La justicia está servida, y parece inevitable reflexionar sobre el proceso ‘judicial’ que ha llevado a un veredicto. Porque en la última película basada en los cómics de la editorial DC conviven manifiestamente dos almas, y en su grado de compatibilidad está la clave para entender el resultado. Pocas veces una película lleva tan a la vista las cicatrices de su propio making of, pero lo cierto es que la concepción superheroica de Zack Snyder, firmante de la cinta, y la de Joss Whedon, reescritor del guion y responsable del extenso proceso de refilmación, son tan opuestas que en cada escena de La Liga de la Justicia puede leerse con claridad la firma de uno u otro autor.

Viniendo de Watchmen (2009), El hombre de acero (Man of Steel, 2013) y Batman v Superman (2015), no sorprende descubrir en este nuevo acercamiento de Snyder al género la huella, siquiera residual, de su característica mezcla de épica y solemnidad. Una desafortunada alquimia que ya le pasó factura como adaptador antes por no saber entender su material original: el Watchmen de Moore y Gibbons no era épico, y los cómics de Superman no son solemnes. Doctores tiene la iglesia, claro está, y a lo largo de siete décadas ha habido ocasión para todo tipo de reinterpretaciones sobre el papel, pero si de lo que se trataba era de ofrecer en pantalla las versiones más icónicas de los héroes de DC, Snyder viene errando el tiro desde el comienzo. Y estilísticamente, poca novedad: sobran aquí algunos diálogos que de tan lapidarios suenan pueriles, algunas cámaras lentas con las que cineastas de la escuela ‘pirotécnica’ (ponga aquí el lector los nombres que crea convenientes) se han convertido de forma inconsciente en parodia de sí mismos, y las escenas de acción, con honrosas excepciones, están filmadas y editadas de forma confusa, en la peor tradición del videoclip.

Pero he aquí que, al mismo tiempo, Liga de la Justicia (Justice League, 2017) consigue enmendar, por una vía reconociblemente whedoniana, muchos de los problemas de su predecesora. Está el humor, por supuesto, que en algunas interacciones entre los héroes es ágil y afilado. Aunque también aquí hay costurones, y personajes como el Flash de Ezra Miller se llevan sucesivamente algunos de los momentos más brillantemente divertidos y algunos de los gags más sonrojantes. Pero la química del equipo, en líneas generales, es un engranaje que funciona, por más que en ella se vea (quizá de manera inevitable) la huella de la primera entrega de Los Vengadores (The Avengers, 2012). Y, por encima de todo, el verdadero triunfo de Liga de la Justicia es la consumación del golpe de timón que supuso ya Wonder Woman (2017) en el apartado tonal: esa negación de la oscuridad de Batman v Superman, y una reivindicación de la ligereza, el optimismo y la luminosidad inherentes al propio concepto del superhéroe. Algo, por cierto, que no es incompatible con cierto tenebrismo, como ya demostraran Tim Burton o Sam Raimi (más en Darkman que en Spiderman); o con alguna pincelada de existencialismo, como vuelven a poner de relieve algunos diálogos memorables de esta. Para ello, los guionistas saben aprovechar la ausencia de Superman para convertirlo en lo que siempre ha sido en los cómics: una idea, la de la encarnación ideal y aspiracional del héroe, y el espejo en el que se miran, aun a regañadientes, polos tan opuestos del espectro como Flash o Batman.

Liga de la Justicia es, pues, la suma de una larga lista de problemas (algunos tan graves como el insulso e inmaterial villano, cuya torpe composición digital le impide cualquier peso emocional pese a los esfuerzos vocales de Ciarán Hinds) y de un buen puñado de virtudes, aplicadas al metraje como un botiquín de primeros auxilios que consigue, y no es poco triunfo, resucitar al paciente. Pero como bien sabe Joss Whedon, y Mary Shelley antes que él, lo que regresa de la tumba siempre trae consigo la huella de su propia descomposición.

Lo mejor: Consigue enmendar muchos de los problemas, discursivos y tonales, de Batman v Superman, para ofrecer un film ágil y divertido.

Lo peor: La nula capacidad narrativa (y el cuestionable gusto estético) de Snyder tras la cámara.

Por Juanma Ruiz
@JuanmaRuizP