Programada para representarse en el hall del Teatro Lara de Madrid y con los días contados, tan sólo ocho funciones, es como vio la luz La llamada, el musical creado por Javier Ambrossi y Javier Calvo. Han pasado ya cuatro años desde su estreno y el éxito ha sido demoledor: más de trescientos mil espectadores, cinco temporadas en activo y más de treinta ciudades (incluidas México y Moscú) por donde la obra ha ido de gira. Con estas altas expectativas llega a las pantallas la adaptación cinematográfica de la mano de sus creadores.

Respaldados por el primer reparto y saliéndose imperceptiblemente del texto original, la cinta, que bebe del espíritu de la obra, consigue aplicarse de una entidad propia que no defrauda. Todos aquellos elementos de nueva incorporación (los menos), se convierten en aderezos que no desentonan con el resto (¡oda al breve momento rap de Belén Cuesta!). Los personajes secundarios y las tramas con más o menos desarrollo a lo largo del film: la cocinera, Carlos el de la tirolina, la compañera de cabaña, el resto de monjas, se integran con el mismo toque de humor que fluye con naturalidad dentro de la trama y que permite oxigenar el relato al compartir los espacios con las otras acampadas, y al mostrar el campamento y el remanso de paz que es el encinar en el que está.

La destreza de Ambrossi y Calvo se hace patente en la traslación del teatro al cine  y que tiene su mejor expresión en dos escenas del film: en el número musical interpretado por Belén Cuesta y Anna Castillo y en el momento de los distintos entrenamientos que realizan las dos campistas. Mientras en la primera se demuestra la capacidad creativa de los realizadores para rentabilizar el formato audiovisual (emplear distintos ambientes dentro de una misma escena en función de la vivencia de sus personajes); en la segunda se valen del montaje para construir un paralelismo que confronta la situación de las dos amigas.

Aunque, quizá todo venga a hablar de lo mismo, incluso esa escena estructurada en espejo. Porque, en fin, Dios… Dios no es precisamente el eje que vertebra esta historia, en todo caso, un asistente con asiento preferente desde el que observar la valentía y la transformación que sucede en las vidas de las cuatro protagonistas del relato. Y es que la juventud no es el único momento para tomar decisiones, esas asedian siempre y atormentan y alientan en igual medida. Cuatro mujeres fuertes, capaces de construirse a sí mismas y enfrentarse a grandes instituciones patriarcales, son a las que da voz esta historia. Tomen asiento y prepárense para disfrutar, sí, disfrutar, de esta llamada divina que apela directamente a quien verdaderamente uno es.

Lo mejor: el cuarteto protagonista, su capacidad interpretativa y la complicidad que destilan en pantalla.

Lo peor: las ideas preconcebidas, esto es, el fanatismo (religioso o ateo), condicione la entrada en salas.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa