A ojos de la Marquesa de Alfonsina de Luna, la reina de los cigarrillos, la “víbora venenosa”, Lazzaro representa un eslabón más dentro de un sistema piramidal que ella preside donde todo el mundo se aprovecha del de abajo. A ojos de su hijo Tancredi quizás por debajo de Lazzaro no haya nadie más en un sentido estructural, y por lo tanto tampoco por arriba en un sentido esencial, puro. A bien seguro que a ojos de Alicia Rohrwacher, la nueva sensación del cine italiano, Lazzaro es mucho más que alguien que obedece o que desea ayudar, es simple y llanamente un hombre bueno que pertenece a otro tiempo abstracto, uno donde las circunstancias sociales permitían que alguien como este bondadoso joven campesino existiera en carne y hueso y sobre todo, en espíritu. Adriano Tardolo interpreta a Lazzaro con la inocencia y la naturalidad solo posible en un absoluto desconocido que actúa por primera vez ante la cámara, complementando a la perfección el tratamiento neorrealista del que parte Rorwacher para adentrarnos en el entorno costumbrista de la ficticia población rural Inviolata, donde se sitúa la acción.

En la primera parte de una obra que no teme a su propia mutabilidad, lo más brillante y significativo es el vínculo de amistad que desarrollan Lazzaro y Tancredi, después de que este último finja su secuestro con la complicidad del primero. En esa bonita relación entre ambos, surge el sentimiento que determina el extraño viaje de Lazzaro, donde Rohrwacher empieza a jugar de forma más explícita con elementos propios de la fábula y a mezclarlos de forma asombrosa con un realismo social contemporáneo, confrontando ese precario entorno rural con el aún más pobre y desalmado entono urbano de una gran ciudad italiana. En esta potente declaración de intenciones, Rohrwacher no se olvida de que la suya es una película que tiene la virtud de ser profundamente humana pese a su tesis y al contexto argumental que la precede, y sigue con atenta mirada la feliz y angelical expresión de Lazzaro a pesar de las condiciones en las que se encuentran sus seres queridos, en un ejercicio de sensibilidad y coherencia aplastante, haciendo suya la límpida mirada de Lazzaro hasta las últimas consecuencias, literalmente; cerrando la obra con un potente y perturbador final de gran destreza simbólica.

Esta es una obra que irradia humanismo porque antepone el tierno retrato de un personaje con corazón a trazar un crudo comentario social de forma más directa, que perfecciona su escritura a través de su protagonista para conseguir indirectamente atacar todo aquello que representa su alegoría de juventud que permanece inalterable a través del tiempo y que a su vez, constituye un fondo y una forma que rezuman honradez y una delicadeza exquisita.

Lo mejor: Su realismo mágico y el infinito respeto hacia su personaje protagonista.

Lo peor: Que no abunden obras de espíritu similar con los tiempos que corren.

Por Martí Soler Arce
@msoler_96