Nunca he sido una gran entusiasta del cine de animación, ni siquiera de niña y, sin embargo, sí lo soy de las películas del Studio Ghibli, fundado por Isao Takahata y  Hayao Miyazaki. Quizá la mejor forma de intentar explicar esta “aparente contradicción” sea a través del análisis de una de las joyas emblemáticas de este estudio y mi favorita: La princesa Mononoke (Mononoke Hime) que acaba de cumplir veinte años desde su estreno en Julio de 1997.

La película, dirigida por Miyazaki y con la que consiguió nuevamente (Porco Rosso ya había sorprendido a muchos) el reconocimiento internacional, narra la historia de Ashitaka, un príncipe que salva a su aldea del dios jabalí Nago, convertido en demonio por una maldición que él mismo ha contraído tras resultar herido, teniendo que huir para buscar una cura. El viaje le lleva a la Ciudad de Hierro, cuya líder es Lady Eboshi, y en el camino atravesará bosques que están siendo arrasados por los humanos, con seres mágicos y animales con su misma maldición, liderados por el espíritu del bosque al que desea proteger San, La princesa Monokoke, una humana adoptada por los lobos.

La película es un proyecto personal que a Miyazaki le llevó décadas plasmar, pues está casi enteramente dibujada de manera tradicional, con pocos efectos digitales y con una muy larga duración para una película de animación, 134 minutos. Precisamente, existe una anécdota contada por el propio Miyazaki sobre “el regalo” que recibieron en la productora Miramax, distribuidora de la película para Estados Unidos, cuando éstos estaban pensando cortar la película por parecerles demasiado larga para el gusto americano. El “regalo” resultó ser una katana con una nota adjunta donde simplemente ponía: sin cortes.

Pero volvamos al inicio del artículo. ¿Qué tienen de especial las películas del Studio Ghibli y en concreto La Princesa Mononoke?, ¿qué la hacen tan atractiva incluso para públicos no adeptos al cine animado convencional?. Posiblemente, estas sean sus características más reconocibles:

Ecologismo

Los árboles gritan de dolor al morir, pero tú no puedes oírlos“- San. 

La naturaleza es un personaje más en las películas Ghibli, y en La Princesa Mononoke, especialmente, la naturaleza y la lucha contra su destrucción por el hombre es la trama misma de la película.

Feminismo

Los protagonistas de las películas de Ghibli, a diferencia de la mayoría de películas de animación de Hollywood, son chicas fuertes, guerreras, con un rol propio, no dependiente de un personaje masculino. No quieren casarse ni comer perdices. La Princesa Mononoke es el emblema del “feminismo” de la productora japonesa. El personaje de la chica loba, San, es ambiguo, complejo, fuerte física y psíquicamente y va evolucionando conforme avanza el metraje de la película. Tiene como objetivo principal salvar el bosque, por encima, incluso, de la trama amorosa. También destacable es el personaje de Lady Eboshi, la líder de Ciudad de Hierro. Este personaje, el “contrapunto villano”, Miyazaki se lo otorga también a una mujer, y lo dota de aristas y una laberíntica personalidad.

Muchas de mis películas tienen poderosas protagonistas femeninas, chicas valientes y autosuficientes que no lo piensan dos veces para pelear con todo su corazón por lo que creen. Ellas necesitarán un amigo, o un compañero, pero nunca un salvador” Hayao Miyazaki

Complejidad y Ambigüedad

Quizá, de entre “todo eso” que la hace especial, destacaría la profundidad psicológica que tienen los personajes de La princesa Mononoke, nada habitual en el cine de animación. Salvo Ashitaka, un héroe bueno desde el principio hasta el fin, el resto de personajes, empezando por la propia San, destilan ambigüedad. No son buenos o malos sin más, son más profundos que eso. Dejan ver uno y otro lado, estando muy perfilados en un guión perfecto del propio Miyazaki. Al igual que San, encontramos a la propia Lady Eboshi, una aparente villana que quiere aniquilar la vida de los bosques pero a la que Miyazaki dota de una sorprendente solidaridad con los más débiles, leprosos y mujeres a las que, con llamativa filantropía, empodera sacándolas de un burdel y convirtiéndolas en orgullosas guerreras.

© Studio Ghibli

© Studio Ghibli

Humanismo

Miyazaki deja un poso de profundo humanismo en La Princesa Mononoke. En la guerra no hay vencedores, parece decirnos durante todo el metraje, sólo perdedores. El realizador refleja la guerra con una explícita violencia. Expone a los dos bandos: los que quieren la guerra de forma “ciega” y al contrario, como Ashitaka, el mediador, que pareciese el alter ego del espíritu que quiere transmitir la película: humanos y naturaleza están condenados a entenderse. La valiosa vertiente humanista también se visualiza cuando el film otorga un rol importante a los más débiles, como los leprosos de Ciudad de Hierro, a los que se les adjudican sabias frases que destilan pesimismo, pero a la vez, esperanza.

“La vida es sufrimiento y dificultades, el mundo y el hombre están malditos, pero aun así insistimos en vivir… Ah… hablo sin sentido” Osa, leproso de Ciudad de Hierro

Simbolismo, magia, mundos oníricos

En la película, así como en otros trabajos de Ghibli, los personajes mágicos son habituales, dándoles un matiz de “normalidad” gracias al contexto en el que se sitúan. En La Princesa Mononoke, el bosque está poblado de seres mágicos, como los simpáticos “kodamas” o dioses-animales, como la madre adoptiva de San, la diosa loba Moro, el dios jabalí Okkoto, o el propio dios del bosque, Shishigami,  representado por un ciervo, o por un lado más malvado y terrorífico al final. Todos ellos representan a una Naturaleza que se niega a ser aplastada por el humano.

Para finalizar, debe destacarse su maravillosa banda sonora. La música, compuesta por el colaborador habitual de Miyazaki, el compositor Joe Hisaishi, es sencillamente magistral, adaptándose al “tono épico” de la película y resultando ser uno de los valores intrínsecos del film.

En definitiva, esta celebración de los veinte años de La Princesa Mononoke no deja de ser una oportunidad de oro para ver, sea por primera vez o revisitándola, una obra fundamental y referente en la historia de la animación mundial, paradigma de esos universos propios del séptimo arte que pueden explicar el entusiasmo que generan ante audiencias no propiamente seguidoras de la disciplina animada. Una obra que, no sólo no ha envejecido, sino que es tan actual que se antoja como un trabajo visionario en el momento de su aparición. Aunque, ante todo, es una oportunidad de asistir a una obra cinematográfica de gran belleza y lirismo.

Por Vienna Guitar
@Viennalua