Un niño monta en bicicleta mientras su madre le ordena que vaya a ayudarla; una niña corre detrás de su abuela para hacerla volver a casa, a lo que la anciana le dice dulcemente: “quiero morir en casa, así que vuelvo a Shikoku”. Así comienza la carrera cinematográfica de Hirokazu Koreeda, uno de los cineastas japoneses actuales más reconocidos internacionalmente (probablemente el más después de Takeshi Kitano y Hayao Miyazaki) pero que, a pesar de todo, sigue siendo tan desconocido.

Lo narrado anteriormente es la primera secuencia de Maborosi (1995), pieza con la que el realizador japonés daba el salto al cine de ficción tras haberse adiestrado como ayudante de dirección en algunas producciones televisivas, y después de haber explorando el lenguaje del documental en trabajos como However… (1991), Lessons from a Calf (1991) o August without him (1994), los cuales empiezan a delinear levemente las tendencias tanto formales como temáticas que bañarán la obra del director nipón. Lo absolutamente fascinante de esa breve secuencia es que en ella podemos encontrar una síntesis perfectamente condensada y aproximada de los temas que tratará el cine de Koreeda en adelante: las relaciones y conflictos existentes entre las distintas generaciones, la mirada de los niños en un mundo gobernado por adultos, la mirada de los adultos en un mundo cuyo futuro son los niños, la eterna búsqueda de la felicidad pasada, la perennidad en nuestra memoria del lugar que nos vio crecer y la fuerza –tan inexplicable como incontrolable– que trata de llevarnos de vuelta a ella, la fugacidad del tiempo, la muerte y la asunción de la misma, los recuerdos, el hogar y la familia; todo esto desde el más grácil costumbrismo con el que nos obsequia una mirada cercana, sencilla y humana que, aun trasladándonos siempre a su patria y presentándonos personajes ficticios, consigue traspasar lo local y lo específico de cada propuesta para convertirse en universal e intrínseco a nuestra naturaleza. Es esta capacidad de trascender a través del minimalismo y de lo cotidiano lo que le ha llevado a ser considerado, justamente, como el más importante baluarte en la actualidad de la línea cinematográfica marcada por los maestros Kenji Mizoguchi, Yasujiro Ozu y Mikio Naruse.

El director Yasujiro Ozu, uno de los grandes maestros del cine japonés

El director Yasujiro Ozu, uno de los grandes maestros del cine japonés

Maborosi (1995)

Yumiko (Makiko Esumi) trata de rehacer su vida tras la repentina muerte de su marido, que la deja con la duda –que la perseguirá ya para siempre– de si realmente fue un accidente o un suicidio. Pero el pasado es demasiado poderoso…

Toda ópera prima es interesante siempre que se considere en el contexto de la obra completa del artista en cuestión. En este caso, Koreeda plantea cuestiones y temáticas que se han convertido en los cimientos de su cine y que siguen vigentes en su última película, Después de la tormenta (2016), estrenada la pasada semana. Una seña de identidad que tiene su germen en este trabajo es la reminiscencia por medio de objetos materiales: acabará siendo norma en su cine el concebir la comida y las delicias gastronómicas como vehículos de evocación de sensaciones y recuerdos, como hiciera Marcel Proust con su famosa magdalena en En busca del tiempo perdido. Sin embargo, en cuanto al origen de dicha técnica, es interesante observar que en este film el ente evocador no volverá a ser usado como tal en ninguna otra pieza de la filmografía del director: una bicicleta. El objeto en sí o simplemente el sonido del pedaleo o el del timbre del manillar son suficientes para hacer a la protagonista recordar la primera vez que vio a su difunto marido, el momento en el que le conoció o las vueltas a casa que hacían juntos montados en dicho vehículo. Otra característica que diferencia a esta cinta de las demás es la presencia tan notable que se le otorga a los espacios, en muchas ocasiones vacíos como alegoría de la oquedad que dejan las vivencias pasadas de los seres humanos en ellos.

