Es habitual que las películas de género bélico (descartad Troya, por favor) se posicionen junto al bando ganador de una manera casi irracional, ocultando parte de la verdad para no manchar la imagen dorada de los vencedores, aquellos que escriben la historia, mientras llenan de sangre las manos de los que creen ser sus enemigos. Actualmente, existen pocos directores que sí se esfuerzan por ofrecer una dualidad narrativa, mostrando el lado más oscuro de ambos bandos, perdiendo los escrúpulos por la patria y la propaganda nacional. Recordemos el caso de Clint Eastwood y su pareja de películas Banderas de nuestros padres (Flags of Our Fathers, 2006) y Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006), o la imprescindible Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930) dirigida por Lewis Milestone, quien siendo norteamericano, se puso en la piel de los soldados alemanes de la Gran Guerra.

Siguiendo este modelo, el danés Martin Zandvliet, guionista y director de Land of mine (2016), da a conocer al público uno de los sucesos más desagradables (especialmente para un individuo del siglo XXI) transcurridos en la Dinamarca de mediados de siglo XX, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial. Land of mine, es una historia de ambivalente carácter político, que denuncia ante todo los horrores de la guerra, empleando la figura del clásico profesor rebelde (en este caso convertido en el Sargento Carl Rasmussen, papel interpretado por Roland Møller), el cual vive una intensa relación con un grupo de jóvenes a los que cambiará la vida (¡Oh capitán, mi capitán!).

El guión, aunque predecible en muchas ocasiones, no permite descanso al espectador, manteniendo la regularidad a nivel de tensión narrativa en todo su metraje. Mientas la veía pretendía relajarme, pero era imposible, la angustia y el cariño que poco a poco desarrollas hacia los personajes no te permite dejar de pensar en lo terrible de la situación, mientras lamentas la pésima condición vengativa que representa al ser humano en sus momentos más bajos. El ritmo no defrauda, ni te permite sentir si la silla donde estás sentado es demasiado dura.

Los trabajos interpretativos son de memorable calidad, tanto de aquellos actores adultos como de los más pequeños. Todos realizan un brillante trabajo que consigue llegar hasta el corazón, desgarrándolo a medida que pasan los minutos y haciéndote sentir impotente al no poder cruzar la tela de la pantalla para sacarles a todos del infierno en el que viven. A diferencia de lo que debería ser la presencia de niños en una película, Land of mine aplasta la dulzura y derrota la esperanza de la infancia con absoluta elegancia. La fotografía acompaña los colores de la arena consiguiendo una imagen exquisita y delicada, demasiado poética para una película ambientada en la II.G.M. pero encajando simbólicamente en el largometraje como una representación de la inocencia transformada en plasticidad.

© Amusement Park Films / Nordisk Film

© Amusement Park Films / Nordisk Film

Todos los elementos de la película recalcan su mensaje antibelicista, estableciéndose el tono de la película en una delgada línea entre la moralidad contemporánea y los hechos históricos.  Sería más agradable si no se encasillase a los personajes como “buenos” y “malos” y los acontecimientos sucedieran por sí solos, sin embargo, esta no es una película documental. A pesar de ello, reconozco que Martin Zandvliet se esfuerza por abandonar la subjetividad y sortear los tópicos del género bélico, mostrando en todo lo posible una doble visión de los sucesos, superando las diferencias fronterizas, y elevando el volumen para defender la figura de los niños, los más perjudicados.

Lo mejor: su discurso antibelicista.

Lo peor: el encasillamiento de algunos personajes, que arrastra la supuesta objetividad de la película a un dramatismo emocional manipulado, del cual no resulta fácil salir.

Por Andrea Guerra
@Zipipichi