Resulta fácil situar La luz entre los océanos (The Light Between Oceans, 2016) como la sucesora consecuente que debía seguir la trayectoria de Derek Cianfrance, en lo que a discurso temático se refiere. Al igual que en Blue Valentine (2010) y Cruce de caminos (The Place Beyond The Pines, 2012), el destino se anuncia como algo inevitable que deviene de las decisiones personales y que condenan, inexorablemente, al sufrimiento de sus consecuencias.

En este último proyecto, Cianfrance vuelve hacerse cargo del guion como hiciera en sus anteriores largometrajes, partiendo, esta vez, de la novela de M.L. Stedman, un melodrama ambientado en los años veinte, lo que podría resultar, a priori, el punto más discordante con el resto de films del autor. De estética noventera, sus películas retratan una realidad donde el contexto es crucial en el desarrollo de los acontecimientos, imposibilitando nuevas oportunidades o cambios de destino, y donde la paternidad no se muestra como un condicionante ni una condena. En La luz entre los océanos, los personajes permanecen aislados por el paisaje en el que se emplaza la historia convirtiéndose a su vez en una fortaleza de soledad que Tom (Michael Fassbender) e Isabel (Alicia Vikander) han ido construyendo, ya sea por la culpa, el dolor o la desesperación.

Cianfrance filma el sufrimiento con el que cada revés del destino les atiza, enmarcando cada desgarradora emoción con la belleza de un lugar tan hermoso como inhóspito. La previsibilidad se convierte en el punto fuerte y débil del relato: la anticipación le sirve para intensificar el dolor y conseguir la empatía con unos personajes que equilibran culpa, miedo y redención, a la vez que devasta el conjunto con cada uno de esos golpes. Es aquí donde se ve el acierto del director que, teniendo un verdadero melodrama con el que podría resultar difícil congraciarse, mantiene la intensidad de la narración gracias a una estructura que equilibra los momentos felices con los más duros, y a la focalización de la historia en Fassbender y Vikander, lo que permite una mayor identificación con su situación. Cabe destacar la interpretación de Rachel Weisz que, siendo el personaje con mayor dificultad para la verosimilitud, encuentra la forma de transmitir el temor de la experiencia y provocar la comprensión de sus decisiones con tan solo una mirada. Si en Blue Valentine los flashbacks servían como ventana a sus vivencias de manera que fuera más profundo el entendimiento de la decisión a tomar, en La luz entre los océanos la narración acompaña a Tom e Isabel por los momentos cruciales que van transitando. La culpa se convierte en la verdadera protagonista de esta historia, ya sea por estigma social o por afectación moral: y resulta muy complicado sobrevivir a ella.

Los personajes del cine de Cianfrance no son libres para decidir, están limitados por el miedo a la certeza de que sus decisiones dejaron de ser personales al aceptar la responsabilidad que deviene del ser padres. En La luz entre los océanos, esa decisión está teñida de una culpabilidad que no entienden (¡qué poco se profundiza en ese síndrome del superviviente que padece el personaje de Fassbender!), que les determina y les impide la libre toma de decisiones. La supervivencia se hace a base de gestos, aquellos que te liberan de la culpa.

Lo mejor: Fassbender, Vikander y Weisz, que aportan la verosimilitud que le resta el material original.

Lo peor: tanto golpe dramático puede llevar a considerarla un melodrama, sin apreciar las virtudes que tiene la cinta.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa