En la última película del veterano Spike Lee existen varios frentes en los que el realizador batalla con estrategias distintas. Esta maniobra coral de géneros sitúa su trabajo en una posición relativamente privilegiada, pues la última etapa de su filmografía es lo suficientemente irregular como para que un producto imperfecto como Infiltrado en el KKKlan (BlacKkKlansman, 2018) destaque sin excesivas florituras. No hay duda de que esta comedia negra ha puesto a Lee de nuevo en el candelero, siendo el pasado Festival de Cannes el evento donde el Gran Premio del Jurado lanzó definitivamente al film, un largometraje con algunas dosis de autoría y, también, de aditivos para el público más proclive a disfrutar lo mainstream.

Desequilibrada y algo maniquea, Infiltrado en el KKKlan tiene, sin embargo, virtudes que no conviene olvidar. Existe una predisposición manifiesta en su narrativa por caricaturizar las infames figuras que representan al bando racista en detrimento de una exposición más realista -que, en este caso, quizá hubiese sido menos efectiva- de los rasgos y comportamientos de aquellos que conformaron (y lo siguen haciendo) un grupúsculo tan absurdo como numeroso llamado “La organización”, lo que en realidad se ha conocido siempre como Ku Klux Klan (KKK). Lee juega conscientemente con la dualidad rigor-parodia que da como resultado un divertido juego de lección de historia norteamericana y, a su vez, de crítica feroz al sistema -de ayer y de hoy- con el humor como principal arma arrojadiza.

Como en ese campo de tiro donde hacen gala de su puntería los personajes más siniestros de la película, el director pone en práctica sus mecanismos narrativos en una obra de tonos diferentes que, a priori, no parece fácil de engranar. Tanto es así que, llegados a un punto donde el film ha resultado una suerte de thriller con biografía incluida, divertido y funcional, a Lee le da por recordarnos a todos que el odio de antaño sigue muy presente en la sociedad norteamericana de hoy en día. Para ello, y en lo que podría etiquetarse como la decisión más perjudicial de la película, deja de lado la sutileza de sus insinuaciones anteriores (America First), para hacer un impertinente ejercicio de diatriba panfletaria.

Mal, habrán pensado muchos; la guinda de un apetecible pastel, dirán otros. Lo que está claro es que, a pesar de ese descarado -incluso naif- subrayado final, Spike Lee ha dado a luz una película con personalidad y varios momentos de lucidez. Si bien es cierto que parece lejos de la irresistible provocación en cada fotograma de Haz lo que debas (Do the Right Thing, 1989), la crudeza y la gravedad de Malcolm X (1992) o la atmósfera dramática de La última noche (25th Hour, 2002), no sería justo minusvalorar esta nueva incursión en los conflictos raciales del director de Atlanta, que en la historia real de Ron Stallworth ha encontrado un lugar hasta para homenajear al movimiento -cinematográfico- Blaxploitation y a su principal abanderada, la inolvidable y carismática Pam Grier.

Lo mejor: Juega con habilidad entre el rigor y la caricatura histórica.

Lo peor: Sus ademanes propagandísticos.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum