Si existe algo que resulta particularmente interesante el mundo del cortometraje es la virtud de sus creadores para generar historias encapsuladas en escasos minutos donde las estructuras habituales de los relatos más extensos no suelen encajar, desechándose éstas en favor de construcciones más libres en las que los estilos llegan a fundirse y los guiones son pulidos para transmitir el máximo sentido –y sentimiento- en las mínimas escenas. En muchas ocasiones llegamos a encontrar ficciones realmente complejas, resultado de horas de cocción de ideas a fuego lento hasta llegar a condensar el texto perfecto y obtener resultados de corte tan fastuoso como el que firma Rodrigo Sorogoyen en esta pieza donde todo gesto, palabra y acción están milimétricamente estudiados y acotados para lograr menguar las paredes de un espacio amplísimo y convertirlo en un lugar claustrofóbico.

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Todos los elementos estilísticos que componen Madre son imprescindibles, ya sean visuales o narrativos. La elección del plano secuencia (casi completo) aporta una linealidad y fluidez que un rodaje más usual no habría conseguido, pero también sitúa al espectador en un espacio delimitado, con detalles concretos que sustentan unas líneas de diálogo escritas para dar forma a la historia de un personaje protagonista compacto, sólido. Sonido, luz, movimientos: en este recorrido constante por el escenario teatral todo está orquestado sugestionando al espectador hasta que sienta formar parte de un drama cuyo thriller subyacente sostiene la tensión in crescendo a cada segundo. No podremos escapar de sus consecuencias, mientras su repercusión sigue abriéndose paso, habiendo llegado ya hasta los Oscar después de llenar su cartel del elogios y galardones nacionales, como el Goya a Mejor cortometraje 2017. Su huella ya es un hecho, al igual que lo será su próximo estreno en formato largo en las mejores salas de cine.

Por Carlos Durango