¿Puede una obra de cine contemporánea ser feminista partiendo de un conservadurismo formal típico del Hollywood más convencional? Esta pregunta es necesaria hacérsela en tiempos del #MeToo y de la apropiación de ciertos valores regeneradores por parte de la industria audiovisual, aquella misma que ha estado ignorándolos y oprimiendo el debate durante décadas. Cabe hacérsela el año en que La forma del agua (The Shape of Water, 2017); popurri en pro de la diferencia racial, sexual, ideológica y de género, y filme políticamente correcto donde los haya, se ha llevado el Óscar a la mejor película, y sobre todo cabe hacérsela después de ver películas como Mary Shelley (2017). Biopic sobre la escritora inglesa Mary Shelley y las circunstancias personales que la llevaron a escribir la novela Frankenstein con tan solo 21 años, el filme centra su mirada en los valores de la Inglaterra del S.XVIII, con tal de hacer una relectura desde un presente muy político.

La película está dirigida por Haifaa Al-Mansour, la primera cineasta mujer de Arabia Saudita y directora de La Bicicleta Verde (Wadjda, 2012), que parece sentirse más incómoda con una producción de la envergadura de Mary Shelley, encajada en un estilo visual muy concreto. En general parece haber un interés marcado por resaltar la personalidad tóxica de los personajes masculinos, más que por profundizar en los personajes femeninos del filme de forma directa. Casi como si se pretendiera retratarlos a partir de una simple contraposición de temperamentos y siempre confiando en que la figura de Shelley, y el proceso que la llevó a escribir el mito de Frankenstein, fueran suficientes para sostener todo el metraje.

En este sentido la película nunca se da el tiempo suficiente para hacer respirar a sus secuencias, excesivamente pasajeras y cortas, y la falta de precisión en su montaje acaba afectando al interés general por la trama. De su tratamiento formal más convencional se extrae una falta de valentía en pos de una propuesta más arriesgada, sobre todo teniendo en cuenta ciertas ideas interesantes a nivel conceptual, pero que solo se plasman en ciertos momentos puntuales y a nivel de guión. En su conjunto el poderío visual de la obra está muy por debajo de las expectativas, como se puede notar por el exceso de orquestación musical que acompaña a las imágenes desde buen inicio, resaltando una emoción siempre vacía y no presente a otros niveles.

Pese a una interpretación magnética de Elle Fanning como Mary Shelley (aunque para encarnar a la autora británica quizás hubiera encajado mejor un rostro más anónimo por lo que significa su persona), y de Douglas Booth como el alocado poeta Percy Shelley, la película no tiene grandes atributos que trasciendan el resultado global. Excesivamente traicionera se siente una de las secuencias finales, la de la redención del personaje masculino, por si fuera poco complementada por una articulación simplista de la boca de la propia Shelley sobre el tortuoso proceso que toda la película narra con tal de cerrar la obra de una forma más amable. Tal cosa resulta difícil de entender teniendo en cuenta la complejidad que encierra la obra de Frankenstein, que la propia película pretende subrayar y que podría haberse articulado en forma de un final más ambiguo y opaco. Demasiado conservadurismo para un filme feminista.

Por Martí Soler Arce