Un espectacular plano secuencia nos enseña el interior de la estación espacial internacional, pasillos, salas estrechas y compartimentos estancos donde los científicos van a llevar a cabo sus funciones y se va a desarrollar la historia de Life (2016). Así arranca la última película dirigida por Daniel Espinosa, que da el salto definitivo a la serie A hollywoodiense, y aprovecha para mostrarnos dónde tendrá lugar la acción en su claustrofóbico film, con el añadido de que todo sucederá en gravedad cero y sus consecuencias (dificultad de movimientos y mayor complicación a la hora de ejecutarlos). Espinosa dio el salto al cine norteamericano tras participar en la película sueca Dinero fácil (Snabba Cash, 2010), allí ha rodado dos cintas anteriores a la que nos ocupa: El invitado (Safe House, 2012) donde coincidió con Denzel Washington y Ryan Reynolds, (autentico valedor de Life, ya que estuvo moviendo el guion de productora en productora para encontrar financiación como favor personal a los guionistas, Rhett Reese y Paul Wernick, que le habían conseguido su mayor éxito hasta la fecha, Deadpool (2016)), y Child 44 (2015), adaptación de la novela de Tom Rob Smith protagonizada por Tom Hardy. Ahora, Life supone un giro hacia la ciencia ficción con vocación de calidad.

En un futuro cercano,  los seis tripulantes de la estación espacial están a punto de hacer el mayor descubrimiento de la historia, evidencia de vida en Marte ysegún avanzan en sus investigaciones, se producirá un giro brusco en los acontecimientos. El film bebe de muchas fuentes, y si bien es cierto que se trata de una dificultad añadida lo que respecta la originalidad de la historia en cuanto que hay un ser alienígena amenazante en el interior de una nave, domina muy bien los tiempos y las influencias. Comienza con una narrativa muy similar a Gravity (2013), este es uno de sus mayores aciertos: pretende situarnos en una realidad auténticamente veraz, apoyándose en estudios científicos y en resultados empíricos, lo que da una sensación de credibilidad que va más allá de la ciencia ficción pues estamos en un futuro plausible que prácticamente podría ser aquí y ahora que, además, funciona a la perfección. Para aumentar la tensión y el ritmo se añade el hecho de que durante todo el metraje se desarrolla en gravedad cero, lo que juega muy a favor del espectáculo, el ritmo no decae y el  espectador se ve inmerso en la dificultad de la misión.

Esa misma base científica de la que hablábamos se ha utilizado para el organismo alienígena, tan cruel como la propia naturaleza; no lucha por formar una colonia o invadir otros mundos, si no, por algo tan brutal y desalmado como es la propia supervivencia. El trabajo de los seis actores (sin un protagonista definido), funciona tan bien como sus propios personajes, transmite con eficacia que son un equipo con una misión y su tarea es sacarla adelante. En cualquier caso, se debe resaltar el trabajo del siempre notable Jake Gillenhaal, un ejemplo de compromiso y credibilidad. Volviendo al manejo de los tiempos, según avanza la trama, y esto nos hace felices a los amantes del género, hay una apuesta definida y total al cine de terror y hacia el mal rollo, lo que hace que el film sea un auténtico disfrute; tiene más de La cosa (The Thing, 1982) de John Carpenter que del Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) de Ridley Scott, entronca con esa ciencia ficción de los cincuenta de ciencia ficción y con el espíritu pulp tan lúdico y tan divertido.

Por supuesto, no todo es redondo en Life: la mayor carencia de la película reside en la forma de mostrarnos el organismo. Todas las apariciones del alienígena son, como parece inevitable desde hace varios años, creadas mediante efectos de ordenador, lo que resta veracidad y tensión a la historia. Se echa de menos la labor de un artesano a la hora de crear a la criatura, alguien como el mago Rick Baker o el gran Rob Bottin, o puestos a seguir pidiendo, Stan Winston,  para encargarse de los efectos especiales de maquillaje, lo que habría supuesto que la criatura tuviese una viscosidad y una entidad corpórea casi palpable que habría jugado muy a favor a la hora de otorgarle la condición de “real”. Aun así, es una magnífica oportunidad de disfrutar pasando un mal rato en esa sala oscura repleta de desconocidos todos en silencio.

Lo mejor: su tendencia hacia el cine ochentero de género, puro divertimento.

Lo peor: la criatura, desarrollada mediante un CGI de dudosa eficacia.

Por Javier Gadea
@javiergadea74