Históricamente, el poderoso ha escrito la historia y, en la medida de sus posibilidades, se ha apropiado de ella; desde los tiempos de Asiria y su empeño en borrar del tiempo y la memoria a sus rivales, hasta los vergonzantes robos británicos de los frisos del Partenón. Las ruinas mesoamericanas no han sido una excepción, y al expolio del arte (mal llamado) prehispánico, se añadió el robo sin cuartel de sus recursos, prolongándose hasta hoy, en el que lo único que ha cambiado han sido las cuentas corrientes que engordan su explotación.

Museo (2018) no es un ensayo o un alegato que se enfrente a esta realidad, aunque sirva de punto de partida y de hilo conductor de la aventura emprendida por dos amigos que un día decidieron robar el Museo Antropológico de Ciudad de México y tratar con ello de enriquecerse. Juan (Gael Garcia Bernal, quien también produce el filme) y Wilson (Leonardo Ortizgris) se marcan un Rififí, y aprovechando la festividad de Navidad sustraen algunas de las piezas más destacadas de la historia mexicana y comienzan una road movie que pondrá a prueba su inteligencia, su amistad y sus valores.

Dirigida de forma magistral por Alonso Ruizpalacios, quien ya sorprendió en el festival de Berlín con su debut (Güeros, 2014) realiza un medido trabajo de dirección, manejando de forma segura y experta la cámara y dominando la narración, aliñando un guion bastante común con toda una variedad de recursos estilísticos que hacen que la historia se desarrolle con alma y emoción, a pesar de que cada uno de los episodios que hacen avanzar la trama transiten por derroteros comunes. Con un montaje ágil que se apoya en la voz en off de uno de sus protagonistas, el uso de la música, el zoom, encuadres que van desde una rabiosa cámara al hombro hasta estáticas de gran belleza, hacen de Museo una historia que engancha y mantiene el misterio de su resolución hasta prácticamente el último fotograma.

Teñido de ese humor tan crudo y negro que desarrollan los mexicanos, pasa de puntillas por temas como la fragilidad de la amistad, la ambición, la culpa generada por la derrota vital o el remordimiento. García Bernal se mantiene en ese buen nivel que siempre ha mostrado, y Ortizgris realiza un buen papel en su caracterización de amigo sumiso y pusilánime. Pero los actores que de verdad brillan son Alfredo Castro como padre de Juan, un cardiólogo disciplinado y duro, de estrictas convicciones morales, pero con errores de juventud que ocultar, y (para mi sorpresa) la argentina Leticia Brédice, quien en un papel bastante breve se luce como una artista de cabaret en horas bajas, destrozada por el alcohol  y el recuerdo implacable de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Museo es una película llena de virtudes, que nos deja la certeza de que no hay que perder de vista el trabajo de Ruizpalacios, y su pulso para mostrar con piedad (o no) unos personajes que se debaten entre la derrota y la melancolía.

Lo mejor: La dirección, que engrandece un guion con pocas sorpresas.

Lo peor: El ritmo va decayendo a medida que avanza la película hasta que en algunos momentos se hace tedioso.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader