Listen to Me Marlon (2015) me generaba expectación pero también cierto escepticismo. Estrenado en el Festival de Cine de Sundance, el film había obtenido excelentes críticas en medios prestigiosos y había sido incluido en el Top 5 de los mejores documentales del año por The National Board Review. Además, había obtenido nominaciones en premios como los Bafta o Emmy y se había alzado con la victoria en el Círculo de Críticos de San Francisco o en el Peabody Awards. Con todas estas referencias previas el documental era de visión obligatoria. Pero, y de ahí mi escepticismo, ¿qué más podría añadirse que no supiéramos ya sobre una figura analizada como ninguna otra en la historia del cine?

Las dudas quedan pronto disipadas. No estamos, en modo alguno, ante una obra superflua. Puede que los hitos en la historia personal y profesional del icónico actor no contengan demasiados elementos desconocidos para el ya iniciado en su figura (casi todo cinéfilo que se precie), pero lo realmente novedoso y original es la perspectiva con que se narra la historia: desde dentro. Es el propio Brando el que “se cuenta a sí mismo”. El actor, un paranoico de la privacidad y que en un momento del metraje nos susurra un “mi alma es privada”, nos está ofreciendo un legado absolutamente fascinante al que nunca nos permitió acceder en vida. Era tal la magnitud de los archivos de audio del actor, que el desafío principal para el director de la cinta, el británico Stevan Riley, fue seleccionar de los cientos de horas de audio que se guardaban en cajas de almacenaje lo que finalmente incluyó en el guión, obra suya igualmente. Un guión no lineal, pero muy bien estructurado, donde la vida personal del actor, especialmente su traumática infancia, irrumpe constantemente en la narración de los hitos profesionales, éstos sí ordenados biográficamente.

Durante décadas Marlon Brando se grabó a sí mismo en sesiones de auto-hipnosis que comenzaban con el “Listen to me Marlon”, de ahí el título del documental, pero también incluía otro tipo de grabaciones, como poemas declamados a viva voz, preparaciones para sus papeles o anécdotas de sus rodajes.

De valor significativo son momentos de su carrera profesional como su encuentro con Stella Adler, que le inicia en el famoso “método Stanislavski” y que Brando nos lo explica, cómo no, a su manera: “Si tengo que hacer una escena y estar enfadado debe haber en ti mecanismos detonantes que lo accionen, que estén lleno de desprecio por algo…yo pienso en mi padre pegándole a mi madre…” Significativas también resultan sus quejas contra el poder establecido, ya sean directores o ejecutivos de Hollywood, y que marcarían toda su carrera. Ese punto de inflexión lo marca el tumultuoso rodaje de Rebelión a Bordo (Mutiny on the Bounty, 1962), que marca un periodo de declive del actor en una carrera hasta entonces coronada por éxitos como Un Tranvía llamado Deseo (A Streetcar Named Desire, 1951) o La Ley del Silencio (On the waterfront, 1954), por la que gana un Óscar. Nadie está a salvo de sus críticas feroces por alejar al actor del proceso creativo: ni Charles Chaplin con el que hizo La Condesa de Hong Kong (A Countess from Hong Kong, 1964), ni su amigo Coppola al que se enfrentó en aquel rodaje infernal de Apocalypse Now (Apocalypse Now, 1979). Este carácter rebelde se manifestaba también en la esfera personal, apoyando la lucha por los derechos civiles de los negros americanos o la de los indios nativos, incluso con amenazas de por medio.

Pero si bien el documental se detiene en estos enfrentamientos, también revela la obsesión de Brando por esa búsqueda de lograr la perfección en la actuación. Resulta especialmente emocionante oírle hablar sobre lo fácil que es interpretar a un personaje excesivo y cuán difícil es la contención, mientras se suceden las imágenes de un Vito Corleone excesivo y contenido en diferentes secuencias de El Padrino (The Godfather, 1974) y que debieran constituirse en una suerte de Los Diez Mandamientos para cualquier actor o aspirante a serlo.

Passion Pictures / Cutler Productions

Pero Listen to me Marlon tiene la virtud de no separar la vida personal y la carrera del actor en compartimentos estancos, al igual que no lo hacía el propio Brando en sus grabaciones. Se suceden en el documental los hitos personales y profesionales que se retroalimentan mutuamente. Y es en ese cruce de caminos donde se sitúa esta particular obra que aspira, y en mi opinión consigue, abarcar toda la complejidad de este icono del Séptimo Arte.

Al final, tal y como le sucede con su personaje de El Último Tango en París (Last Tango in Paris, 1974) en el que Bertolucci , en palabras del propio Brando, “quería que hiciera de mi”, el actor nos susurra algo que ya constatamos al llegar a los créditos finales de esta obra tan especial: “Sabes que estás desnudo, Marlon.

Por Vienna Guitar
@Viennalua