Lady Bird, así se llama el debut en la dirección de Greta Gerwig; no se titula ni “La vida de Lady Bird”, ni “Los amores de Lady Bird” ni “Lady Bird y su familia”. La película tiene el nombre que tiene no porque solo hable de la protagonista, sino porque despliega una amalgama tan rica y extensa de situaciones, personajes y matices cotidianos que solo existe una cosa en la que confluyen todos ellos: Lady Bird (Saoirse Ronan, quien opta al Oscar a mejor actriz por este papel). Y es que ella es capaz de muchas cosas, aunque, evidentemente, no de todo. Ella no es la más rebelde, ni la más graciosa, ni la más extravagante… Ella es mejor que todo eso: es real. No se dejen engañar por el impactante desenlace de la segunda escena, ni por una estrategia de marketing en la que –al menos a ojos de un servidor- parece tratarse de un film que nos presenta a una joven del todo irreverente, loca y especialmente incomprendida. Es todos esos adjetivos y muchos más pero, ¿qué adolescente no? Por supuesto que es rebelde, claro que tiene problemas de identidad e inquietudes hormonales, pero no más que muchas de su edad, y no olvidemos la dosis justa y necesaria de “locura” (alienación) que todo adolescente ha de padecer para poder ser considerado de tal forma.

No crean que se trata solo de una comedia, el drama contenido en la cinta es inapelable y, muchas veces, la otra cara del humor –un extravagante profesor sustituto puede ser muy gracioso, pero si está sustituyendo a otro, por algo será…-. Vale que no aporta demasiada novedad al género, vale que ya se haya mostrado infinidad de veces en el cine la decepción de “la primera vez” y el cambio de personalidad que a veces ha de llevarse a cabo para gustar a una persona (especialmente a estas edades), pero es algo que no deja de pasar en la vida de los adolescentes, y sería falso el tratar de eludirlo en un trabajo que retrata a la perfección las preocupaciones y motivaciones de esa época de la vida.

Cuando se observa un cuadro impresionista desde cierta distancia, se ve la obra en su conjunto, como si de un todo sólido y compacto se tratara, sin embargo, sin nos acercamos a él, nos percatamos de que no es sino la consecuencia de una serie de pinceladas individuales y con personalidad propia que, puestas de una manera específica, confeccionan la obra y le dan un significado concreto. Ni que decir tiene que la vida es exactamente igual en este aspecto, y la maestría con la que ello queda plasmado en Lady Bird, el mayor logro de este trabajo. Por eso, tras una primera lectura general de este “cuadro” fílmico que nos deja un retrogusto a verismo y humanidad, podemos mirarlo más de cerca para descubrir las pinceladas que otorgan al todo ese efecto: homosexualidad, amor, política, sexo, filosofía… Todo son temas presentes que cualquier intento de efectismo traería consigo una profundización en ellos, en cambio, Gerwig los trata como los pequeños trazos omnipresentes que son a la hora de conformar la identidad y las conversaciones de cualquier adolescente.

En este aspecto, uno no puede dejar de acordarse de la absolutamente maravillosa Boyhood (2014), retrato vital hiperrealista cuya ausencia de pretenciosidad argumental hizo a cierto público achacarle que “es una película en la que no pasa nada”, mientras que el que escribe estas líneas asevera rotundamente que en ella pasa todo. Siguiendo con esta faceta de lealtad al costumbrismo vemos que, sin embargo, no tanto tiene que ver Lady Bird con otros dos importantísimos (y fabulosos) títulos del cine independiente estadounidense como son Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006) o Juno (2007), ya que en ellos, la dirección del guion y sus motivaciones están mucho más claros y son más buscados –esto no es ni mejor ni peor, solo una manera diferente de articular el guion-.

© IAC Films / Scott Rudin Productions / Film 360. Distribuida por A24

A pesar de la distensión de la propuesta, el virtuosismo cinematográfico que ha llevado a la realizadora a estar nominada al Oscar a mejor dirección es innegable, sabiendo llenar de significado simbólico y narrativo imágenes de lo más cotidianas –no es el famosísimo puente de Brooklyn, emblema del Nueva York al que la protagonista ansía mudarse, pero el puente de Sacramento también está ahí, iluminado con una luz naranja y simbolizando una ciudad que tiene mucho que aportar a Lady Bird, aunque ella decide despedirse de su amiga como si también lo estuviera haciendo de él-. Llegados a este punto, no podemos cerrar el texto sin echar un ojo a la inminente noche del 4 de marzo: en la 90ª ceremonia de entrega de los premios Oscar, esta pequeña pieza de artesanía se enfrentará en la máxima categoría (aparte de en cuatro más) a ciclópeas producciones tales como Dunkerque (Dunkirk, 2017). La pregunta es la de siempre: ¿accederá la Academia a premiar la verdad por encima del manierismo?

Lo mejor: La honestidad y llaneza de la propuesta.

Lo peor: El desenlace de la segunda escena, exagerado y disonante con el resto de la película, busca el impacto inicial y el efecto en el público en detrimento de la cordura narrativa.

Por Martín Escolar-Sanz