Digna de mención es también la puesta en escena del film –sobre todo teniendo en cuenta su condición de obra iniciática– ya que nos encontramos ante lo que probablemente es la composición de planos más cuidada y preciosista de toda su filmografía, decisión formal que, además de imprimir una belleza magnífica a cada encuadre, afecta al ritmo del metraje alargando ciertos planos en favor del aspecto estético y haciendo al todo carecer de esa frescura y naturalidad tan abrumadoras que serán sinónimo del cine de Koreeda a partir de su segundo largometraje de ficción: After life (1998).

After life (1998)

A mitad de camino entre la Tierra y el Cielo, las almas de los recién fallecidos son recibidas por unos guías que les ayudan a examinar sus recuerdos con el fin de rememorar un momento decisivo de sus vidas. Esa evocación elegida será plasmada en una película y portada por los difuntos para toda la eternidad.

Recuerdos, cine, amor, olvido, felicidad, despedidas… el guionista nipón se las ingenia para juntar todas las herramientas más poderosas en una misma maleta, prepararse un terreno repleto de posibilidades, fértil y moldeable como pocos para, ya en su condición de realizador, llevar a cabo esta obra maestra en la que el intimismo y la humanidad hacen bailar a su son a colosos como el tiempo, los sentimientos y la muerte. La sencillez de la premisa y la humildad de la puesta en escena confieren al trasfondo, en contrapunto, toda la grandiosidad que merece. Es muy entrañable ver el proceso de creación de los recuerdos en ese limbo que hace las veces de estudio de cine independiente, con ese pequeño equipo de rodaje que ultima todos los detalles y se deja el alma (literalmente hablando en este caso) por conseguir el mejor resultado posible: ¿cómo rodar la sensación del aire que, en un día de verano, se cuela por la ventanilla del autobús y refresca el sudor de tu frente?, ¿y la de surcar las nubes en avioneta?, ¿cómo recrear el momento en el que dejaste marchar a la persona más importante de tu vida?

En cierto momento del metraje, un personaje que ha decidido no elegir ningún recuerdo para así no renunciar a los demás asevera que “de esta manera me responsabilizo de mi vida”; absolutamente de acuerdo, maestro: somos nuestros recuerdos, todos y cada uno de ellos, y no por olvidar nuestros errores van a dejar de existir ni se va a subsanar el daño cometido; la elección del recuerdo en cuestión dice más de nosotros que del recuerdo mismo, por lo que al hacerla estás regalando tu alma al que está al otro lado de la mesa.

Por último, las historias de amor que sutilmente se van desenvolviendo, a base de sentidas pinceladas y de forma absolutamente silenciosa, terminan por regalarnos la pequeña dosis de ternura y candidez que le faltaba al conjunto de elementos anteriores para alcanzar la plenitud de la que goza la cinta. Cine dentro del cine, sí, pero en una de esas piezas que trascienden el séptimo arte y nos hacen mirar dentro de nosotros mismos… Y yo ¿qué recuerdo me llevaría para el resto de la eternidad?

Hana (2006)

Japón, siglo XVIII. Un joven samurái (Junichi Okada) llega a Edo con el propósito de encontrar y acabar con el hombre que mató a su padre y así cobrar la compensación por la venganza.El problema es que, realmente, no tiene ganas de llevar a cabo dicha misión.

Se trata de la única cinta de época (en este caso “chambara”) de la filmografía de este director. Si bien es cierto que no llega a ser de sus mejores películas, hay algunos aspectos de ella que no podemos dejar de analizar y que, precisamente por el hecho de poseerlos a pesar de no formar parte de ese olimpo fílmico, confieren a su cinematografía una impronta y una calidad difícilmente igualables hoy en día. En este trabajo, Koreeda consigue destilar una de las claves de su cine: la humanidad. Aunque la acción se desarrolle en una tierra y una época que bien podrían ser las antípodas del espectador, a pesar de todas las ropas de época, las tradiciones, la escenografía y la comedia, e independientemente del argumento, que siempre es necesario para hacer avanzar la acción y así poder trasmitir el mensaje, detrás de todo eso hay un ser humano con un conflicto interno atemporal e impersonal: ha conocido el amor. ¿Realmente tiene que seguir con su vida de la misma manera que antes de tan importante acontecimiento?, ¿debe seguir unos dictámenes sociales que ni siquiera entiende antes que los que le impone su corazón?

Las relaciones humanas tampoco distan de las occidentales actuales: la generosidad, la inquina, la ira, el cariño, el respeto… todos los sentimientos y actitudes viven dentro de cada uno de nosotros y pueden brotar en cualquier momento. El guionista elige un tema de especial majestuosidad e importancia para el pueblo japonés como es el honor de los samuráis para deconstruirlo y demostrar que lo único universal e inmortal es la condición humana. En época de paz los samuráis no son útiles, pero siguen sintiendo.

Air doll (2009)

En Tokio, una muñeca hinchable es la única compañía de su solitario amo (Itsuji Itao), el cual le habla, la baña y le hace el amor cada día. Esta rutina se rompe cuando un día, de repente, la muñeca hinchable cobra vida (Doo-na Bae), y descubre que hay todo un mundo más allá de esas cuatro paredes…

Con una premisa que podría traer a nuestra memoria la entrañable figura del Pinocho de Carlo Collodi pero con retazos del drama oculto en el clásico de ciencia ficción Westworld (1973), la magistral delicadeza con la que el artesano nipón consigue mostrarnos la mirada virginal de la protagonista, y la atmósfera tan naif en la que consigue introducirnos para hacernos acompañar a una recién nacida en sus primeros pasos, nos recuerda de manera inevitable al inocente mundo de Amelie (2001), creado por Jean-Pierre Jeunet. Una interesantísima reflexión sobre la condición humana –tal vez la más explícita de la filmografía de Koreeda– que analiza problemáticas como la soledad (“parece que la vida está hecha de tal forma que nadie podrá vivirla sola”) o el desconocimiento del papel que cada uno desempeñamos en estas modernas sociedades masificadas pero que, una vez más, es extrapolable a cualquier ser humano (“el mundo es la suma de todos esos otros y, sin embargo, no sabemos, ni se nos dice, que podemos complementarnos mutuamente”).

La poesía tan característica de esta pieza se ve fuertemente acentuada por el tratamiento de la música –el más cuidado y patente de toda la obra del realizador–, cuya partitura está firmada por Katsuhiko Maeda, y por la maravillosa dulzura que consigue imprimir Doo-na Bae a su personaje. Todos los elementos conviven en perfecta armonía para que podamos hacer nuestra una fábula que nos cuenta la historia de una princesa de látex que buscaba aquello que pudiera llenar su vacío interior en una ciudad que se desinflaba irremediablemente.

“Pentalogía de la familia”

Bajo esta etiqueta agrupamos los títulos Still walking (2008), Kiseki (2011), De tal padre, tal hijo (2013), Nuestra hermana pequeña (2015) y Después de la tormenta (2016), y es que a través de todos ellos Koreeda hace un análisis exhaustivo y elabora un discurso propio sobre el concepto de familia, una institución social básica que desde siempre ha gozado en Japón de una importancia capital y una tradición milenaria cimentada en patriarcados rígidos y de marcada verticalidad, pero cuya estructura clásica parece estar desmoronándose poco a poco.

La situación de una familia cuyo hijo mayor ha muerto, la relación de dos hermanos que no pueden vivir juntos por la separación de sus padres, el drama de unos niños a los que cambian de padres repentinamente más la condena de unos progenitores que descubren que el crío que duerme en la habitación de al lado no es su hijo, la convivencia de cuatro hermanas que han perdido a un mismo padre pero que no comparten madre y los intentos de un jugador empedernido por recuperar la confianza de sus seres queridos y hacerse un hueco en la vida de su hijo. Cinco historias que sirven al maestro nipón para indagar en los roles existentes en la familia japonesa poscontemporánea y en las relaciones que se establecen entre ellos. Cinco películas que condensan lo mejor del cine de este excepcional narrador, destilando naturalidad por los cuatro costados y contando sin hablar, haciendo a la mente del espectador jugar con los detalles de los que él se encarga de plagar sus cintas. Atmósferas íntimas e intimismo formal para hablarnos de un mundo lleno de Ulises individuales con sus propias Ítacas a las que regresar.

© Koreeda y el resto del elenco de 'Nuestra hermana pequeña' en el Festival de Cannes de 2015

© Koreeda y el resto del elenco de ‘Nuestra hermana pequeña’ en el Festival de Cannes de 2015

Es gracias a esta pentalogía que podemos confirmar lo que los más temerarios ya empezaron a decir con Nadie sabe (2004): nos encontramos ante uno de los mejores directores de niños de la historia del séptimo arte. Y no solo es bueno, sino que la conciencia que tiene de ello le ha llevado a realizar ocho largometrajes para cine con chavales –dos de las cuales están exclusivamente protagonizadas por un grupo de ellos (Nadie sabe y Kiseki)– y todos ellos han resultado magníficamente interpretados. No podemos dejar el apartado interpretativo sin mencionar a su actriz y actor fetiches: ella es la entrañabilísima decana Kirin Kiki, una actriz con una presencia arrolladora que se granjea la simpatía del público con el simple hecho de aparecer en plano (sale en todos los films de la pentalogía), y él, el siempre correcto Hiroshi Abe, fusión perfecta de naturalidad y elegancia (forma parte del elenco en tres de las cinco películas). Con la ayuda de actores tan capaces como estos y valiéndose de ese estilo cadencioso, suave y preciso del que ya hemos hablado innumerables veces, Koreeda nos regala una cercanía a la cultura nipona de lo más deliciosa gracias a la definición del carácter humano de sus personajes: como conocemos su interior y nos sentimos identificados con ellos, también lo hacemos inevitablemente con sus creencias y su tradición.

Una característica del folklore japonés que aparece sobremanera en su cinematografía es la presencia de la muerte y los ritos funerarios, que casan a la perfección con esa obsesión suya por lo efímero, la fugacidad de las cosas, el pasado y los recuerdos. Por eso en todas sus obras aparece alguna escena de un cementerio, de rezo ante un altar o de un funeral, o es palpable la falta de un ser querido que, aun ausente, no deja de estar presente. Sin embargo, se cuida mucho de no tratar el tema desde la típica unilateralidad: para él los funerales no tienen por qué ser solamente tristes, ya que nada en este mundo responde a un único sentimiento, la pureza absoluta no existe en las emociones… ni en ningún aspecto de la vida.

En un momento de Nuestra hermana pequeña, Sachi, la hermana mayor, le dice a Suzu, la menor: “todos los seres vivos requieren esfuerzo”. Está claro que Koreeda sigue esa misma premisa a rajatabla cada vez que imagina un personaje y se sienta a desarrollarlo, y así ha sido desde que empezó a hacer cine. Así debió de aprenderlo cuando se empezó a interesar por el documental y así consigue otorgar esa humanidad tan desbordante a sus protagonistas y, con ello, a su obra. El maestro no deja de hablarnos durante toda su carrera de la complejidad de los sentimientos, por lo que, a través de sutilezas y detalles, logra construir un cine de grises que no despunta en una dirección ni en otra, un cine que se aleja de los extremos y que, precisamente por eso, consigue acercarse a la vida.

Por Martín Escolar-Sanz