La etimología -esa ciencia que estudia el origen de las palabras- dice que “monstruo” proviene del verbo en latín monere, que significa “advertir”. En La forma del agua (The Shape of Water, 2017), última película de Guillermo del Toro y estrenada en España el pasado viernes, el director mexicano nos advierte: La xenofobia, el miedo al comunismo y la homofobia, que estuvieron bien presentes durante la década de los 60 en Estados Unidos (época en la cual transcurre la película), son temas aún sin resolver en la Norteamérica de Donald Trump. Y no es la primera vez que del Toro aborda el género fantástico teniendo en cuenta el contexto político.

Es bien conocida la predilección que tiene el director mexicano por el cine fantástico a través de obras como El laberinto del fauno (2006) o La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015). Su fascinación por los monstruos y seres mágicos roza la teratofilia y su última película, que no es una excepción, narra el misterioso y apasionado romance entre una mujer muda y una criatura de aspecto anfibio que vive recluida en un tanque de agua. La historia de amor que envuelve estos dos seres, contiene una gran reivindicación de la diferencia y un fuerte sentimiento frente a la intolerancia, por ello, hemos querido recordar a aquellos monstruos que, aunque su primera tarea fue la de asustar, se convirtieron en seres terroríficamente tiernos y sentidos.

Un cuento de hadas

Quizá el gran referente de las relaciones entre hombres y monstruos sea el cuento de La bella y la bestia. Aunque muchos recordemos la adaptación de Disney, nosotros optamos en este caso por el la película de Jean Cocteau (La belle et la bête, 1946), una obra de vanguardia lírica que transcurría en un castillo encantado donde muebles y candelabros cobraban vida. Una joven mujer, de origen humilde, se enamoraba de una bestia que cargaba con una maldición.

La pena del monstruo

Boris Karloff encarnó al monstruo de Frankenstein el año 1931, dándole una apariencia de zombie con dos tornillos a ambos lados del cuello y una cabeza desfigurada. En una de las escenas más bonitas de la película dirigida por James Whale, se nos hace imposible olvidar como el gigante, que se encuentra en la orilla de un lago, acompaña a una niña vestida de blanco que lanza margaritas al agua mientras las observa flotar. En ese momento, el monstruo, feo, deforme y frustrado, dejaba entrever su melancolía.

El monstruo como consejero

El prodigio técnico de J.A.Bayona nos presentó en Un monstruo viene a verme (A Monster Calls, 2017) a un ser fantástico interpretado por Liam Neeson. Un monstruo de once metros que podría arrasar varias ciudades como un Godzilla cualquiera, pero que en lugar de esa misión, tiene la de ayudar al personaje de Lewis MacDougall cuya madre está gravemente enferma. Si bien es cierto que el monstruo es fruto de la imaginación inconsciente del protagonista para lidiar con sus problemas, el director catalán utiliza el recurso del ente gigantesco en contraposición a muchos de las criaturas malévolas que acechan las mentes infantiles (y no tanto).

La criatura de la Laguna Negra

Como hemos comentado anteriormente, La bella y la bestia puede ser el más claro y popular ejemplo de monstruos con buen corazón, pero en el relato de Perrault existe una clara referencia a Metamorfosis de Ovidio. Este poema ha inspirado también a producciones de Serie B como el clásico de Jack Arnold La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1954). En una de las secuencias, el monstruo, que tiene características físicas similares al humanoide anfibio de La forma del agua, se esconde en medio de unas algas acercándose a unas bañistas mientras la cámara hace una especie de movimiento involuntario que parece un baile de seducción.

El baile como expresión del amor

Muchas de las películas del género fantástico tienen escenas en las que se baila o, en simbiosis con la banda sonora, se produce una suerte de coreografía. En el último trabajo de Guillermo del Toro, hay un momento en que Elisa Espósito (Sally Hawkins) abre el grifo del baño para inundar la estancia completamente, es entonces cuando aparece la criatura para abrazarla y hacerle el amor. En la película Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), Johnny Depp recorta un bloque de hielo con forma de ángel alado para que Winona Ryder pueda rodearlo mientras emula a una bailarina clásica.

Cita en Central Park

Aunque últimamente hemos visto su faceta más salvaje en películas como Kong : la isla calavera (Kong: Skull Island,2017), siempre tendremos presente al monstruo maltratado, de mirada perdida y forzado a abandonar su hábitat natural que, en realidad, era el gorila gigante King Kong. Un coloso triste y melancólico, tierno y deseoso de volverse humano para poder amar aparece con más ahínco en el remake de Peter Jackson en 2005. El primate se lleva Naomi Watts a patinar por el lago helado de Central Park. Ella, con un vestido de satén, gira sobre los brazos del gorila mientras ríe y disfruta del momento más romántico de la película.

Parece que los monstruos hayan sido puestos en el cine únicamente para asustar y ser destructivos. Pero también parece que Guillermo del Toro haya llegado al mismo sitio para demostrar justamente lo contrario: los monstruos ríen, lloran, se preocupan y sienten… incluso pueden ser casi humanos. Este concepto fue explorado por Maurice Sendak en su libro Donde viven los monstruos de 1963. La novela, que cómo no tuvo su adaptación al cine con la película homónima Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are, 2009) dirigida por Spike Jonze, cuenta el viaje de un niño llamado Max que llega al lugar donde viven los seres más terroríficos del mundo. En su lugar, el joven se encuentra a unas criaturas gigantescas pero temerosas que, mientras buscan un líder, no paran de hacerse preguntas existenciales.

Por Quim Ríos