Así decidió decir adiós Elia Kazan, el controvertido aunque igualmente legendario director norteamericano de origen griego. El último magnate (The Last Tycoon, 1976) fue el canto de sirena de un realizador marcado por la caza de brujas del mccarthismo, proceso que le puso en el punto de mira de muchos compañeros que nunca más perdonaron sus chivatazos anticomunistas. Pero la realidad de Kazan, que justificaba sus denuncias con la necesidad de defender una patria que le dio todo lo que fue como director, es que su labor en la realización dejó algo más que un dedo acusador: Un tranvía llamado deseo (A Streecar Named Desire, 1951), ¡Viva Zapata! (1952), La ley del silencio (On the Waterfront, 1954) o Esplendor en la hierba (Splendor in the Grass, 1961), son parte de un legado inolvidable que marcaría otro antes y después en la manera de hacer cine.

De esta forma tan personal, Kazan construyó su despedida del séptimo arte hablando sobre las rígidas estructuras del Hollywood de la edad dorada, impregnando el relato y una elegante puesta en escena con su sello autoral. Paradójicamente, el director eligió la novela inacabada de F. Scott Fitzgerald para demostrar su poderío, o quizá los paralelismos con su propia obra, perjudicada por los delirios anticomunistas de media norteamerica, él incluido. Sea como fuere, El último magnate es otra lección de cine que invitó al público a caminar por los laberínticos pasillos de los estudios más poderosos, hervideros de sentimientos y contrachapados. Estrellas caprichosas, guionistas desesperados y productores omnipotentes -con Robert de Niro a la cabeza interpretando al carismático y pausado Monroe Stahr-, desfilaron por esta crónica de los quehaceres de la cinematografía clásica, equilibrada obra que también dejaba lugar para el amor o, a pesar de las pajaritas, las corbatas y los vestidos de lentejuelas, algunos de los instintos más bajos del ser humano.

Apoyada en su corpulento guion, la película tiene varias secuencias para el recuerdo: la desesperada agonía del actor que interpreta Tony Curtis, el guionista Boxley (Donald Pleasence) que asegura que otros “estropean todo lo que él escribe”, la rabieta de Didi (Jeanne Moreau) hasta conseguir repetir una escena de la que no ha quedado convencida, o la primera noche que pasan juntos Stahr y Kathleen (la televisiva Ingrid Boulting), fueron buena muestra del carácter innovador de Elia Kazan, tan preocupado por las actividades políticas de los demás, como de formar parte de los mejores realizadores de la historia.

Por Javier G. Godoy
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