La creciente ola de racismo que asoló Los Ángeles en 1992 tuvo su detonante en la absolución de varios policías blancos que apalearon al taxista Rodney King, un incidente que dejó la ciudad sumida en el caos y la violencia. Con ese proceso judicial de fondo, Kings (2018), el segundo largometraje de Deniz Gamze Ergüven, se sitúa en los días previos a los disturbios, cuando los alegatos absurdos se filtraban en la vida cotidiana de quienes observaban el juicio en televisión, para contar la historia de Millie (Halle Berry), una madre soltera con más conciencia que espacio en casa (lo que supone un problema en su costumbre de acoger a todo adolescente en dificultades con el que se topa).

Al igual que en su anterior largometraje, Mustang (2015), el espacio doméstico le sirve a la realizadora para dar cuenta de las relaciones entre sus personajes: se desvelan los vínculos afectivos al sumergirse en su intimidad, esta vez para mostrar la situación de una familia afroamericana de clase baja. El apartamento se convierte en un retrato que abarca desde la más temprana infancia hasta la edad adulta. Son muchas las similitudes con su anterior cinta: de nuevo una familia numerosa (debido al gran número de hijos), las muestras de cariño a través de un contacto físico colectivo (abrazos grupales, piernas y brazos que se enredan) y un espacio exterior que se intuye (y se observa) amenazador, convirtiendo el hogar en un refugio.

Pero Gamze Ergüven no ha querido seguir por el mismo camino, sino que ha empleado distintos mecanismos para tomar distancia de Mustang, y lo ha conseguido. Sin sutileza, llegando incluso a la asfixia, las imágenes de Kings se convierten en una reiteración constante y forzada de un elemento con que hacer visible la indignación y la ira que va creciendo en sus personajes. La necesidad de mostrar la palpitación de una ciudad a punto de arder se condensa en ese plano redundante que se superpone sobre imágenes aéreas de Los Ángeles. Insistente y torpe, el recurso termina por sobrecargar la narración y manipular a un espectador en cuya capacidad de entendimiento no parece confiar nada la cineasta.

De igual forma, la manera en que pone en imágenes el deseo sexual de Millie revela su incapacidad para visibilizar las emociones: todo el despliegue formal, impostado e innecesario, resulta visualmente incomprensible para la trama. ¿Aislar a los personajes en el tiempo y el espacio? ¿Por qué querría escapar de su realidad esa mujer fuerte y comprometida? Todo un atentado contra la entereza de la protagonista, hasta entonces una propuesta de irreprochable conducta social.

Y en medio de este drama racial, Daniel Craig, el único vecino blanco del barrio y cuyo carisma se apodera de la pantalla con cada improperio (o mueble) que arroja. Sin pasado conocido ni presente explicado, su presencia parece querer solventar un problema de guion que quiere señalar o bien que no todos los blancos son racistas, o que en medio de este caos también ellos se ven afectados por las circunstancias. Sea cual fuere la intención de colocar en la historia a tan excéntrico vecino, es de agradecer una aparición en pantalla que otorga los momentos más hilarantes y desenfadados dentro de una cinta que no ha sabido captar el espíritu de tantas otras películas que siguen denunciando este drama social y luchando por reivindicar el derecho de toda una comunidad.

Lo mejor: Daniel Craig arrojando cosas por la ventana.

Lo peor: Ir al cine con Mustang en la cabeza.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa