Puede parecer innecesario conocer los entresijos del alma y la personalidad de aquellas figuras a las que idolatramos. Admiramos sus cualidades, su inventiva, su uso de la inteligencia y el genio que llevan dentro. Asistimos atónitos a sus despliegues de talento, a sus lecciones de entusiasmo, pasión y valentía creativa, a la vez que acabamos convencidos de que no son como nosotros, que juegan a otra cosa y en otro nivel. Por ello, conocer de primera mano la auténtica realidad de esas personalidades podría poner en riesgo nuestra admiración por ellas a la vez que aceptamos a regañadientes que no son tan diferentes, que su pasado marcó el futuro y que, como cada uno de nosotros, fueron influenciados por los trascendentales factores externos.

Precisamente, David Lynch: The Art Life (2017) es ese documento que pone al mito con los pies en el suelo y, si alguna vez nos había dado por pensar lo contrario, demuestra que la leyenda del director norteamericano se sitúa más cerca de nosotros que su propia concepción del cine. Por ello, el film realizado por Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, genera la misma expectación que empatía desde el primer plano de su metraje, retazo constumbrista de la pasión con la que todo empezó, antes de que el pincel tornase en claqueta. Para detallar el proceso, el documental utiliza la propia narración de Lynch que, al contrario de su filmografía, da coherencia de forma lineal y sorprendentemente convencional en cuanto a su uso de la línea temporal. Este modo, que funciona a la perfección, tiene un efecto casi didáctico durante momentos puntuales del film, a la vez que el resto del metraje procura alejarse de todo discurso pedagógico.

Desde sus primeros pasos como miembro de una familia estructurada y cuidadosa de su unidad, hasta la realización de sus cortometrajes iniciáticos, Lynch analiza el proceso creativo que se forjaba a la vez que se moldeaba una personalidad compleja e inconformista. Un entorno idílico aunque algo encorsetado y la influencia de artistas y pintores a los que conoció en su etapa adolescente (con especial hincapié sobre la figura de Bushnell Keeler, padre de un amigo), despertaron en el futuro director de cine un inusitado interés por las posibilidades de la pintura y su libertad creativa. Así, y atravesando baches de inspiración en los que Lynch se desorientaba a la vez que luchaba por proyectar nítidamente su propia identidad, fue definiendose uno de los realizadores más importantes del séptimo arte.

Lo mejor de todo es que la película no trata de diseccionar al personaje apoyándose en su importancia como cineasta, sino como figura basada en una evolución tangible y coherente con su propia naturaleza como artista, que es exactamente lo que el propio realizador traslada al público con su interesante narración. A la vez que crea otra obra o que juega con su hija pequeña, Lynch relata con nostálgica naturalidad aquellas sensaciones que desembocaron en una concepción onírica del cine y, causando el efecto contrario al que algunos podrían suponer, nos conquista con su normalización del arte, aquel que ha dado lugar a un imaginario único e irremediablemente imprescindible.

Lo mejor: logra situar al espectador cerca de Lynch, tanto como nunca había estado.
Lo peor: ser conscientes del inevitable paso del tiempo.
Por Javier G. Godoy
@blogredrum