Porque los best seller también son literatura, debemos guardar espacio para una de las sagas más vendidas, imitadas y representadas de finales del siglo XX, aquella que nos trajo al villano más influyente de la historia del cine (con permiso de Darth Vader, claro), y que sirvió de evolución a un género literario anclado en los clásicos del pasado, necesitado de un lavado de cara que pusiera a los polis y los cacos a trabajar en un escenario en el que investigación y tecnología van de la mano.

Thomas Harris publicó El dragón rojo en USA en 1981, en la época postVietnam y preReagan, en medio de un clima de desarrollo de las tecnologías aplicadas a la criminología, y por tanto, la fascinación que desde los tiempos de Caín y Abel generan estos sucesos en la mente humana. Porque nos gusta sentir el miedo y la inseguridad en la ficción, sacudir nuestros temores, razonar por qué tú no habrías abierto esa puerta, o no habrías ayudado a ese pobre impedido a subir el sofá a la furgoneta.

Will Graham es un agente del FBI que está retirado del servicio por un oscuro episodio de su pasado. Su superior, Jack Crawford, un inteligente y manipulador agente encargado de los homicidios más escabrosos, lo saca de su retiro prematuro para ponerle sobre la pista de un maníaco que se dedica a asesinar a familias enteras en un ambiente ritual y sádico. Para poder atraparlo, los federales recurrirán al archienemigo, némesis, Moriarty (o como lo quieran llamar) de Graham: el doctor Hannibal Lecter, o como la prensa lo ha bautizado Hannibal “el Canibal”.

Harris se centra en la tortura psicológica a la que se enfrenta el propio Graham para tratar de entrar en la mente del asesino, convertirse en lo que pueda ser de manera que le sea más sencillo poder atraparlo. Esto, claro, pasa factura, y el traumatizado Will tendrá que luchar con sus temores y fantasmas para poder atrapar al letal Tooth fairy (el equivalente yanqui a nuestro ratoncito Pérez).

Apenas cinco años después de convestirse en un superventas, Michael Mann la adapta a la gran pantalla, y estrena Hunter (Manhunter, 1986). Este pequeño lapso de tiempo que concentra lo más duro del ultraliberal sistema implantado por el gobierno Reagan consigue que la estética y la narración cinematográfica de esta primera adaptación de El dragón rojo vire del violento y oscuro mundo de Harris, a un panorama mucho más luminoso y aséptico en celuloide.

La principal diferencia entre la película y el libro es un detalle menor, pero que la historia ha conseguido convertir en ridículo: el doctor Lecter no es tal, sino que, por razones desconocidas para el que suscribe, decidieron que tendría más punch dirigirse al psicópata como Lecktor. Este papel, interpretado por el excelente Brian Cox, es sin embargo un secundario venido a menos en manos de Mann. No transmite el sadismo dormido, la amenaza constante de alguien que puede arrancarte la lengua sin que sus pulsaciones pasen de 80.

Otro punto en el que la versión cinematográfica aprovechó su lenguaje para cambiar la narración de Harris es en la presentación del asesino. El director decidió que su aparición debía ser lo más tardía posible, cuando ya no hubiese más remedio que mostrarlo por exigencias de la trama. Es cierto que en este clímax es donde Mann da lo mejor de sí, en una escena con una tensión y una estética siniestras, aunque de nuevo oculte la evidente sangría que Harris nos presentaba en papel.

Manhunter

También echamos en falta más relevancia en un personaje que tanto en el libro, como en la saga, es básico: el psiquiatra al cargo de Lecter, Chilton, que en la versión de Michael Mann tan solo tiene una escena en la que además nos da la sensación de ser alguien que pasaba por ahí.

Aunque sin duda alguna, lo que los amantes de la novela echarían de menos cuando llenaran las salas para ver Manhunter debió ser ese final tan alejado del original. Si bien Harris planteaba la posibilidad de una “visita” del asesino a la familia del propio Graham (interpretado por William Petersen, por cierto…sí, ya saben, el listillo de Grissom), Mann prefiere zanjar el asunto al más puro estilo western americano: unos cuantos tiros en una redada y asunto resuelto.

Una adaptación floja, con poco éxito en taquilla, que fue aplastada cuando, muchos años más tarde, la factoría De Laurentiis, viendo el filón, decidió modernizar al dragón rojo, y volvió a filmar, esta vez sí, con un Lecter mucho más protagonista, en un ambiente más brutal y fiel a la novela. ¿Qué versión gustará más a Thomas Harris?

Por Javier Martín Corral
@Jatovader