¿Por qué los personajes de Loving Pablo (2017) hablan en un inglés forzado pese a ser hispanohablantes? ¿Por qué solo cuando los personajes se enfadan se pueden oír expresiones como “malparío”, “conchatumadre” y un amplio repertorio de argot propio de una auténtica barriada colombiana? Es complicado entrar a una proyección de Loving Pablo sin varias preguntas (y prejuicios) en la cabeza. Podríamos hacer la vista gorda y pensar que los aspectos referentes al lenguaje que utilizan sus personajes no tienen demasiada importancia; que todo este caos lingüístico se puede atribuir a un proceso de marketing en vistas de obtener una distribución amplia. Sin embargo, siguen habiendo varias cosas que se nos escapan antes de entrar a la sala.

¿Qué tiene que aportar otra película sobre Pablo Escobar ahora que hay una saturación en el mercado sobre este tema? ¿Por qué Fernando León de Aranoa se ha implicado en un proyecto que parece tan alejado de sus propuestas anteriores?. Y sobre todo ¿cómo ha podido una de las figuras del cine español contemporáneo más vinculadas con el compromiso social, “crear” una obra impersonal con tintes de encargo?.

Su visionado no resuelve gran cosa. Loving Pablo es una película rota por todas partes a causa de dos fuerzas que estiran hacia direcciones opuestas. Por un lado, un planteamiento salpicado de escenas de acción, voz en off y ritmo dinámico donde se pretende explicar el funcionamiento del cartel de Medellín, algo que al parecer, la gran mayoría del público se sabe de memoria gracias a la explotación de una gallina de los huevos de oro que últimamente ha inundado televisores, librerías y cines de todo el mundo. Por otra, la labor de un guionista (Aranoa) que pretende dar algo de coherencia y empaque a un producto que desde el primer momento deja poco espacio para realizar cabriolas dramáticas y conceptuales.

En los primeros minutos de metraje, Loving Pablo se nos presenta como la historia de Virginia Vallejo, periodista colombiana y amante de Pablo Escobar. Pero, al cabo de los minutos, la
propuesta de una visión femenina de la historia pierde fuelle y literalmente se abandona en pos de una incursión en los aspectos políticos, familiares y personales del narcotraficante más
famoso de la historia. Cada escena del film parece corresponder a una película distinta: cinta de acción frenética, drama intimista sobre las relaciones familiares, thriller político con pretensión de denuncia, historia trágica de infidelidades… La lista va ampliándose mientras observamos como la película trata de satisfacer forzadamente a todas las sensibilidades para llegar a un colofón final en el que es imposible empatizar o conectar con nada.

En un intento de dar profundidad a sus dos horas de metraje, en sus últimos minutos, Loving Pablo se desmorona mientras nos damos cuenta de que la película no nos ha explicado gran cosa y que los aspectos en los que ha tratado de ahondar (y sobre los que su narrativa pretende sostenerse) se han perdido entre tanta indefinición. Las razones por las que un portento como Aranoa haya podido aceptar participar en un proyecto basado en el marketing y en los estudios de mercado, siguen siendo un misterio. Ahora bien, después del visionado de la película uno ve con otros ojos ese caos lingüístico que clama al cielo. No hay nada que defina mejor la cinta que lo absurdo de ver a Penélope Cruz y a Javier Bardem discutiendo en un inglés postizo mientras que lo real, lo personal y lo auténtico de un “malparío” lucha por salir entre tanta impostura.

Por Daniel Belenguer
@DeathSumer