El cumpleaños de Parque jurásico (Jurassic Park, 1993) obliga a hacer memoria, pues sus durante sus 25 primaveras y hasta hoy se han visto conseguir logros en el campo de los efectos especiales que parecen difíciles de superar. Sin embargo, visto con la perspectiva del tiempo, es indudable que parte de esos hitos técnicos le deben mucho al trabajo desempeñado por los artistas que trabajaron en la película de Spielberg, cuya verosimilitud dependía de todo lo que pudiesen dar de sí mismos cada uno de estos genios de lo imposible. Sirva este aniversario, pues, para, sin desmerecer la labor de muchos otros, destacar la irrupción de una figura que ya venía avisando de sus habilidades. Un tipo que -y esto no es ser grandilocuentes- a la postre resultaría, junto al director norteamericano, la persona clave del éxito planetario de Parque jurásico.

A mediados de 1990 Spielberg había adquirido los derechos de la novela homónima de Michael Crichton, con quien contaba para adaptar su propio texto al cine pero al que más tarde sustituiría el guionista David Koepp. Pronto, ese mismo año, el director comenzaría una preproducción que se alargaría veinticinco meses, concretamente hasta agosto de 1992, fecha en la que se comenzaría a rodar la película. Todo el proceso para dar vida a los dinosaurios se había planteado a la manera del mítico Ray Harryhausen (Furia de titanes, Jasón y los argonautas), es decir, con la técnica del stop-motion a la que tanto rendimiento se había sacado. Para esto, se contaría con la pericia de dos personajes que ya habían hecho historia en los efectos especiales: Phil Tippett y Stan Winston; dos depuradísimos especialistas de las marionetas y criaturas animatrónicas que ya habían tocado el cielo ganando varios Oscar de la Academia norteamericana.

En aquellos momentos nadie pensaba que la planificación de la película iba a dar un vuelco trascendental: Spielberg iba a recibir la llamada telefónica de un viejo conocido con el que ya había trabajado en E.T., el extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1983), una llamada que cambiaría el sino de una película destinada a romper la taquilla pero que iba a multiplicar su éxito gracias a la idea de un hombre que revolucionaría para siempre los efectos visuales: Dennis Muren.

Siempre confío en que hay más de una forma de hacer algo.- Dennis Muren

Steven, quiero que veas esto“. Las palabras de Muren no sólo indicaban una proposición seria para el director norteamericano, sino la apertura total de unas puertas a las que ya había llamado este genio de los efectos. Un par de años antes, Terminator 2 (1991) le había servido de avanzadilla para dar los primeros pasos (con permiso del caballero en la vidriera de El secreto de la pirámide) de lo que hoy conocemos como CGI, es decir, el modelado digital de figuras con forma humana o animal. El T-1000, personaje escalofriante con la misión de matar a John Connor, se revelaba como el triunfo más espectacular de dicha técnica hasta el momento, aunque Muren ya había decidido que hacer realidad los dinosaurios del parque temático iba a ser el nuevo e importantísimo paso del trabajo digital en el cine.

Como era de esperar Steven Spielberg quedó boquiabierto ante la propuesta de Dennis Muren. Éste había desarrollado un ejemplo práctico en el que se simulaba en el ordenador el caminar de un gallimimus, una especie de dinosaurio del período Cretácico. El director, perplejo, no dudó en dar el visto bueno y en situar a Muren, junto al imprescindible Stan Winston, como capitán del equipo de efectos especiales que a la postre deslumbraría al mundo con escenas como la estampida o la espeluznante aparición del Tyrannosaurus rex. Tras la decisión, Spielberg tuvo que lidiar con el “disgusto” de Phil Tippett, el afamado especialista al que la decisión le había llevado a pronunciar las palabras “Me han extinguido“. Nada más lejos de la realidad, Spielberg tenía claro que la culminación perfecta de su película requeriría la aplicación de las viejas y las nuevas técnicas de animación y que la presencia de Tippett, al igual que la de Winston o Muren, iba a ser decisiva para el resultado final.

Un nuevo Oscar -de un total de tres-, el imponente resultado en taquilla -la número uno hasta que llegó Titanic (1997)- y otra cúspide de los efectos especiales conquistada, fueron algunas de las hazañas de una película que aún tiene vigencia. Un trabajo portentoso donde la aventura, el misterio o incluso el terror, se apoyaron en la eficacia de sus técnicas visuales. Un espectáculo para todos los públicos que no sólo volvió a demostrar la renovación del título de Rey Midas de Spielberg, sino el talento impagable de Dennis Muren, un genio con chistera.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum