¿Qué habría ocurrido si no hubiese dejado marchar un viejo amor del pasado? Esta pregunta es, a grandes rasgos, lo que nos plantea Regreso a Montauk (Rückkehr nach Montauk, 2017) la nueva película del director teutón Volker Schlöndorff, una de las figuras claves del cine alemán, ganador hace ya unas cuantas décadas de la Palma de Oro y del Oscar a la mejor película de habla no inglesa por El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, 1979).

La película narra la historia de Max Zorn, un veterano escritor interpretado por Stellan Skarsgård, que llega de Berlín a Nueva York para presentar su último libro. Una vez allí, su único deseo será reunirse con Rebecca (Nina Hoss), una abogada con la que mantuvo una relación diecisiete años atrás y de la que aún no ha conseguido olvidarse. La situación será complicada, ya que Max está casado con Clara (Susanne Wolff), que casualmente también vive en Nueva York.

Con esta premisa, Schlöndorff adapta a la gran pantalla y de manera libre la novela Montauk, de su amigo el ya fallecido escritor Max Frisch. De esta forma, el realizador, que tiene una patente intención de dirigir el relato a un público de cierta edad, da a luz un drama nostálgico y sentimental sobre el amor y las oportunidades perdidas, a la vez que pone sobre la mesa una extendida duda existencial que siempre surge al estar en pareja: ¿estamos con la persona adecuada o tal vez dejamos pasar al amor de nuestra vida?.

El peso de la película recae sobre Stellan Skarsgård, que como suele ser habitual en él, cumple magistralmente con el rol que ejecuta. El actor sueco capta a la perfección la esencia del novelista curtido en mil batallas al que interpreta, transmitiendo con gran acierto la pasión del personaje por su trabajo y, a la vez, también su descontento con la vida que lleva. Max, es un tipo que, prácticamente entrado en los sesenta, es consciente de que sigue teniendo las mismas inseguridades emocionales y dudas sentimentales que tendría un veinteañero. Sin embargo, si este personaje funciona, es en gran medida gracias al trabajo de su compañera de reparto, Nina Hoss, que pone toda la carne en el asador a base de talento, seriedad y belleza, para darle el contrapunto perfecto al nostálgico personaje de Skarsgård.

Dicho lo cual, aparecen los mayores problemas de Regreso a Montauk, que tiene su talón de Aquiles en un guión plano y de un interés que decae hacia el tercer acto. Con su ritmo letárgico, el film carece del dinamismo y frescura necesarias para mantener al espectador atento durante la parte más sentimental de la trama, y las divagaciones emocionales, arrepentimientos varios y paseos por la playa de los dos antiguos amantes, en lo que parece intentar ser una versión aún más madura de Antes del anochecer (Before Midnight, 2013), lastran por completo este irregular trabajo sobre los siempre intensos amoríos crepusculares.

Lo mejor: la química, indiscutible, entre Stellan Skarsgård y Nina Hoss.

Lo peor: su aire de telefilm con somnolientas reflexiones sentimentales.

Por David Areces