cine de Loach) transita la memoria histórica y colectiva a partir de las vivencias de su protagonista, un hombre cuya revolución se centrará más en la desilusión que en la independencia. El maniqueo nada tiene que ver con el bando escogido, tan solo con la coherencia en las elecciones libres, valientes y condenables.

“Fue difícil formular palabras tristes palabras para romper los vínculos que nos unían. Pero más difícil era soportar la vergüenza de las cadenas extranjeras rodeándonos.”

Tierra y libertad (1995)

Viejas fotos, recortes de periódico y cartas agotadas por el paso del tiempo son los pequeños  retazos de la historia de un hombre que acaba de fallecer. Así comienza Tierra y Libertad (Land and Freedom), buceando en los recuerdos que componen este relato. Inspirado en la novela biográfica de George Orwell, Homenaje a Cataluña, la película revive la historia de un miembro del partido comunista de Gran Bretaña que viaja a España para apoyar al bando republicano en la Guerra Civil.

La cámara se sitúa al lado de los combatientes, se convierte en camarada y en soldado del pueblo, convive con sus propios horrores y se pasea entre los cuerpos que pelean. El conflicto no se aísla del contexto, sino que se reviste de una mirada que lo humaniza. Esta vocación realista remite directamente a Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945) cuando una indignada aldeana corre y grita en la calle en medio de la batalla, al igual que Anna Magnani en el film de Rossellini. En este contexto de lo real, un pueblo clama, llora, se estremece. Lo colectivo se convierte en un valor tan importante para la lucha como para la propia película ya que Loach emplea a personas del lugar para participar en escenas claves del film (interviniendo en la asamblea ciudadana sobre la colectividad de la tierra).

Riff- Raff (1990)

Don DeLillo escribía en su Cosmópolis sobre las ratas, esos seres urbanos que viven merodeando por la ciudad, movidos por el sistema capitalista y que sobreviven sucia y mezquinamente. En 1990, Ken Loach abre su largometraje Riff-Raff con la imagen de unas ratas que se mueven entre escombros y papeles para pasar a la imagen de un edificio en construcción, lugar de trabajo del protagonista. Dos planos le bastan a este cineasta para poner al público en situación: estamos en los bajos fondos de la sociedad, donde solo se puede vivir como ratas.

Puesto el foco en ese lado marginal, comienzan a salir los problemas que allí cohabitan: drogas, pobreza, explotación laboral, en definitiva, todo aquello predestinado a quien viven en los estratos sociales más bajos. Condenados por la limitación de oportunidades, los personajes de las historias de Loach representan toda una variabilidad de comportamientos que oscilan entre la corrección ética hasta la debilidad moral. En su cinta En un mundo libre, (It’s a Free World, 2007), la disyuntiva se encontrará en el ámbito laboral, ahondando en las condiciones de contratación, su legislación y las limitaciones que conlleva.  En ambos films del director, el empleo no es lo que dignifica a las personas, tan solo un sustento de vida. Será la entereza y la fidelidad a los principios los que aporten dignidad a las personas que pueblan sus historias.

Felices dieciséis (2002)

Premiada en Cannes a mejor guion, Felices dieciséis (Sweet Sixteen) retrata la vida de Liam, uno de esos jóvenes fruto de un sistema que no contempla los factores de compensación como medida de atención (y prevención) social. El film avanza y la historia de Liam se vuelve más esclarecedora: una madre con problemas de adicción y en la cárcel, una infancia de idas y venidas a los centros de menores y un abandono completo de su educación.

La cámara sigue continuamente a este joven en un momento de inflexión de su vida, cuando se le presenta la oportunidad de cambiar sus circunstancias. Un joven sin miedo porque nada tiene que perder. La dureza del relato reside en la posición vital de este adolescente cuyo único atisbo de esperanza deriva de la posibilidad de salvar a su madre. Loach no muestra cuatrocientos golpes, tan solo necesita uno para devastar la ilusión y condenar el futuro de quien tan solo empezaba a vivir.

Buscando a Eric (2009)

En 2009, Ken Loach recibía el Premio del Jurado Ecuménico en Cannes por su cinta Buscando a Eric (Looking for Eric), la historia de un hombre desilusionado, avasallado por las circunstancias que le rodean, que no es capaz de enfrentarse a su pasado. Eric (Steve Evets), este hombre deprimido, entabla un diálogo con su ídolo Eric Cantona (interpretado por sí mismo), quien hace las veces de conciencia personificada. La decepción es una constante en el cine de este británico, como muestra en Mi nombre es Joe (My name is Joe, 1998), con los intentos desesperados de un exalcohólico por encontrar ese algo que diera sentido a su vida.  Ya en este film del 98 planteaba la pregunta que hay detrás de Buscando a Eric ¿cómo recuperas las ganas de vivir?

Loach aborda esta pregunta con humor y, por primera vez, introduciendo elementos imaginarios en una narración realista. Esta capacidad imaginativa le sirve al protagonista para enfrentarse con la realidad y salir de su aislamiento, y he aquí la clave de este film introspectivo: la fortaleza reside en los vínculos que establecemos con los otros. La idea de comunidad está presente a lo largo de la filmografía de este director que no quiere más que apelar por la sociedad de los cuidados porque, en definitiva, ningún hombre es una isla.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa