Matthew Vaughn lo entendió a la perfección. Verán, la cosa se explica con una letra: en la novela original, el protagonista se llama Tristran Thorn, con dos erres. Y, sin embargo, en la película el personaje interpretado por Charlie Cox se llama Tristan, perdiendo una de ellas por el camino. Ese cambio aparentemente insignificante simplificaba las cosas para el resto del reparto (al menos, en lo que a pronunciación se refiere) sin perder nada esencial por el camino. Y todo el proceso de traslación de Stardust del papel a la pantalla fue igual: se cambiaron personajes, se potenciaron unas subtramas mientras se eliminaban otras, y en general se adaptó el estilo narrativo de la novela, deudor (como tanto en la obra de Neil Gaiman) de la vieja literatura fantástica británica a una estructura de cuento clásico algo más sencilla y acorde con el cine blockbuster. Pero la esencia se mantuvo intacta.

Se pueden identificar en ella rasgos tan plenamente ‘gaimanescos’ como la exploración del mundo feérico, las deudas reconocidas con los maestros de las letras (¡el capitán Shakespeare!) y la querencia del autor por personificar (literalmente) elementos: el mismo Neil Gaiman que les diera cuerpo y voz a Sueño, Muerte o Delirio en el magistral cómic The Sandman convierte aquí a una estrella fugaz caída a la Tierra en una joven, Yvaine, y Claire Danes le presta su mirada asombrada con el mundo terrenal. En ese sentido, quizá la obra audiovisual más cercana a este Stardust cinematográfico sea The Doctor’s Wife, el primero de los dos episodios que Gaiman guionizó para la veterana Doctor Who, y donde repetía el milagro de Yvaine dándole un cuerpo humano(ide) a la nave espaciotemporal del protagonista y filtrando el mundo a través de su extrañeza.

Pero conviene recordar que Stardust, originalmente, no era una novela al uso: el proyecto original (y así puede encontrarse aún en algunas lujosas ediciones) era el de una novela ilustrada, con sus textos integrados en exquisitas láminas de Charles Vess. El estilo del dibujante encaja a la perfección con las descripciones de Gaiman del reino de Faerie (no en vano, Vess ya había ilustrado algunos capítulos de The Sandman en los que el país de las hadas cobraba especial protagonismo). Y, sin embargo, el cineasta también se aparta de la estética del libro, tomando así la vía diametralmente opuesta a la de Peter Jackson con su adaptación de El señor de los anillos, en la que no solo se ajustó escrupulosamente a las célebres ilustraciones de Alan Lee y John Howe, sino que los contrató para elaborar el arte conceptual de los filmes. A diferencia de Jackson, Vaughn persigue su propia visión de la novela, aunque ello suponga ignorar las interpretaciones previas de otros autores, o incluso (¡horror!) a sus propios creadores. Eso es, en definitiva, adaptar: traicionar la forma para captar la esencia. Y Matthew Vaughn, decíamos, lo entendió a la perfección. Al igual que en La máscara de cristal (Mirrormask, 2005) o Los mundos de Coraline (Coraline, 2009), en Stardust el particular universo de Neil Gaiman cobró vida de la manera más fidedigna posible. Aunque tuviera que perder una erre por el camino.

Por Juanma Ruiz
@JuanmaRuizP